Fábula de embarazada

Por Diana Aragón García

Hoy he soñado, es la primera noche después de tres sin poder dormir debido a un potente resfriado. Me acosté relajada, Raúl estaba acompañando a Ernesto y yo libraba. Me puse calor para cuidarme los orzuelos que me han salido en este embarazo, estoy de 14 semanas, llena de achaques, varices gigantes, mal cuerpo….

Cerré los ojos y estaba en un mundo mágico y maravilloso, íbamos de viaje con la caravana, mi madre, mi hermana, mi hijo y yo, creo que había una cuarta mujer desconocida, no he visto su cara pero estaba claro que estaba ahí para ayudar.

Fuimos a la montaña, era un lugar verde y marrón, con prominentes columnas cársticas que se elevaban ante nosotros como piernas de un gigante. Era un paisaje robusto, pero representaba la fragilidad y el equilibrio multiplicado, igual al paisaje de Wulingyuan. Mis compañeras querían subir a uno de los montículos afilados, uno ligeramente más ancho, parecía posible, pero veía difícil subir con mi niño que aún no había cumplido los tres años y mi barriga que ya empezaba a ser prominente. Todas me ayudarían así que adelante, fui escalando despacio con mi niño delante asegurando a cada paso sus pies y después los míos, sentía miedo, pero avanzaba, la subida fue larga, con muchos momentos de tensión, aquí se resbalaba una piedra suelta, ahí caía otra sobre nuestras cabezas, un resbalón, un descuido por mirar un segundo el paisaje….. y por fin llegamos a la cima, había merecido la pena,  se contemplaba un reguero de columnas similares pero todas distintas, parecían pequeñas bailarinas danzando sobre el mundo con equilibrio insólito, mientras los ríos, los caminos, los arboles serpenteaban entre ellas; todo marrón y verde.

El espacio sobre la columna era pequeño, Ernesto quería asomarse, quería rodar por el suelo, todo me resultaba bello y peligroso, quería bajarme ya. Iniciamos el descenso, me parecía harto complicado, ¿cómo iba a hacerlo con un niño tan pequeño? Tendría que cargarlo, ¿escalando? ¿Cómo? No lo sé, el caso es que al segundo estábamos abajo. Supongo que hay problemas que no se pueden resolver en los sueños y que nunca tendríamos en la realidad.

Montamos en la caravana y seguimos el viaje, fuimos a ver una ciudad antigua, era también muy frágil, los edificios eran todos blancos, parecían estar hechos de sal, sus cornisas y fachadas labradas con mil detalles se inclinaban en todas direcciones, pareciendo a punto de caer y pulverizarse en cualquier momento, era de una belleza incomparable y sin embargo también daba miedo, ¿podrían en cualquier momento arrollarnos? Se habían construido bóvedas de ladrillos sobre ellos para mantenerlos alejado de los fenómenos naturales, ni lluvia, ni viento, ni sol, solo una quietud subterránea, oscuridad brillante, como de criaturas submarinas de la antártida, de esas que tienen el don de la fluorescencia. Sorprendía que aquel lugar tan extraño estuviese habitado, aquella ciudad era funcional, tenía un parlamento religioso, nos asomamos y salimos despavoridas cuando su presidenta trato de captarnos para el movimiento.

Qué combinación de elementos tan raros hay en los sueños, sueños de embarazada, creo que las columnas somos las mujeres, tan frágiles y a la vez tan fuertes. Creo que los edificios también somos las mujeres, dejamos de ser naturales cuando una sobreprotección nos acecha y un “parlamento” nos maneja, pero el miedo es libre y nos pertenece, para bien o para mal estamos obligadas a tenerlo y a manejarlo, ¿podré dominarlo esta vez? Pues claro que sí.

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