Dos (o más) por el precio de uno

Actualmente, la maternidad en general se ha relegado a un segundo plano después de la carrera profesional. De hecho, es frecuente ver tristes acusaciones entre mujeres sobre el tiempo que dedican a sus hijos en lugar de dedicarse a ascender en su trabajo. Esto no solo implica que la conciliación de la vida laboral y familiar sea una vana y lejana  ilusión, sino también que en muchas ocasiones se retrase tanto la maternidad que sea necesario recurrir a técnicas de reproducción asistida. Otras veces, por desgracia, no queda otro remedio y es que la existencia de infertilidad y/o esterilidad por causa conocida o desconocida es una realidad.

Quizá mucha gente no sepa que las técnicas de reproducción asistida en España están reguladas por la ley 14/2006, de 26 de mayo, sobre técnicas de reproducción humana asistida, que en su artículo 3 dice lo siguiente:

Artículo 3. Condiciones personales de la aplicación de las técnicas.

1. Las técnicas de reproducción asistida se realizarán solamente cuando haya posibilidades razonables de éxito, no supongan riesgo grave para la salud, física o psíquica, de la mujer o la posible descendencia y previa aceptación libre y consciente de su aplicación por parte de la mujer, que deberá haber sido anterior y debidamente informada de sus posibilidades de éxito, así como de sus riesgos y de las condiciones de dicha aplicación.

2. En el caso de la fecundación in vitro y técnicas afines, solo se autoriza la transferencia de un máximo de tres preembriones en cada mujer en cada ciclo reproductivo.

Sin embargo, no en todos los países existe esta regulación sobre el número de embriones a transferir en una FIV (Fecundación In Vitro), y así, en el Reino Unido parece que es frecuente la transferencia de, por ejemplo, cinco embriones para luego “deshacerse” de algunos según la conveniencia. Esto, así dicho, puede resultar bastante inhumano, pero tengamos en cuenta que cada vez que una mujer entra a quirófano para una transferencia de embriones hay que pasar por caja.

Lamentablemente, el deseo de ser madre hace que se obvien los efectos secundarios de la medicación y, en este caso, de esta transferencia “masiva” de embriones, así como de las consecuencias físicas y emocionales de jugar con nuestro cuerpo a “ahora me pongo, ahora me quito”. Tampoco los médicos, como en otros ámbitos de la salud femenina, hacen hincapié en explicarnos todo lo concerniente al proceso, así que siguen disponiendo de nuestro cuerpo cual marioneta, y no, no lo hemos elegido, puesto que no tenemos a nuestra disposición toda la información sobre el proceso, los pros y los contras.

Cuando uno accede a someterse a técnicas de reproducción asistida, con esta falta de información mencionada, en España, al menos, y supongo que en otros países igual, se firma un contrato donde hay que indicar el número de embriones como máximo que la mujer desea que le sean transferidos. Este contrato se firma antes del tratamiento, sin saber si vamos a conseguir unos embriones estupendos o no y lo cierto es que los médicos tienden a “aconsejar” que dos sea lo máximo, pero también lo mínimo, en la línea del eslogan publicitario “pague uno, llévese dos”. En el Reino Unido debe ser algo así como, “pague uno, llévese cinco y si no queda satisfecho no le devolvemos su dinero, pero podemos reducir el número a lo que desee”. Me pregunto si no habrá que pasar por caja de nuevo para esta “reducción selectiva”.

Y es que la ciencia puede ser muy buena: la reproducción asistida permite que muchas parejas puedan tener hijas e hijos preciosos y sanos, pero cuando se convierte en negocio o se hace sin “conciencia”, cuando se ve un trozo de carne y no a la persona que le da vida, la ciencia puede llegar a ser un monstruo terrible, y el juego de la ocultación de información, un grave riesgo para nuestra salud física y emocional.

Imagen: Leonardo Da Vinci, Estudio de Embriones, 1510-1513.

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