709. PVD2C EN DOMICILIO

Sobre: 
PV después de 2 o más Cesáreas (PVDnC)
Parto en casa
Categoría: 
Parto
Nombre padres: 
Macarena
Nombre bebé: 
Celina
Lugar de parto: 
en casa
Lugar: 
Mar del Plata
Año: 
2018

PVD2C EN DOMICILIO

 

Un camino aprendizaje y poder

El nacimiento de Celina fue una llamarada de luz para nuestra familia, y un renacer para mí como madre y como mujer. Sin dudas su llegada fue muy diferente al de sus hermanas y no sólo porque la parí, sus dos hermanas nacieron por cesárea, sino porque fue recibida con amor, respeto, rodeada de su familia y en el calor de su nido.

El nacimiento de mi dulce Indira (año 2009)

Mi primera hija Indira nació en el año 2009  en la Clínica Colón de la ciudad de Mar del Plata. Fue una cesárea de urgencia en la semana 39+6 por una supuesta colestasis.  Durante la cirugía recuerdo al equipo estar escuchando la final de un torneo importante de tenis (hablaban y comentaban entre ellos): la violencia fue sutil y en ese momento la naturalice. Como en la mayoría de las instituciones luego del nacimiento me mostraron mi hija, me la acercaron para que pueda besarla y luego se la llevaron para examinarla y realizarle todas las intervenciones que reciben los recién nacidos en los hospitales. 

Minutos más tardes llegué a mi habitación; ella ya estaba limpita, cambiada y en una cunita. Recuerdo que ese momento me quedé contemplándola y amándola desde mi cama (no podía dejar de mirarla). No podía creer que esa bebé era mía, que había salido de mi cuerpo y que acababa de convertirme en madre. Si bien estaba recién operada y no podía levantarme, tampoco pedí a nadie que me la entregue. Hoy entiendo que al no haber pasado por un trabajo de parto (ni natural ni inducido), no corrían  suficientes endorfinas y oxitocinas por mi cuerpo como para reconocer a mi cría y sentir llevarla inmediatamente a mi pecho. Aún siento dolor por no haber luchado por mi parto y haber permitido que nos roben nuestro momento sagrado.

El nacimiento de mi “loquita”  Zarina (2015)

Casi seis años más tardes nacía Zarina, mi segunda hija, en el HPC de Mar del Plata. Cuando cumplí las 41 semanas de gestación rompí bolsa a la madrugada, dejamos a Indira (de 5 años en ese momento) en la casa de una vecina que sabía que era de confianza, pero que apenas conocíamos, y nos fuimos felices hospital (aunque pensaba con un manto de tristeza y preocupación en mi hija que había dejado). Esta vez deseaba parir a mi hija, recibirla y llevar a mi pecho su cálido cuerpo.

Al llegar me hicieron un tacto y con un tono frío me dijeron en resumidas cuentas que todo estaba “verde”  y que tenía 12 horas, desde que fisuré bolsa, para conseguir mi parto. 

Me llevaron a una habitación en sillas de ruedas, pero en cuanto me bajé empecé a moverme (me balanceaba para ayudar a mi bebé a nacer). En ese momento la  obstetra de turno me advirtió que me quede en la cama porque había fisurado la bolsa y no era conveniente que me mueva. Las contracciones no tardaron en llegar: estuve 8 horas con trabajo de parto activo, con contracciones cada un minuto, muy fuertes y dolorosas: no tenía descanso entre una y otra, no podía moverme y quería pujar. Cuando me hacen el segundo y último tacto había dilatado un centímetro, y ahí se vino mi mundo abajo. Prepararon el quirófano y cuando estaba acostada las palabras del médico terminaron de hacerme sentir un fracaso total “menos mal no seguimos esperando, con este cuerpito de nena nunca ibas a parir” (peso 41kg y mido 1,49cm), y luego mi marido entró a la cirugía. 

Cuando nació mi hija no me la mostraron, simplemente se la llevaron y yo sentí que me arrancaron un pedazo de mi cuerpo. Cuando finalizó la cesárea me dejaron en un pasillo (esperando que un camillero me lleve a la habitación): fueron los minutos más largos de mi vida. Habrán sido 15 o 20 minutos, pero era toda la vida de mi hija. Cuando llegué estaba mi bebé con su papá en brazos y en ese momento se la “arranqué” y me la llevé al pecho, y así estuvimos toda la estadía en el hospital.

Ese puerperio fue difícil emocionalmente y, a diferencia de mi primer cesárea, esta vez sentí que el fracaso era sólo mío y de nadie más: yo no pude parir. Sentía que había venido fallada y me enojé con mi cuerpo “de nena”, con mi útero y con mis cicatrices que no paraban de sangrar. También creí que tenía un límite, que a pesar de ser mujer, madre y mamífera no iba a ser capaz de parir nunca y tendría que conformarme con tener hijas sanas y una familia hermosa. A la vez mi nueva hija no podía separarse de mí: fue una bebé de altísima demanda, y con el tiempo pude comprender que cuando nos separaron al nacer sentimos tanto dolor (como si nos desgarraran el cuerpo y el alma) que entonces ella decidió no separarse ni un minuto más de mí.

Mi bebé estrella y un camino de poder (2017)

Mi tercer embarazo se detuvo, y en el medio del duelo encontré un grupo de mujeres poderosas que tenían deseos y sentires similares a los míos. En el camino empecé a leer libros, artículos, relatos y ver documentales. Así comencé a comprender, a dejar la culpa de lado porque de nada me servía y poco a poco a perdonarme y reconciliarme con mi “pequeño” cuerpo y con mi útero que permití que lastimen. También acariciaba a mis cicatrices que tanto me habían enseñado. Sin embargo, me sentía muy lejos de sanar aún.

Si bien no estaba embarazada, planificaba mi parto: sabía que tenía el poder para lograrlo y comencé a empoderarme. Encontré un obstetra en el HPC que ya había asistido pvd2c y un equipo para que me acompañe en mi casa. 

Mi bebé arcoíris (2018)

Al poco tiempo quedé nuevamente embarazada. Fue un embarazo muy intenso a nivel físico y emocional. Los últimos 3 meses estuve sola con mis dos hijas (mi marido desplegado en el Desierto de Sahara con la ONU y sin familia acá). Las últimas dos semanas sólo le pedía a mi bebé que esperara a su papá, que no estaba lista para recibirla. Mi compañero llegó en la semana 39+2. 

En la 37sdg algo inesperado sucedió: el nuevo jefe de obstetricia me mandó llamar y me dijo que nadie me iba a acompañar en mis deseos de intentar un parto con dos cesáreas, intentó meterme miedos hablando de muerte y riesgos, tratando de convencerme hacia una “cesárea con música bonita“. El universo me estaba poniendo a prueba. Esa situación en la recta final, lejos de mi marido y vulnerable me obligó a mirar adentro mío y descubrir qué tan preparada y empoderada estaba para lograr mi parto. Así, fue como pegué un volantazo y comencé (con el apoyo incondicional de mi marido que también se empoderó y confió siempre en mi poder) a planificar un parto en mi casa con un equipo hermoso profesional y respetuoso.

Cada día que pasaba más feliz, tranquila y segura estaba de que ése era el parto que soñaba: junto a mis hijas, mi marido y en mi nido.  El universo se alineaba no sólo para lograr parir, sino para darle a mi hija un nacimiento lleno de paz, de amor, respeto y junto a mis hijas.

¡A soltar!

Cuando cumplí las 40 semanas de gestación amanecí lista para despedirme de esta mujer, sabía que esa noche empezaba el viaje. Me despedí de la panza, de mi tribu, de mis compañeras de yoga (con un ritual bello que lloramos todas), le agradecí a mi bebé estrella (sentía que aún habitaba su alma en mi útero) por cuidar a su hermanita estos nueve meses y le pedí que nos abandone ahora y que nos cuide hasta el final (y en ese momento comprendí cual fue su misión: cuidarnos y darnos la fuerza que íbamos a necesitar Celina y yo para parirnos). Ese día terminé de soltar y decir mis miedos (no iba a permitir que me estorben), también me hice un baño de crema, me metí en la bañera con mi hija más chica (me despedí de ella como bebé), pedimos unos lomitos con papas y me fui a dormir sonriendo y esperando las olas que venían a lo lejos. 

¡Llegó el día! (8 de Septiembre)

A las 6hs empezaron a llegar despacito pero sintiendo que ya se acercaban las más fuertes. A las 9hs desperté a mi marido, le avisé a Eva, mi doula, y a Adriana, mi partera: sentía que lentamente iba entrando al planeta parto.  No hice tiempo de desayunar, de pegar mis frases de poder y dibujos que me había hecho mi hija Indira, tampoco de poner velitas, música, ni siquiera de cepillarme los dientes.

Cuando llegó mi doula y más tarde la partera (cerca de las 10hs supongo) todo se volvió intenso. Entre pelota, agua, las ohh, mi doula, y el sostén de mi marido pasábamos las contracciones cada vez más fuertes, dolorosas, intensas e incontrolables. 

Mi compañero nunca se separó de mí, estuvo en cada contracción a mi lado alentándome y dándome su mano, que apretaba con toda mi fuerza. Él tenía la convicción que lo íbamos a lograr y sus palabras me llenaban de fuerza y seguridad para lograr mi parto. Entre todos hacíamos un gran equipo.

Mis hijas se levantaron tarde, y una vez levantadas entre Eva y mi marido las mantenían ocupadas en mi dormitorio. Recuerdo escuchar sus voces por momentos o verlas pasar en pijama, y sentir esa paz de saber que estaban seguras en su casa con su papá. Zarina (3) vivió todo de forma muy natural: sabía que estaba por nacer su hermanita bebé y estaba súper feliz. Indira (9) miró videos de partos conmigo, vimos juntas la serie “Llamen a la partera” y la primera parte del documental “El renacimiento del parto” así que estaba tranquila, y a la vez ansiosa de conocer a su hermana. Sabía que mamá podía llorar o gritar, ver sangre, pero que estábamos bien y que era necesario para dar a luz a su hermanita.

Mi partera me hizo sólo un tacto, recuerdo sus palabras dulces y alentadoras “que pelvis hermosa que tenés, ya dilataste 5 cm y en una o dos contracciones se rompe la bolsa”. Mi doula por atrás “ya está la mitad del camino hecho”. Si bien en ese momento estaba totalmente en “otro mundo” recuerdo la confianza y poder que me transmitieron con esas simples palabras: me recordaron que mi cuerpo siempre fue perfecto para parir, me transmitieron poder y confianza. Además, estaba dilatando!! Sentí que por primera vez mi cuerpo me estaba acompañando. Hoy mi reflexión es: como un ambiente respetuoso, íntimo, seguro, en mi caso junto a mis hijas (ya que al no tener familia acá era una tranquilidad en el alma que estén en su casa) hace que ese cóctel de hormonas necesarios para parir simplemente fluyan.  

A las 12:40hs según los apuntes de mi partera (creo que luego de 2 o 3 contracciones luego del tacto) sentí un “pum” como un globo que se rompía y una cantidad de agua calentita recorriendo mis piernas. Las palabras de mi partera fueron algo así como “perfecto, líquido transparente” y a pesar del dolor que no me dejaba pensar (como debe ser) sentí felicidad porque sabía que mi bebé estaba perfecta y lista para pasar a este plano en cualquier momento, y toda su familia preparada para darle una bienvenida llena de amor.

No recuerdo (tengo esos momentos mezclados) si fue antes o después del tacto que sentí ganas de vomitar, y en menos de un segundo estaba Eva a mi lado con un recipiente (¡menos mal no había desayunado!). Me sugirieron que vaya al baño (tampoco recuerdo si fue antes o después) y yo pensé “como se supone que voy a llegar si no puedo moverme del dolor” pero mi doula me tranquilizó y me dijo “cuando pase la siguiente contracción vamos, si viene otra te tiras al piso” (sólo podía pasar las poderosas olas en cuatro). En el baño pedí estar sola, hice fuerza porque necesitaba y creo que salió tapón o algo que ya no recuerdo. Luego (no sé cómo realmente) volví al living y en algún momento ya quebrada de dolor dije “no puedo”, y Eva me dijo “ayy Maca vamos, cuantos relatos leíste que dicen ´no puedo´ pero vos sabés que podés”, y en ese momento pensé “claro estoy en el trance no puedo jaja pero sí puedo!!”.

A partir de ese momento dejé las “ohhh, los pensamientos y los gritos de lado”, estaba en el piso en “cuatro patas” y empecé a rugir como una verdadera leona. Recuerdo morder unos almohadones que estaban en el piso con toda mi fuerza. En ese momento no quería que me toquen, no me importaba más nada que pasar el dolor y parir a mi hija. Me sentí totalmente fuera de control, fuera de mi cuerpo, fuera de este mundo, ni siquiera entendía que estaba haciendo ni donde estaba, si había alguien o no. Al poco tiempo empecé a pujar y, a pesar que me sentía muy débil (durante todo el trabajo de parto me temblaron las piernas y sentí frío por momentos) me vino una fuerza inmensa y un poder enorme de lo más profundo de mí ser.

Expulsivo ¡A parirnos!

Supongo me habrán persuadido para que me siente en el banquito de parto, realmente no lo recuerdo. Había pasado menos de una hora desde que rompí bolsa, pero Celina y yo estábamos listas para parirnos. El expulsivo fue muy rápido, intenso y doloroso. En el momento del famoso “anillo de fuego” no sentí que me quemaba, más bien que me partía al medio de tanto dolor: sentí que paría a mis tres hijas: grité, rugí y sentí por todas ellas. Realmente en ese trance del parto me descontrolé, pero ahí apareció la voz firme y dulce de mi partera que me dijo que mi bebé estaba saliendo solita, que pare de hacer fuerza que me podía lastimar, “con amor a la bebé” fueron sus palabras. En ese momento volví a la realidad, me tranquilicé y empecé a decir “dale Celi, dale que lo vamos a lograr…” y en la siguiente contracción salía íntegro y de forma espontánea todo su cuerpito. “Agarrá a tu bebé” fueron las palabras de Adri y un instinto lleno de fuerza me llevó a recibir a mi hija y ponerla en mi pecho. “¡La parió la parió!” Gritó Adri entre risas. “¡La parí!” grité yo con un tono de sorpresa y emoción. “ Lo logramos mi amor, somos un equipazo, lo logramos, hola mi amor, acá está mamá, bienvenida al mundo…” fueron mis siguientes palabras entre llantos y lágrimas de felicidad.

No fue el parto romántico, con velitas y música, despacito y sublime que soñaba. Fue más bien todo lo contrario: doloroso, salvaje, y totalmente fuera de control!! Irónicamente todo lo contrario a mi ser. 
A las 13:30hs nació Celina a pura adrenalina mamífera, a gritos y rugidos que venían de lo más profundo de mí ser. ¡Sentí tanto dolor y poder como nunca antes en mi vida!. ¡Sentí que pasaron mis tres hijas a través de mí!. Inmediatamente llegaron mis hijas (que estaban escuchando muy expectantes todo lo que ocurría desde el dormitorio) y se estaban aguantando las ganas de conocer a su hermana. Estábamos todos, y yo…. ¡Había parido!.

Celina nació con sus ojos abiertos (sin llorar) y se encontró  con la mirada llena de lágrimas de felicidad de su mamá que le daba la bienvenida al mundo, pude sentir el calor, su olor y todo su cuerpito mojado sobre mi piel. Celi llenó de luz con su llegada el living de mi casa donde la recibimos toda su familia junto a un gran equipo.

Así estuvimos mientras alumbraba la placenta (piel con piel) y mientras Nati, la enfermera neonatóloga, (que no sé en qué momento llegó) la observaba y examinaba: nunca la separaron de mi pecho. Luego, el papá (quien me acompañó en este camino de empoderamiento y durante este viaje con tanto amor, seguridad y cariño) siendo él también protagonista del nacimiento de su hija fue quien procedió a cortar el cordón cuando la obstétrica se lo indicó (estaba blanquito, ya había dejado de latir). Y de esa forma, entre risas y lágrimas de emoción, le dimos la bienvenida al mundo a Celina. Fue el momento más sagrado y poderoso que viví en mi vida.

Minutos más tardes me revisó la partera y yo decidí darle la bebé a mi compañero porque estaba realmente muy dolorida. Sin embargo, a los pocos segundos me la pusieron en el pecho porque estaba con muchas ganas de succionar así que mientras tomaba su teta, la profesional me revisaba. 

Controles a Celi

Más tarde pasamos a mi dormitorio y, en mi cama acostadas una al lado de la otra, la profesional revisó a mi bebé. Se encontraba en perfecto estado de salud, le colocaron vitamina k (porque así lo habíamos decidido con su papá) y finalmente la pesaron envuelta con el calor de una manta y en posición fetal: 3,500kg. En ese momento recordaba las frías balanzas en la que pesan a los recién nacidos en las instituciones, más la cantidad de intervenciones innecesarias y lejos del cuerpo de su madre (que lamentablemente ya naturalizamos). Me sentí bendecida y afortunada por el respeto con el que la profesional trataba a mi hija: como un ser que acababa de llegar al mundo, y entendiendo que lo único que necesitaba mi bebé era estar cerca de su mamá, de su alimento y escuchando mi corazón como lo hacía cuando estaba del otro lado de la piel. 

En ese momento la neo me sugirió estar piel con piel con mi bebé los primeros días, y así lo hicimos. No necesitamos “un ajuar de lujo” solo nuestros cuerpos conectados y nuestros corazones sincronizados. También me mencionó los beneficios de consumir la placenta en licuados en el post-parto. Ese día terminamos muy cansados y muy tarde, pero al día siguiente mi marido preparó un rico licuado con lo que había en casa: mandarina, frutos secos, miel, leche, manzana, ciruelas seca, placenta y seguro que algo más. Parece realmente asqueroso, pero la realidad es que estaba muy rico. Antes de beberlo no sabía que tenía porque no me quiso decir (luego entendí porque jeje). Él, mi hija Zarina (que decía ugo ugo, quiero ugo)  y yo lo tomamos. Indira estuvo en el proceso así que no quiso saber nada con probarlo.

Más allá de  la asistencia a la bebé, Nati fue como una doula más. Recuerdo estar atrás mío ofreciéndome gatorade, chocolates y almendras luego del parto. Estaba muy débil y lo necesitaba. 

¡Más tarde llego mi turno! En el parto tuve un desgarro (Adri me dijo que era todo piel y mucosa). Así que entre ella y un obstetra que trabajo mucho tiempo en Mar del Plata y que casualmente andaba por la ciudad me cosieron. Verlo fue muy emocionante porque él fue quien me acompañó durante mi segundo embarazo (lamentablemente no estuvo el día del nacimiento). Mientras me cosían hablábamos (Celina seguía al lado mío) y entre sus palabras dijo “se puede se puede”.

Luego me ayudaron a levantarme de la cama muy despacito para ir al baño y menos mal que los brazos fuertes y cálidos de Adri me acompañaban porque dije “me voy” y me desmayé. Al ratito me desperté y la fuerza de mi partera me sostuvo y me ayudó a seguir. Intenté hacer pis pero no pude. Ahí mismo, Adri me lavó los pies y las manos con mucho cariño y volvimos a la cama. Más tarde me puso una sondita para ayúdame a vaciar la vejiga. Si bien fue molesto, ¡Qué alivio sentí!.

Mi bebé fue recibida con calor y amor como deberían ser recibidos todos los bebés del mundo. Ojalá mis otras hijas hubieran sido respetadas desde el primer minuto de su vida como sí lo fue su pequeña hermanita, tanto por su familia como por todo el equipo que nos acompañó. 

Al día siguiente…

A las 24hs de nacida el equipo que nos acompañó volvió a ver a Celina y a mí: hablamos sobre sus primeras horas, lactancia y la midieron. Los recién nacidos necesitan estar en posición fetal (como estuvieron los nueve meses en el cuerpo de su madre) y hasta ese detalle el equipo respetó al momento del nacimiento. También la partera me revisó a mí y me dio algunos consejos sobre los cuidados en mis próximos días. Luego habló con mi marido sobre los trámites que debíamos hacer en el registro civil para anotar a Celina.

El equipo que me asistió me acompañó en este viaje sin intervenir, sin tomar el poder y sin invadir. Me guió con cariño y respeto en el nacimiento de mi hija, me ayudó a recordar el poder que tengo como mujer y mamífera. Me cuidaron a mí, a mi bebé recién nacida, a mis hijas (jugando con ellas y hasta haciéndoles de comer) y a mi marido brindándole herramientas (días antes del parto)  para que él pueda ser un gran compañero y aliado en mi viaje.

Mi reflexión final

Indira y Zarina no tuvieron el nacimiento íntimo, respetuoso y cálido que sí tuvo su hermanita. Sin embargo, ellas aprendieron una lección que no se aprende en los libros de medicina: que las mujeres podemos parir, que no necesitamos ninguna ayudita, ni anestesia, ni cualquier forma de intervención innecesaria, que un parto natural y fisiológico es posible y es seguro: que sólo necesitamos seguridad, confianza, creer en nuestro poder y que el resto simplemente fluye. Sus hermanas van a saber que un nacimiento siempre es sagrado y que un bebé recién nacido merece ser tratado con amor, con cariño, con respeto y que nunca debe ser separado de su madre. Ellas saben que podemos, que van a poder, y si bien hoy me duele en lo más profundo de mi alma haber permitido que las manipulen las manos frías de un médico, estoy feliz de haberles permitido  participar en el nacimiento de su hermana y que sé que es un regalo que van a llevar siempre con ellas.

Puerperio

Es difícil definir cómo me siento en este puerperio porque a los pocos días de nacida Celina, mi marido tuvo que volver a irse al Desierto del Sahara con la ONU. Si bien esta vez fue más fácil porque no me quedaba embarazada con el miedo permanente a que se adelante el nacimiento y encontrarme sola; es muy duro estar puérpera y sola con tres personas a cargo con necesidades tan diferentes. Cuando se fue no me sentía físicamente al 100%: aún me dolían los puntos, me costaba sentarme y estar mucho tiempo de pie, además, se me bajaba la presión cada tanto. Sin embargo, entre mis hijas y mi casa, no me quedo otra que dejar todo esos dolores y sensaciones de lado y enfrentar mi realidad.

La lactancia, al igual que con mis otras hijas, comenzó de forma difícil por la cantidad de leche y las congestiones que se me hacen. Pero debo resaltar que esta vez duraron menos tiempo. También tuve grietas (como con mis otras hijas) pero me encontré más informada así que se me curaron más rápido.

Celina es como si percibiera que estoy colapsada y sola que resultó un equilibro perfecto entre mis hijas y yo. A pesar de ser demandante como cualquier bebé, tiene una paz, una tranquilidad y una paciencia que me cuesta de creer. A veces me encuentro dándole el pecho y tener que salir corriendo porque alguna de mis hijas me necesita ya y ella se queda mirándome desde el coche viendo como me alejo, sin llorar, solo esperándome porque sabe que mamá pronto va a volver. A veces pienso que quizás al no haberla separado de su madre apenas nació no tiene ni siente miedo de no volver a verme, ella sabe que siempre voy a estar para ella y sus hermanas. 

Emocionalmente me siento bien, cansada física y mentalmente por la crianza (sobre todo de las más grandes), pero me siento íntegra, fuerte y con el poder suficiente para pasar este momento que nos toca vivir como familia.

Hoy entiendo que empoderarse no es solo leer e informarse sino, con todo lo asimilado, hacerse cargo de nuestro cuerpo, tomar decisiones, elegir, tomar el poder y las riendas de nuestra vida, porque nadie tiene derecho a elegir por nuestro cuerpo o el de nuestros hijos. Somos nosotras las que debemos hacernos cargo.

Por momentos me encuentro llorando, entendiendo, recordando momentos del parto o comprendiendo algunas cosas del pasado en las que dije “¿por qué a mí?”. Hoy estoy empezando a encontrar respuestas a muchas preguntas que alguna vez me hice o cuestioné. Agradezco a la vida esas heridas de guerra que me llevaron por este camino de aprendizaje y me convirtieron en esta nueva mujer. Así, sumergida en este profundo puerperio, codo a codo con mis sombras, me encuentro de pronto llorando y sanando…