Mes Internacional de la Infertilidad

Con esta entrada queremos conmemorar que junio es el Mes Internacional de la Infertilidad.

Escrito por Carolina Mora

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Cuando una pareja decide incluir en su plan de vida la búsqueda de un hijo, surgen múltiples emociones compartidas: alegría, incertidumbre, miedo a lo desconocido... ¿Seremos buenos padres?, ¿un hijo cambiará nuestra relación?

Imaginamos distintos escenarios posibles, pero todos coinciden en la imagen de un test positivo, un vientre abultado, las manos de ambos sintiendo moverse al bebé en el útero, la alegría de contar la noticia... ¡la dulce espera!

Pero, ¿Qué ocurre cuando la espera es más larga de lo imaginado?, ¿cuando el positivo no llega?, ¿Y si los embarazos no logran llegar a término? La espera se vuelve amarga… inunda la incertidumbre, la ansiedad, el miedo de jamás poder ser padre o madre. Cuando una pareja busca un embarazo más de un año y no lo logra, se dice que es tiempo de acudir a los especialistas en fertilidad humana. Si además alguno de los miembros de la pareja supera los 35 años (especialmente si es la mujer), el miedo se redobla y la angustia inunda la escena. La consulta al médico especialista en fertilidad aparece en medio de esa mezcla de emociones y miedos.

La presión cultural y social que se ejerce desde niñas (mayormente en las mujeres) a ser madres, es un factor que suma angustia y peso a esta temática. El entorno se vuelve por lo general insistente en relación a esto: ¿y tú, para cuando? Una pregunta que parece en sí misma ingenua, puede generar una angustia enorme en quienes padecen estas problemáticas. 

Someterse a un tratamiento de fertilidad implica una gran carga emocional y física en juego. Los tratamientos suelen poner en primer plano el cuerpo, intervienen sobre él, inyectan, estimulan el sistema reproductor, controlan, invaden. Sin duda, lo que ocurre en el cuerpo no es sin un costo en la emoción, en el interior de esa persona que se somete físicamente por el deseo de ser madre. La mayoría de los tratamientos invasivos están dirigidos al cuerpo femenino, preparándolo para la gran tarea de gestar un hijo.  Si bien este proceso está mediado por el deseo, es indudable el enorme agotamiento que produce en la mujer.

El miedo de las consecuencias, el dolor físico y emocional ante cada paso fallido o demorado más de lo esperado y finalmente una inmensa culpa por no poder cumplir “con el papel que se le ha asignado por naturaleza” son los sentimientos más comunes en las mujeres que lo transitan. A esto se suma que los tratamientos suelen tener una tasa de éxito muy variable, por lo cual muchas veces son necesarios varios intentos y en el medio, la pareja puede pasar por situaciones dolorosísimas, como FIV infructuosas o  pérdidas gestacionales repetidas. Entonces a la angustia de la infertilidad se suman duelos no resueltos, que complican el panorama y generan aún más dificultades psicoemocionales. El riesgo de caer en la culpa, la ideas obsesivas en torno a lograr tener un hijo, muchas veces el dolor por el embarazo ajeno, favorecen el aislamiento, que puede afectar incluso la relación de pareja.  Es común que el control en las relaciones sexuales y las fechas de ovulación se lleven los restos del placer compartido. Cuando esta situación recrudece  también afecta  otras esferas de la vida (laboral, social, intereses, etc). Es una situación de mucho estrés y presión emocional.

Es por esto que se vuelve fundamental que la mujer, o pareja, que lo necesite cuente con un espacio de escucha y contención, donde poder ir anudando los distintos sentimientos que surgen de forma irrefrenable y van desgastando el estado emocional. También es importante poder  pensar acerca de los límites de cada quién, la necesidad de poner plazos, de encontrar tiempos de descanso o de retirada si así lo desean, para retomar fuerzas y decidir a conciencia que necesitan en el aquí y ahora, e incluso pensar otras opciones de vivir la experiencia de la ma(pa)ternidad.

Los grupos de apoyo suelen ser un complemento  muy importante, saber que no les ocurre sólo a ellas, que muchas personas y parejas transitan por lo mismo y poder escuchar y contar su experiencia suele aliviar, brindando un sentimiento de tolerancia por las propias dificultades.

También es fundamental el apoyo del grupo familiar y de amigos. La escuchar sin juicios, el apoyo en las decisiones sin sumar presión ni ansiedad, el acompañamiento en los procedimientos médicos o la ayuda extra en lo cotidiano puede ser muy reconfortante. Saberse acompañados y sostenidos en su dolor, a pesar de que nadie podrá sentirlo como ellos, es sanador.

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