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8 Ene 2020
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En el limbo. "Destabuizar" las cesáreas innecesarias

Fui víctima de violencia obstétrica hace más de tres años. Concretamente, y para no extenderme, sufrí una cesárea innecesaria precedida de una cascada de intervenciones. Un clásico entre los clásicos. Supe que todo había sido en vano casi desde el primer día. Fueron muy zafios; desaparecieron nada más terminar con la carnicería y no recibí explicación alguna. No tuve siquiera revisiones posoperatorias.

Mi camino de recuperación (relativa) ha sido solitario, tortuoso y profundamente doloroso. Sentí una terrible alienación de mi cuerpo y de la experiencia del nacimiento de mi hijo, una insondable soledad y una abrumadora impotencia y victimización de las que me ha costado salir aproximadamente dos años. No he recibido apoyos sino todo lo contrario, trauma de santuario, durante mucho tiempo hasta encontrar a personas capacitadas o con ganas de escuchar -otras víctimas supervivientes o mujeres especialmente concienciadas- y he salido adelante únicamente por mi propio empeño, por mi negativa a vivir en la disonancia cognitiva de saber lo que nos habían hecho y repetir como una cacatúa “lo que importa es que el bebé está bien”.

Y claro que importa que mi bebé esté bien. Es lo que más me importaba y me importa en el mundo. Por eso las madres asumimos en su momento las cesáreas en silencio y nos tragamos lo demás, porque lo que más nos importa es que nuestros bebés estén bien. Pero cuando se lleva a cabo una cesárea es porque algo -si no relacionado con la madre, con el bebé- no está bien. O así debería ser. Y muchas veces, las más, por lo menos en el estado español, seguramente es así.

La cuestión es que llegadas a este punto, está sobradamente demostrado que algo no está bien en la mayoría de esos partos debido a que se han tocado antes de llegar a esa cesárea “resolutoria”. Se han medicalizado y obstaculizado sin necesidad alguna, sin riesgo real para la salud de madre y bebé. Simple y llanamente porque las profesionales no saben y tampoco quieren atender de otra manera, no lo han visto, se les ha olvidado lo que es un parto. O peor, por cubrirse las espaldas practicando la conocida como medicina defensiva: te doy un papel que llamo consentimiento informado –y que en realidad es una renuncia al mismo- en tu momento de mayor vulnerabilidad y me lavo las manos. Quedo de antemano exonerada por un juzgado de hipotéticos riesgos a los que he contribuido con acciones supuestamente preventivas, que además para eso he estudiado X años de carrera y tú no.

Y con esto a las madres se nos deja capeando. Con esto que no es poco: primero hay que llegar a la seguridad de haber sido estafada, que en mi caso fue certeza absoluta en cuestión de días. Yo lo traía bien de casa, ¡claro que mi bebé está bien! Después hay que cuidar diariamente de ese bebé que en muchas ocasiones no se reconoce como propio, pues para la psique, nos guste o no, una cirugía mayor no es un parto; transitar un puerperio sabiéndose madre y no sintiéndolo, esperando eso que jamás ocurrirá, sacar adelante una lactancia que desgraciadamente se va a pique en numerosas ocasiones después de un parto o cesárea traumáticos (lo que es retraumatizante a su vez) y sin ayuda real -aunque con críticas en todos los frentes- de las instituciones y mucho menos de las familias… Y con muchos complementos auxiliares, como pueden ser diferentes grados de ansiedad hasta llegar al trastorno de estrés postraumático, con su película reponiéndose una y otra vez en la cabeza, sus palpitaciones, sus ataques de pánico, su disociación, su incapacidad para sentir emociones positivas, y la depresión “posalgo”, que puede aparecer a la vez o como consecuencia de lo anterior. Y soportar que desde las instituciones se nos diga o bien que o estamos perfectas y es lo normal, o bien que todo se debe a nuestras hormonas, que son defectuosas y nos juegan malas pasadas. Luz de gas.

Una madre reciente traumatizada, y no digamos una consciente de haber sido cesareada innecesariamente, va a necesitar mucha fuerza para salir adelante, reconstruir y comprender la historia de lo que realmente le ha ocurrido, cuidar de un ser dependiente durante las veinticuatro horas del día y recoger los pedazos de su yo anterior, que ha quedado desintegrado y esparcido por el suelo. Y no todas llegan a transitar el camino a los infiernos y vuelven para contarlo al igual que Inanna, como cuenta Jeaninne Parvati Baker; muchas se quedan en un limbo, sin herramientas para su disonancia, sin la piedra Rosetta de su inicio en la maternidad.

Con todo el paquete precedente, lo que escuchamos las cesareadas día tras día es la frase previamente mencionada: “lo que realmente importa es que el bebé está bien”, lo cual, además, no es totalmente cierto. Y esa afirmación tiene valor (aunque es evidente que también importa y mucho que nosotras estemos bien) y puede integrarse prácticamente al dedillo si una cesárea ha sido médicamente necesaria, si uno o los dos componentes de la díada estaban en peligro de riesgo vital o patología. A pesar de que haya un duelo inherente a todas y cada una de las cesáreas, ya sean respetadas, necesarias, ambas dos o completamente innecesarias, en caso de las primeras puede integrarse la vivencia y recibir el consuelo de la necesidad y de haber salvado la vida o la integridad física y además tener a nuestras criaturas junto a nosotras. Aunque si todo ha sido para nada, ¡ay…!

Leyendo o escuchando testimonios de otras madres, cuando hablan sobre la llegada de sus hijos, compruebo que tarde o temprano de alguna manera terminan asumiendo o creyendo que aceptan la máxima de que lo importante es que el bebé está bien y que “no importa por dónde haya salido”. Les ocurre incluso hasta a quienes han sido conscientes de haber sufrido una innecesárea o quienes la sienten cuanto menos de dudosa indicación. En la red se encuentran por doquier las cartas a las queridas –e indeseadas- cicatrices, a esa marca o “sonrisa del amor”. ¿A qué se debe esto? ¿Por qué esta incongruencia? ¿Qué hace que prácticamente todas estas mujeres sucumban antes o después a la asunción de que todo está bien si madre y criatura han salido vivas del trance?

Al principio de mi viaje al inframundo deseé y creí con toda mi alma que a no mucho tardar todo se recolocaría y me sentiría una madre completa, una mujer entera, mamífera, orgullosa de haber parido a mi hijo, fuerte y valiente por haberlo traído al mundo. Pensaba que era un viaje y efectivamente lo era, pero no a dónde yo pensaba. Poco a poco fui dándome cuenta de que aquello nunca iba a ocurrir, pasaban los meses y no me sentía miembro del “club de las madres diosas”, sino del de las mutiladas cochambrosas. No conocía lo que era un parto, no había parido, tenía un bebé entre los brazos que me habían dado, que no había notado ni visto surgir de mí y que de facto no sabía de dónde había salido. Comprendía que era mi bebé, ese bebé que había llevado en el vientre durante nueve meses, porque me dijeron que así era. Y afortunadamente soy un ser racional.

No se trata de desmerecer a nadie por haber pasado o sufrido una cesárea, que no parí es simplemente una realidad: cambiar el lenguaje no hace que cambien los hechos. No duele menos llamar a la operación “parto abdominal”, el recuerdo de la asepticidad y la desolación no desaparecen.

Comprendo que el discurso de los “partos por cesárea” se adopta para combatir otro tipo de falacias y afirmaciones dañinas, el estigma que arroja sobre las cesáreas la misma sociedad que las banaliza. Pero es que yo no había elegido en ningún caso ese procedimiento, como la práctica totalidad de las cesareadas, y no solo eso, ¡además no lo habíamos necesitado (ni siquiera realizaron prueba de pH antes de llevarme a quirófano)! Así pues no soy ninguna valiente, ¿qué otra opción me quedaba si no?

Las madres que aceptan el discurso hegemónico lo hacen por necesidad. Todas, yo misma incluida, necesitamos encajar las piezas de nuestra vivencia, necesitamos poder convertirnos en la madre que aspirábamos a ser para nuestra cría y que se nos negó al condenarnos a una experiencia cíborg que no esperábamos, no imaginábamos y que deseamos no haber vivido. Se nos ha negado la experiencia fisiológica de la maternidad en el último segundo, aun cuando todo indicaba que ésta se produciría. Con los dientes largos, a punto de alcanzar el Cielo. No es el nuestro un problema de infertilidad. Nuestra maternidad es biológica, más la paternidad de nuestros compañeros, si es que los tenemos, también. “¿Qué somos, entonces?” nos preguntamos.

La sociedad confunde estos sentimientos de inadecuación -a menudo por adoctrinamiento y desconocimiento y otras veces intencionadamente- y los asimila a unas presuntas expectativas irrealizables (como seres emocionales e infantiles que somos consideradas) de las mujeres próximas a convertirse en madres por primera vez. Así que, creyéndolo a pies juntillas unas y otras poniendo excusas, cada una de nosotras nos adaptamos como podemos y relatamos nuestros caminos de manera que logremos seguir viviendo más o menos plenas.

Así encontramos una larga serie de narraciones de historias de cesáreas, y los caminos posteriores de sanación, que hacen alusión a la cicatriz como un recuerdo de la maravilla del nacimiento de ese hijo o hija tan deseada, que hablan de reconciliación y de cómo contaron a las hijas e hijos la historia de cuando llegaron a este lado de la piel. Restando importancia, como les obligaron a hacer desde un principio, a sus emociones.

No soy quién para prescribir a nadie la manera en la que debe tratar este tema tan peliagudo con su adorada criatura en la intimidad. Ni yo misma sé siquiera qué haré o diré cuando me toque pasar por el que presupongo, quizá equivocadamente, un trance. Pero la cuestión es que esta confusión de aspectos y el abandono y autocensura de las madres de su versión de los hechos lleva, a nivel socioeconómico, a la perpetuación del tabú de la violencia obstétrica.

La violencia obstétrica, una vez ejercida, no se resuelve. Tener a los hijos e hijas vivos y a nosotras mayormente enteras no restituye jamás lo que nos han arrebatado ni borra las heridas que nos han inferido en la autoestima.

Durante un tiempo después del incidente estuve esperando a que mi compañero acariciara mi cicatriz, aguardando quizá un reconocimiento a mi sacrificio –porque lo es-, algo similar a los elogios que de unos lados y otros en nuestra cultura reciben las mujeres que viven partos fisiológicos. Seguramente se deba a que lo naturalizó, admitió los acontecimientos como parte del mito del peligro terrible de gestar y parir y por eso nunca lo hizo, y la verdad es que yo tampoco. Durante todo ese tiempo y mucho más he odiado la cicatriz de mi cesárea. La he odiado hasta que sencillamente he podido convivir con ella.

Pero ahí sigue, recordándome lo que desearía olvidar. Recordándome que fui víctima -y ahora soy superviviente- de un sistema sanitario misógino cuya máxima es “el fin justifica los medios”. Recordándome mi lugar, mi posición en esta sociedad, el que no se me ocurra volver a nadar a contracorriente. Recordándome la decepción, el extrañamiento, la rabia, la ira, la frustración, el aislamiento, la desesperación, la vergüenza, la culpa y la tristeza del día y los muchos meses que se sucedieron a que “no naciera” mi bebé. Recordándome que, a pesar de creer verdaderamente en el poder del parto y el nacimiento humanos, no puedo transmitir a mi hijo y, con mayor urgencia, a mi hija, una experiencia que no poseo, tan vivencial como lo es esta. A él quisiera contarle que su nacimiento fue el momento más trascendental de mi vida. A ella quisiera decirle que su cuerpo es suyo, que funcionará, que parir es doloroso, arduo, pero que pasa y se olvida y hace que una se sienta todopoderosa, llena de vida, mujer, madre, animal. Pero no puedo.

Sin embargo, tampoco haré lo contrario; me niego rotundamente a fomentar la ilusión de que sabíamos a lo que veníamos, que esto era peligroso, terrible y calamitoso y que bien está lo que bien acaba. Hace ya un tiempo me di cuenta de que para honrar a mi hijo, a mi hija, a mi familia, a todas las víctimas – las que han quedado por el camino- y las supervivientes – las compañeras de lucha de vida- e incluso a mí misma únicamente me queda atravesar la vida por el sendero pedregoso, el de avanzadilla, junto a mis compañeras, de la lucha de las madres por el reconocimiento y el respeto universal a nuestros derechos humanos y los de nuestras crías.

Sergio (unverified)
8 Ene 2020
Burnas noches Cuanto peso su hijo? Ojala a mi mujer le hubieran hecho una cesarea. Con el parto NATURAL se destrozo su físico, su relación con el bebé y todo lo quw le rodea. Ojala repito, hibiera padecido una cesarea Un saludo
YO (unverified)
9 Ene 2020
¿Qué tendrá que ver el culo con las témporas? Las cesáreas necesarias no quitan las (más) cesáreas innecesarias que ponen en peligro la vida de madres y criaturas. Siento que a su compañera no le practicaran una cesárea necesaria (si es que debía habérsele practicado), pero no quita para que a muchas se les practiquen cirugías mayores completamente innecesarias que provocan daños físicos, psicológicos y emocionales a ellas y sus familias a corto, medio y largo plazo. ¿O qué se piensa, que se abre y cierra a las mujeres con cremallera?
Atlántica (unverified)
13 Ene 2020
Siento mucho que te sientas tan mal después de la experiencia de la cesárea, siento mucho que haya desvirtuado tu vivencia de la maternidad. Yo también soy mujer, y me practicaron una hace dos años después de una inducción fallida... ni mucho menos es algo con lo que contaba, pero finalmente así fue. En la vida a veces las cosas no son como pensamos, en tu caso creo q ha sido una experiencia muy traumática, quizá te podrías animar a buscar ayuda profesional para reelabolarlo. La vida es sólo una, y ni tú ni tu hijo os merecéis no poder vivir con plenitud las vivencias de la maternidad. Un saludo afectuoso
Anónimo (unverified)
13 Ene 2020
Por cierto, hay que ver las circunstancias de cada cesárea. Sobre todo si hubo separación de acompañante y bebé sin necesidad alguna. Y también, como se habla en el texto, de la necesidad de la misma. El estrés postraumático no se elige, se padece involuntariamente.
Anónimo (unverified)
13 Ene 2020
Claro que no nos lo merecemos, pero es lo que nos hicieron. Ya busqué ayuda en su día, pero las emociones de un momento concreto, el pasado, no se pueden cambiar. Una cosa es el presente y otra todo lo que nos robaron y por mucha ayuda que busque no nos lo van a devolver.
Anónimo (unverified)
14 Ene 2020
Sé que no puedo sentir lo q tú sientes, pero puedo entenderte... yo también estuve separada de mi hijo y mi marido desde el primer momento y después por seis horas, sin ningún tipo de explicación o justificación... sólo puedo decirte que el estrés póstraumático es una respuesta de lucha y defensa de un cerebro que aún se cree en peligro debido a la huella dejada por el trauma... sólo puedo decirte que cada segundo, cada instante que veas la sonrisa de tu hijo al amanecer , nada más despertarte , es una isla mágica, un lugar seguro en el que ya nada hay que temer pues el peligro ha pasado. Todas esas islas mágicas que el tiempo te puede ayudar a ir creando hará que algún día sientas que has ganado la batalla... y que el dolor que sufristeis aquel día ya no gobierna en vuestras vidas...