La atención al parto por control remoto

Por Angeles Cano

Una amiga mía dice que solo hay dos maneras de atender un parto: bien o mal. Un ejemplo de hacerlo mal es la práctica establecida en España de la atención al parto con control remoto. Me refiero a cómo atienden en algunas clínicas privadas.

¿Qué es el parto con control remoto?

Esta supuesta atención al parto consiste en que el ginecólogo o la ginecóloga, dirige el parto por teléfono (desde su consulta privada, casa o donde estén). Cuando la mujer acude a la clínica con pródromos o ya de parto, le avisan y por teléfono comienzan a dictar órdenes, a “recetar” intervenciones, sin haber visto a la mujer y sin siquiera haber hablado con ella previamente. La matrona in situ se presta a ser ejecutora de órdenes:

  • “ingresa la señora y ponle oxitocina”
  •  “súbele la dosis, a ver si le damos ritmo”
  • “necesito aún 2 horas aquí en consulta, quítale la oxitocina” o “le haré la cesárea cuando termine aquí, ponle la epidural y llévala a la habitación”
  • “¿La señora tiene fiebre? Pues si le sube más, avísame”

Ni acompañan partos ni los atienden, sino que los dirigen, o, como dicen en su lenguaje “los hacen”.

A esto se junta que esas matronas aplican protocolos desfasados que incluyen intervenciones rutinarias como inmovilizar a la parturienta, romper la bolsa, ponerle epidural cuando el parto aún no está en fase activa, etc.

¿Qué pasa cuando algo va mal?

Lo viví una vez muy de cerca, cuando mi sobrina reaccionó mal a la oxitocina sintética, administrada sin justificación y sin control vía telefónica por el ginecólogo. La pequeña no aguantó la dosis que provocó una serie de contracciones sin descanso y tuvo una parada durante la dilatación. En una situación de necesidad de cesárea de urgencia nos encontramos en una clínica privada de Madrid que no tiene equipo médico fijo. En este caso, el ginecólogo de mi hermana estaba a unos 20 minutos de distancia, en otro barrio de Madrid, pasando consulta privada. Tardaron mucho en pasarla a quirófano, con bronca incluida porque en un principio ningún médico que estaba presente en este momento en la clínica se quería hacer cargo de este “marrón” que se podía convertir en un problema legal.

Mi sobrina nació aún en parada. La reanimación tuvo éxito, salió “bien”, pero podía haber salido muy diferente. Son estos casos que nunca salen a la superficie porque milagrosamente “salieron bien”. El resultado: un bebé con lesiones, un padre con crisis nerviosa temiendo por la vida de su hija, una madre traumatizada, y un ginecólogo que sigue induciendo partos por teléfono.

Esto no es una versión de atención que nació en pandemia, es una mala praxis habitual peligrosa que lleva décadas practicándose en España. Y allí siguen, los responsables de esta práctica, con bata blanca y libres.

Siempre me he preguntado si estos supuestos profesionales son conscientes del peligro de su práctica. Y realmente no sabría decir qué es peor. Que sean conscientes creyéndose superiores a la propia naturaleza, ignorando el parto como proceso fisiológico, o que trabajen de manera inconsciente sin conocer las consecuencias de sus actos.

El parto no es una película que se puede dirigir con un control remoto. En un parto, si una cosa va mal, no se puede detener y dar al botón de marcha atrás para repetir una escena y arreglarlo; tampoco se puede parar y reanudarlo para hacer un descanso y comer. Un parto es un proceso que ocurre, es irrepetible y hay mucho en juego.

Ayer escuché de nuevo un caso en mi entorno, que me animó a escribir.

Desde aquí condenamos la atención al parto vía telefónica, por ser una práctica dañina y peligrosa, e instamos a todas las clínicas a terminar con esta mala praxis.

Quisiera aprovechar para apoyar y felicitar a todas las matronas y ginecólogas/os que trabajan con principios éticos y atienden partos desde la presencia, estando junto a la mujer y la familia.

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