La primera enseñanza reglada de las matronas en España: El real colegio de cirugía de San Carlos de Madrid (II)

Escrito por Dolores Ruiz-Berdún

 

Los primeros cursos

Para obtener más datos sobre la formación de las matronas en el Real Colegio se han consultado las obras de Agustín Ginesta, que fue el primer Catedrático efectivo de la Cátedra de Partos. Sin embargo, Agustín Ginesta no escribió ninguna obra relacionada con la obstetricia. Quien sí escribió una obra al respecto fue el Catedrático Juan de Navas. También se han consultado las obras de aquellos autores que han estudiado, directa o indirectamente, la historia del Real Colegio de Cirugía de San Carlos: Enrique Salcedo y Ginestal, Manuel Usandizaga y José Aparicio Simón. Como característica general en estas obras hay que decir que la formación de las matronas, en el Colegio, se trata de manera superficial y más bien anecdótica. De hecho, no existe unanimidad en las distintas obras en cuanto al número de alumnas que comenzó los estudios de matrona ese primer curso, ni tampoco en la fecha en que se inició la formación. Juan de Navas data el comienzo de las clases en el día 19 de abril de 1789 y dice que ese primer año presentaron los papeles diecinue-ve mujeres. Enrique Salcedo Ginestal afirma que fueron doce las matronas que se instruyeron, iniciando las clases en abril de 1790, y que estudiados los cursos reglamentarios fueron aprobados por el Protomedicato. Manuel Usandizaga, coincide con Enrique Salcedo en que fueron doce el número de alumnas que iniciaron el primer curso. Sin embargo difiere con este en la fecha, ya que al igual que Juan de Navas, probablemente tomando como fuente fidedigna los datos de este autor, data el inicio de la enseñanza el 19 de abril de 1789. En realidad, gracias a la documentación de archivo, se puede afirmar que fue el día 19 de abril de 1790, a las diez de la mañana, cuando compareció en el Colegio Pablo Ferrándiz Bendicho, acompañado por un escribano de Cámara del Consejo de Castilla con objeto de inaugurar las lecciones de la Cátedra de Partos. Exceptuando a Antonio Gimbernat, asistieron a dicha ceremonia todos los miembros de la Junta Escolástica y diez discípulas. Agustín Ginesta, que iba a ser su profesor, hizo la presentación oficial, haciendo una introducción al «Arte Obstetricia», y de las cualidades necesarias para ser matrona.
Los expedientes de los alumnos del Real Colegio de Cirugía de San Carlos conservados hasta nuestros días se encuentran en el Archivo Histórico Nacional, fondo Universidades. Entre los expedientes de alumnos, siguiendo la ordenación alfabética original del Archivo de alumnos de la Facultad de Medicina de la Universidad Complutense de Madrid, están los pertenecientes a algunas de las matronas que fueron alumnas del Colegio. Dadas las múltiples denominaciones utilizadas para designar la profesión (partera, comadre, matrona…), para la realización de esta investigación se tuvo que revisar la lista de los 12.808 expedientes de alumnos que se conservan y realizar una selección basada en el género del nombre. Se obtuvieron así un total de cincuenta y dos expedientes clasificados como de alumnas del Colegio de Cirugía de San Carlos. En realidad, una vez examinados todos, se ha llegado a la conclusión que sólo treinta y dos de ellos corresponden a alumnas que estuvieron matriculadas en el Colegio, uno de ellos es un duplicado por error de transcripción, y los diecinueve restantes corresponden a las solicitudes para poder examinarse y obtener el título por comisión.
En la tabla 1 aparecen los nombres de las alumnas de los dos primeros cursos. En el primer curso se contabilizan un total de doce alumnas, pero entra dentro de lo posible que algunos expedientes se hayan extraviado y que el número fuese mayor.

En el Archivo General de la Universidad Complutense de Madrid, se conserva una certificación fechada el 8 de febrero de 1793, que incluye un listado con los nombres de las discípulas que «empezaron el estudio de los partos el día 19 de abril de 1790 y lo continuaron con aplicación y aprovechamiento en los años 1791 y 1792, ganando así tres cursos completos». Es decir, no se puede saber el número exacto de alumnas que empezaron el curso, pero si las que lo terminaron, y también se puede afirmar con seguridad que las clases no empezaron hasta el 19 de abril de 1790. En dicha lista figuran dos nombres que no se encuentran entre los expedientes que se conservan en el Archivo Histórico Nacional: se trata de Manuela Fontán y de Manuela Pascuala Enríquez. Todos estos datos nos hacen suponer que, como afirmaba Juan de Navas, ese primer año iniciasen sus estudios 19 mujeres, pero de lo que si tenemos constancia es de que sólo los terminaron nueve de ellas, tal y como se puede apreciar en la figura 1.

Figura 1: Discípulas de San Carlos, promoción 1790/1792.Como puede apreciarse el certificado está firmado por el Catedrático de Partos Agustín Ginesta Fuente: AGUCM, AH-0463

También se podría pensar, que el edicto no fue efectivo en cuanto a atraer a formarse a aquellas mujeres que ya ejercían la profesión sin estar aprobadas por el Protomedicato, pues si se compara la lista de las censadas con la de discípulas no aparece ninguna coincidencia. Sin embargo, existe una excepción: observando el censo de 1790, una de las matronas era María Leotau, que aparecía censada en el Cuartel de Palacio, estaba casada con Miguel Leotau, de oficio broncista y platero, ambos vivían en la calle de La Puebla número 29; por otro lado, en el expediente de la alumna del primer curso del Real Colegio de Cirugía de San Carlos de María Nuria Roca que se conserva en el Archivo Histórico Nacional, aparece que estaba casada con Miguel Liotar, de oficio platero o broncista y vivían en la calle de la Puebla número 29. Evidentemente se trata de la misma persona. No obstante, según consta en la figura 1, no debió terminar sus estudios.

Las alumnas que finalizaban dichos estudios, recibían un documento acreditativo, que podían exhibir de ser necesario, como el que aparece en la figura 2.

    

Figura 2: Modelo de certificado de estudios que se entregaba a las matronas formadas en el Real Colegio de Cirugía de San Carlos Fuente: AGUCM, AH-0463

Los cursos sucesivos

La enseñanza de matronas continuó durante toda la existencia del Colegio en sus diferentes etapas, aunque con diferentes normas de matriculación, exámenes y requisitos. Las sucesivas desapariciones y reapariciones del Tribunal del Protomedicato también tuvieron influencia en estos aspectos. En la tabla 2 se pueden observar las fechas de inicio de los siguientes cursos que aparecieron en la prensa. Curiosamente, aunque existe constancia de que estos cursos siguieron desarrollándose, no se han localizado más anuncios similares en años posteriores.

Figura 3: Discípulas de San Carlos, promoción 1792/1794. Fuente: AGUCM, AH-0463

Inicialmente solo podían acudir a instruirse las que fuesen casadas, y única-mente debían aportar el certificado de matrimonio y la autorización marital. A partir de 1795, se intentó dar uniformidad al gobierno de todos los colegios de Cirugía, y por Real Orden se estableció que todos ellos se rigieran por las nuevas Ordenanzas del Real Colegio de Cirugía de Barcelona. En las nuevas ordenanzas se admitía también a las viudas, pero las solteras siguieron estando excluidas. Tanto casadas como viudas debían presentar el correspondiente certificado de su estado civil y, las primeras, debían seguir pre-sentando una autorización marital. Los requisitos de acceso se hicieron más du-ros, solicitándose también un certificado de bautismo y otro de buena vida y costumbres, firmados por el párroco correspondiente, y una serie de documentos que avalasen la «limpieza de sangre». Los papeles que documentaban la «limpieza de sangre» se exigían a todos los que pretendiesen dedicarse a cualquier ramo de la «Ciencia de curar». Servían para demostrar la ausencia de antepasados de origen árabe o judío u «otra mala secta» de los interesados. También acreditaban que el interesado no había sido procesado ni había ejercido «oficios mecánicos». Los papeles que certificaban la «limpieza de sangre» incluían el testimonio de tres personas conocidas, que asegurasen la pertenencia de la familia a la clase de «cristianos viejos», el certificado de bautismo de la interesada y otros certificados que incluyesen cualquier tipo de sacramento cristiano, como el certificado de matrimonio de los padres. La limpieza de sangre también se extendía al marido de la interesada. Resulta anacrónico que, en una fecha tan tardía, persistiese esta forma de racismo tan antigua hacía aquellos que, no siendo «cristianos viejos», quisieran ejercer una profesión sanitaria.

En la tabla 3 se recogen los nombres del resto de mujeres que se han localizado como alumnas del Real Colegio de San Carlos en los cursos sucesivos, independientemente de que terminasen o no sus estudios en dicho centro. De hecho, ya se vio como de las doce alumnas que, al menos, iniciaron sus estudios el primer curso, sólo lo terminaron nueve. En el expediente de Martina Jurado Mesa, que estudió en el Colegio bastantes años más tarde, aparece que recibió en 1834 un certificado de haber completado los dos años de estudios. Pero dicho certificado incluía la cláusula de que Martina no ejerciese la obstetricia hasta que no hubiese realizado y aprobado el examen de reválida. No existen documentos en su expediente que dejen constancia de que esto llegara a suceder.

En 1799, en virtud a la Real Orden de 12 de marzo, la división existente entre la Medicina y la Cirugía desapareció, al reunirse en una sola titulación, la de Físico, ambos estudios. De esta forma, el Real Estudio de Medicina Práctica se unió al Real Colegio de Cirugía de San Carlos, y pasó a denominarse «Real Colegio de Medicina y Cirugía de San Carlos». Se extinguía el Protomedicato, y a partir de ese momento los exámenes, tanto los de matronas como los del resto de profesiones sanitarias, se realizarían en el Colegio.

El tribunal para la realización de exámenes a las matronas estaba formado por tres catedráticos. Cada uno de los catedráticos debía realizar preguntas a la examinanda por espacio de quince minutos. Concluido el examen las pretendientes debían salir de la sala. Cada miembro del tribunal echaba en una caja una bola negra, si consideraba que la alumna estaba suspensa, o una blanca si la consideraban aprobada. Si había mayoría de bolas blancas, a la interesada se la consideraba aprobada y por tanto se le tomaba juramento.

Figura 4: Acta de examen de comadre de Isidora Pinto del Rey en el Real Colegio de San Carlos de Madrid en abril de 179. Fuente: AGUCM, D-1291

En la figura 4 aparece el acta de examen de Isidora Pinto del Rey, discípula del Colegio, se examinó el día 10 de abril de 1799 de la parte teórica. El tribunal de examen estaba compuesto por Diego Rodríguez, Ramón Sarrais y el catedrático de Partos Agustín Ginesta. Isidora recibió un aprobado unánime y el acto se ejecutó «con todas las solemnidades» que señalaba la Ordenanza. La segunda parte del examen, correspondiente a los aspectos prácticos, tuvo lugar tres días después, el 13 de abril de 1799. En esta ocasión el tribunal estaba compuesto por Diego Rodríguez, Agustín Ginesta y José Ribes, y fue aprobada nuevamente por todos ellos.

Diversos reglamentos se sucedieron durante la existencia del Colegio de San Carlos, y en todos ellos se hacía mención a la formación de las matronas. En el Reglamento general de reforma para el régimen escolástico y económico de las reales escuelas de medicina, cirugía, farmacia, o Arte de curar y para el gobierno de esta facultad en todo el reyno, de 1804, se recogía que las matronas recibirían formación diariamente en los meses de mayo y junio, consistente en los aspectos que ya se anunciaban en el edicto de 1790 y que tan restrictivos fueron para sus intereses profesionales. En esos mismos meses recibían su formación práctica asistiendo, acompañadas del catedrático, a la sala de mujeres del Colegio. Aquellas que deseaban matricularse, debían presentar los pape-les que se recogían ya en las anteriores ordenanzas: certificado de bautismo, certificación de matrimonio o viudedad y el permiso conyugal en el caso de las casadas, una certificación de limpieza de sangre y otra de buena vida y costumbres. Estos mismos documentos debían presentar aquellas que, no viviendo en la Corte y acreditando haber practicado dos años, quisieran presentarse al examen de reválida. El examen de reválida consistía en un sólo acto teórico -práctico, de hora y media de duración y entre la Junta de examinadores siempre debía estar presente el catedrático de partos. Todas ellas debían de pagar 800 reales en concepto de depósito.

La Real Cédula de 1804 no modificó esencialmente las condiciones que se requerían para ser matrona. Los estudios de matrona seguían estando vetados a las solteras, y así continuaron cuando años más tarde se aprobó el Reglamento científico, económico e interior de los Reales Colegios de Cirugía de 1827.

Según se recogía en este nuevo Reglamento de 1827, se hacía indispensable dar instrucción a las matronas o parteras para asistir a los partos naturales, basándose en el hecho de que algunas mujeres solo querían ser atendidas por ellas.

Había dos posibilidades de obtener el título, o bien practicando la obstetricia durante cuatro años con un facultativo o «comadre aprobada», o bien practicando dos años y asistiendo otros dos a los estudios en alguno de los Colegios de Medicina y Cirugía. En el caso de elegir la segunda opción, recibirían una formación muy limitada, ya que el periodo lectivo se reducía a una clase diaria de una hora de duración durante un solo mes cada año, concretamente el mes de junio de cinco a seis de la tarde. Durante estos dos años, las alumnas asistirían con el catedrático de partos a la enfermería de parturientas. Tanto los requisitos de acceso, como el plan de estudios para ser matrona eran muy similares a los anteriores. Sin embargo en este nuevo Reglamento aparecía una novedad muy importante: las aspirantes a matronas debían saber leer y escribir.

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