El concepto de violencia obstétrica y su evolución

Por Virginia Murialdo Miniello

Ponencia presentada en el II Seminario Internacional de Violencia Obstétrica, 18 de mayo de 2021, Universitat Jaume I.

He estado varios días dándole vueltas a qué forma darle a esta charla sobre el concepto de violencia obstétrica y su evolución. Llevo más de cinco años trabajando en esto, tres de ellos dedicados a la investigación y escritura de mi tesis doctoral, y también al activismo en El Parto es Nuestro, y preparando esta charla me he dado cuenta de que he llegado a un punto en el que doy por sentado que la violencia obstétrica es un tipo de violencia muy obvia para todo el mundo, pero no es así. He hecho el ejercicio de buscar en Google las palabras ‘violencia obstétrica’, para hacerme una idea de cómo se presenta en la red a las personas que buscan información sobre ella. Y el primer resultado que sale es un extracto de la Wikipedia que dice:

“Se pueden considerar violencia obstétrica prácticas como el tacto realizado por más de una persona, la episiotomía como procedimiento de rutina, el uso de fórceps, la maniobra de Kristeller, el raspaje de útero sin anestesia, la cesárea sin verdadera justificación médica o el suministro de medicación innecesaria”[1].

Claro, una persona que no está familiarizada con este término puede leer esto y caer en el inevitable error de pensar, dada esta definición, que la violencia obstétrica se reduce simplemente un conjunto de acciones que pueden tener lugar durante el parto y que pueden afectar negativamente a las mujeres, pero al final se está quedando en un nivel pragmático del término, eludiendo los factores culturales, sistémicos, estructurales e incluso político-económicos que construyen y dan forma a este tipo de violencia. Por eso creo que es importante situar por qué hablamos de violencia obstétrica y no de malas praxis, así como por qué no dejamos de insistir en que la violencia obstétrica ES un tipo de violencia machista producto de sociedades patriarcales como la española.

Virginia Murialdo

Cuando comencé a investigar cómo se construye una cultura del parto respetado desde principios del siglo XXI en España, concretamente en Madrid, e incluso antes, cuando empecé a prepararme para mi propio parto, tuve que acercarme a la violencia obstétrica histórica, analítica y antropológicamente para comprender el contexto en el que surge esta noción de ‘parto respetado’. Este ejercicio suele remitir a las leyes Venezolana, Argentina y Mexicana como epicentro de la inclusión de la violencia obstétrica en leyes específicamente pensadas para intentar reducir los niveles de violencia contra las mujeres en estos países. Al hacer un repaso de las definiciones que estos textos legales hacen de la violencia obstétrica, extraigo cinco unidades de análisis principales que se repiten a lo largo de los distintos textos (Murialdo, 2020), y son:

  • Trato deshumanizador
  • Apropiación del cuerpo y procesos reproductivos de las mujeres
  • Abuso de medicalización y patologización de los procesos naturales
  • Pérdida de capacidad de decisión
  • Omisión de consentimiento informado

Bien, aquí ya se pueden observar dimensiones actitudinales que nos van acercando un poco más a la idea de que la violencia que podemos sufrir las mujeres durante la atención institucional al parto va más allá de las posibles malas praxis. Pero al final, y aquí es donde veo el problema de pretender reducir los conceptos a meras definiciones y etiquetas, tampoco termina de verse la violencia obstétrica como la vemos las personas que estamos en primera línea o aquellas mujeres que atraviesan el proceso de tomar conciencia y dar explicación al trauma vivido durante el parto.

Ya me voy acercando al verdadero objetivo de esta intervención, pues realmente pretendo ir más allá de un posible análisis terminológico superficial. Y para avanzar en ello voy a poner como ejemplo una anécdota a la que continúo dando vueltas porque no termino de encontrarme satisfecha con mi participación en ella. Hace unas semanas me entrevistó la periodista Patricia Reguero (El Salto Diario) para hablar sobre la violencia que sufren los bebés en la atención al parto como parte de la violencia obstétrica[2]. Entre otros aspectos, le tenía que explicar por qué la violencia obstétrica es una forma tanto directa como indirecta de violencia contra la infancia[3]. Y en un momento dado me preguntó si como la mayoría de los partos tienen lugar en el hospital, la violencia obstétrica se ve más en estos emplazamientos. La respuesta perfecta hubiera sido otra, pero en aquel momento la formulación de la pregunta dirigió por completo mi respuesta: “dado que el 99,7% de los partos tienen lugar en el hospital, apunta Virginia Murialdo, vicepresidenta de El Parto es Nuestro, es ahí donde más presencia hay de violencia obstétrica”. Segundos antes de responder esa pregunta, evoqué una escena del trabajo de campo en la que una informante me advertía que la violencia obstétrica, aunque excepcionalmente, también era susceptible de reproducirse durante un parto domiciliario. En aquel momento, recuerdo, detecté entre mis prenociones la asunción de una total incompatibilidad entre parto domiciliario y violencia obstétrica, por lo que registré en el apartado de “auto-observación” la necesidad de dirigir la vigilancia epistemológica también hacia esta cuestión. Sin embargo, descuidé el análisis que sobre este tema estaba en disposición de realizar en el marco de los resultados y conclusiones del estudio. Definitivamente me equivoqué al dar esa respuesta. La respuesta más pertinente hubiera sido apuntar a que la violencia obstétrica es un producto de una cultura biomédica de atención al parto, es decir, un producto que se construye y se reproduce en los entornos institucionales, y si durante la atención a un parto domiciliario sucede que alguna acompañante, independientemente de la profesión, reproduce algún tipo de  categoría relacionada con violencia obstétrica, es pertinente considerarlo como un caso excepcional dada la complejidad de desligarse al 100% y en cualquier situación del sesgo patriarcal de nuestras culturas, que se activa cada vez que tratamos con una mujer con las ideas claras y con el control sobre su cuerpo, pues los discursos y prácticas que se reproducen durante un parto domiciliario emanan de la cultura de parto respetado como una alternativa a la violencia que cualquier mujer es susceptible de sufrir si es atendida en un parto institucional desde un enfoque biomédico (Martínez Molla, 2015). Y ese sesgo, de cualquier índole, que nos recorre el cuerpo y nos conduce a actuar, sentir, reaccionar y pensar de equis forma, se llama cultura.

Aunque el término violencia obstétrica emergió y comenzó a consolidarse en el seno de los discursos y prácticas del asociacionismo feminista a principios del siglo XXI, la violencia obstétrica existe desde el momento en que se despoja a las parteras, matronas y comadronas de su capacidad de acompañar a las mujeres de parto; y a la vez que a las mujeres se las despoja de cualquier autonomía, autoconocimiento, responsabilidad y soberanía sobre sí mismas. La violencia obstétrica existe desde que se da la intersección entre patriarcado y biomedicina. Para quienes no estén familiarizadas con ella, la biomedicina es el concepto que damos en antropología a los sistemas y modelos médicos hegemónicos propios de las sociedades occidentales, y que no es otra cosa que la interpretación que culturalmente hacemos de la salud y de la enfermedad, y el sistema simbólico, institucional y tecnocrático que construimos en torno a esa interpretación (Menéndez, 1984). Cuando se habla de patologización, medicalización y sobreintervencionismo, no estamos haciendo otra cosa que apuntar a la biomedicina como una perspectiva erróneamente volcada sobre los partos.

Hacia los años 70 del siglo XX, varias antropólogas comienzan a identificar en sus investigaciones, aspectos de la atención al parto que hoy en día consideramos constitutivas de violencia obstétrica. Cuando Brigitte Jordan en el año 1978 nos pone sobre la mesa el concepto de conocimiento autorizado, nos está hablando de cómo los únicos saberes expertos legitimados para dar valor a un sentimiento de dolor expresado por una mujer, es el depositado en el bagaje cognitivo de la figura del médico. Hoy en día, cuando hablamos de violencia obstétrica, aludimos al estatus que el especialista médico ostenta en la jerarquía sanitaria. Asimismo, cuando Sheila Kitzinger (1982) alertaba sobre la orientación tecnológica en la visión cultural occidental del parto, estaba hablando de lo que hoy conocemos como medicalización y sobreintervencionismo, categorías incluidas en el concepto de violencia obstétrica. O cuando habla de cómo la biomedicina busca ganar control sobre los procesos naturales y fisiológicos, está describiendo lo que hoy categorizamos como patologización.

Una metáfora antropológica muy utilizada en etnografía para enmarcar investigaciones sobre salud reproductiva es la de la lógica productivista, analizada y expuesta por Emily Martin en 1987. Esta lógica productivista, además, incorpora en la ecuación de la violencia obstétrica el componente del capitalismo feroz como arma patriarcal y arrojadiza contra las mujeres como reproductoras. La comparativa que hace es muy interesante, el análisis es mucho más profundo y está mucho más cuidado de lo que aquí voy a exponer, por lo que invito animosamente a leer “The woman in the body” para darle mayor sentido, pero la lógica que se rescata de este texto es la metáfora del hospital como una fábrica, las mujeres como máquinas productoras y los bebés como el producto final. Como decía, resumido de esta forma puede parecer una comparativa un tanto impactante, pero cuando se analiza desde una perspectiva científica el proceso institucional del seguimiento del embarazo, la cadena de incorporación a la unidad hospitalaria durante el parto, los ritos institucionales y burocráticos que tienen lugar dentro de los centros de salud, etcétera, se entiende perfectamente por qué Martin extrae estas comparaciones en su teoría. De la lógica productivista de la atención hospitalaria al parto se podría elaborar una extensa reseña, pero quisiera avanzar para seguir esbozando esta evolución de algunas de las aportaciones que precedieron al surgimiento del término de violencia obstétrica.

También en 1987 Susan Irwin y Brigitte Jordan pusieron sobre la mesa el simbolismo de una violencia que hoy en día nos es muy familiar a las activistas contra la violencia obstétrica en España. Cuando informamos a nuestras compañeras de asociaciones de otros países que hoy en día se nos coacciona, amedrenta y amenaza con órdenes judiciales únicamente por cuestionar una decisión médica en base a un discernimiento legítimo por nuestra parte, se llevan las manos a la cabeza. Pero esta violencia simbólica, tal y como la categorizaron Irwin y Jordan, ya constituía una problemática social en los años 80 en Estados Unidos, donde las mujeres que desarrollaban estrategias para negarse a una cesárea eran forzadas judicialmente a someterse a estas intervenciones.

Y siguiendo la línea de la violencia durante el parto en Estados Unidos, la antropóloga Robbie Davis-Floyd lleva dedicando su carrera desde hace 30 años al estudio de los modelos sanitarios de atención al parto, dentro de los cuales destacan sus aportaciones al modelo tecnocrático del parto, esa visión biomédica e intervencionista de la que hablábamos hace un momento.

He dibujado un panorama muy sencillo de contribuciones importantes a la emergencia del concepto de violencia obstétrica, y visto el ilusionante interés en los últimos años por dar continuidad a la visibilización de este enorme problema que tenemos las mujeres en nuestros hospitales a través de iniciativas como ésta, que agradezco enormemente a Desireé Mena, Lourdes Pascual y todo el equipo que hay detrás, quisiera atreverme a señalar que el feminismo no puede, ni debe, ni va a dar un solo paso atrás contra esta lacra que nos roba nuestros partos y nos reduce a objetos sin derechos, sin voz y sin capacidad de decidir, sin autonomía, sin soberanía y sin humanidad.

En definitiva, cuando ahondamos un poco en los estudios que han analizado el origen del sufrimiento y la violencia durante el parto vemos que, como decía, la intersección entre patriarcado y biomedicina (e incluso capitalismo, como apuntaba Martin) es la fuente en la que se gesta, se produce y se reproduce constantemente la violencia obstétrica. Es decir, allá donde se junta un sistema médico patologizante, aséptico y dependiente del miedo extremo a los riesgos, así como una terrible misoginia en forma de intolerancia a las mujeres que se informan y deciden, ahí existirá siempre un germen de violencia obstétrica, y desgraciadamente, que ese germen se desarrolle sin control en la atención hospitalaria al parto depende, todavía hoy, de quién te toque. Muchas gracias.

Bibliografía:

DAVIS-FLOYD, Robbie (2001). The technocratic, humanistic and holistic paradigms of childbirth. Londres: International Journal of Gynecology & Obstetrics, 75, S5-S23.

IRWIN, Susan y JORDAN, Brigitte (1984). Knowledge, practice, and power: court-ordered cesarean sections. Medical Anthropology Quarterly, Vol. 1. Nº3, pp. 319-334.

JORDAN, Brigitte (1993, [1978]). Birth in four cultures. A crosscultural investigation of childbirth in Yucatan, Holland, Sweden and the United States. Illinois: Waveland Press, Inc.

KITZINGER, Sheila (1982). The social context of birth: Some comparisons between childbirth in Jamaica and Britain, en MACCORMACK, Carol, Ethnography of fertility and birth. Londres: Academic Press, pp. 181-203.

MARTIN, Emily (1987). The woman in the body: A cultural analysis of reproduction. Boston: Beacon Press.

MENÉNDEZ, Eduardo (1984). El modelo médico hegemónico: transacciones y alternativas hacia una fundamentación teórica del modelo de autoatención en salud. Arxiu d’Etnografía de Catalunya, Nº3, pp. 84-119.

MURIALDO, Virginia (2020). La construcción cultural del parto respetado en Madrid. Tesis Doctoral. Madrid: UCM.

 

 


[3] El artículo se centraba en que el Proyecto de Ley Orgánica de protección integral a la infancia y la adolescencia frente a la violencia, recientemente aprobado por el Congreso de los Diputados, no incluye la violencia obstétrica como un tipo de violencia contra la infancia, tal y como asociaciones como El Parto es Nuestro sugirieron que se contemplara.

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