846. RELATO DE PARTO DE BELÉN H. J.

Sobre: 
Parto Vaginal (PV)
Parto en casa
Categoría: 
Parto
Nombre padres: 
Belén
Miguel
Nombre bebé: 
Alberto
Lugar de parto: 
En casa de parto
Lugar: 
Sevilla
Año: 
2020

RELATO DE PARTO DE BELÉN H. J.

Hoy por fin me siento para hacer algo que tenía pendiente desde hace 20 meses, porque os lo debo  a todas las personas que me ayudasteis a abrir los ojos, a saltar, a fluir y a confiar en la vida y en  el nacimiento respetado, sin intervenciones innecesarias. Y también se lo debo a las personas que  confiaron en mi y que me animaron a conseguirlo:  

• A mi matrona M., mujer sabia y  poderosa donde las haya.  

• A mi amiga y hermana Merchi, que  me acompañó en esta aventura y que nunca dudó de que lo conseguiría. 

• Y, cómo no, a Miguel, mi compañero de la vida, el que me decía que no estaba dispuesto a asumir un parto en casa y que finalmente lo compró todo (plásticos para cubrir sofá y cama, palanganas, tomillo, cola de caballo, ...) y me animó en mis momentos de duda. 

Sin vosotros no lo hubiera conseguido. 

No se me olvida la persona más importante, la que me regaló esta experiencia y que le brindó a su hermano la posibilidad de un nacimiento respetado. Ese eres tú, mi hijo mayor Miguel, el niño más sensible y especial que conozco. Miguel, al que se le robó la posibilidad de elegir el día de su nacimiento, la forma de llegar a este mundo y los brazos de su madre y su leche llena de amor para alimentarle. 

Todo esto ocurrió por confiar en un Sistema Sanitario y en un profesional -sin duda y gracias a Dios no todos son así- que no respetan el proceso sagrado del nacimiento. Y me dejé realizar una inducción bestial, con rotura de bolsa, oxitocina “a chorro” prácticamente sin preparar antes el  cuello del útero con prostaglandinas y tan solo justificada por estar en la semana 41 +1. Así se me  condenó a una cesárea, según reza en el informe, por falta de progresión. Y es que, efectivamente,  solo dilaté unos 5 cm, aunque claro, es que era mayor, tenía 39 años y ya los tejidos … tú sabes. 

La cesárea fue una experiencia horrorosa como todo lo anterior, me arrancaron a mi hijo de mi  vientre, me lo arrebataron. Por suerte mi marido estaba en el quirófano -ambos somos médicos cogió al niño y me lo enseñó un segundo casi de lejos, y se fue con mi pequeño. Yo me quedé rota  mientras me ponían algo de sedación para suturarme.  

Luego, cuando desperté y me pasaron a reanimación, noté como una catarata de sangre corría  por mis piernas. Grité y rápidamente me llevaron de nuevo a quirófano. Entré muerta de miedo,  pensando que nunca más vería a mi hijo ni a mi marido. ¡Qué tristeza más grande sentí! No puedo  describirla con palabras. El niño que tanto añoraba abrazar, amamantar, … Me iba y ni siquiera  había podido cogerlo para besarlo.

En el quirófano, muy asustada, pregunté si me iban a realizar una histerectomía. De pronto me  intubaron y cuando desperté sentí mucho dolor en el vientre. Llamé a alguien que pasaba por  reanimación -luego supe que era el anestesista que me asistió en la urgencia por hemorragia  masiva- y me dijo que era la presión de un balón intrauterino para cohibir la hemorragia. Me  quedé alucinando. Hacía pocas horas tenía aquí a mi bebé, el que me habían arrebatado, y me lo  habían cambiado por un balón. Me quería morir. 

Después mi marido se coló literalmente con el niño en reanimación. Lo vi entrar llorando. Me  puso a mi pequeño para que se agarrará al pecho de una madre moribunda que tuvo que luchar  toda la cuarentena y siete meses más con la herida de un drenaje que no cerraba y con una  lactancia con relactador.  

En todo momento sabía que había sido una negligencia médica, aunque perfectamente cubierta  por los informes oficiales como atonía uterina. Meses después me enteré de forma extraoficial  que no se suturó debidamente el ángulo izquierdo de la incisión en el útero. Si hubiese sido una  atonía me hubieran realizado una histerectomía sin dudarlo. 

Actualmente, el ginecólogo que nos robó a mi hijo y a mi nuestro encuentro está internado en un  Centro de Desintoxicación. Al menos sé que no va a hacer daño a otra madre. 

Me culpabilicé mucho por no haberme informado antes del parto y por no haber confiado en  mi misma. Me culpabilicé por no haberle ofrecido a mi hijo el nacimiento que se merecía. Y juré  que si alguna vez volvía a estar embarazada no me volvería a ocurrir. Leí mucho y, gracias a los  relatos de “El parto es nuestro”, descubrí los partos vaginales tras cesárea. El primer año tras el nacimiento de Miguel hice un gran trabajo de investigación. Tenía una mezcla de sensaciones,  quería volver a ser madre, pero me daba mucho miedo el parto y no sabía si sería capaz. 

Cuál fue mi sorpresa cuando, tres años más tarde, ya con 42 años, me faltó la regla. Me daba  miedo pensar que pudiera estar embarazada y pensé que podía tratarse de unos “desarreglos”,  aunque algo dentro de mi me decía que la vida me brindaba otra vez la oportunidad de ser madre.  Me hice la prueba y salió positiva. Sentí mucho nerviosismo, ansiedad y también una enorme  felicidad. La vida me ofrecía otra vez la oportunidad de parir, de traer un hijo a este mundo tal  como deben venir, de forma respetada. 

Contacté enseguida con M., la persona que me guiaría en esta aventura. Di con ella gracias  a un relato de “El parto es nuestro”, donde Cristina, tras dos cesáreas, conseguía un tener un  parto en casa en Sevilla. Como vivo en Huelva me parecía la más idónea. Comencé las clases  de preparación al parto con ella, esas clases tan bonitas y llenas de amor, en Vidar, un sitio maravilloso donde te envuelve una energía positiva. 

Al tiempo que me preparaba para el parto, estudiaba las oposiciones para mi plaza. ¡Imaginad qué  meses más intensos! Pero lo más importante para mí era conseguir el parto soñado, respetado y,  si podía ser, en casa. De antemano sabía que con mis antecedentes y con mi edad (43 años en el  momento del parto) era carne de cañón para una cesárea programada. Pero M. hizo un gran  trabajo conmigo y reseteó muchas ideas que me habían ido metiendo en mi subconsciente, como  que yo no era capaz de dilatar,… 

En la semana 35 el niño estaba de nalgas. Estuve unas semanas realizando ejercicios específicos  para que se colocara en cefálica, condición indispensable para un parto en casa. M., con su sabiduría, me animaba siempre para que no me preocupara, diciéndome que hasta el último  momento se podía dar la vuelta. Y el niño se dio la vuelta por mi. 

En la revisión con monitores de la semana 39 y 3 días, a la que fui sola, el bebé estaba otra vez  sentado. Al ver mi cara, la ginecóloga que me atendía que aunque no sabía de mi intención de  parir en casa sí conocía mi voluntad de tener un parto vaginal, me realizó, con mucha delicadeza,  una versión externa.  

El niño volvía a estar correctamente presentado, pero imaginaros la confianza que tenía en que no  se fuera a mover de nuevo. Claro que para eso tenía a M., que me tranquilizaba y que, cuando  me veía en Vidar, sólo tocándome la barriga notaba la cabecita y me transmitía la confianza de  que todo iba bien. ¡M., no sabes cuánto te agradezco tu profesionalidad y confianza! 

Llegó la semana 41 y no me ponía de parto. El fantasma de la inducción revoloteaba dentro de  mi cabeza, necesitaba ponerme de parto. Y así fue. La tarde de un jueves, un día antes de las  vacaciones de Navidad en los colegios, recogimos a Miguel y le explicamos que no volvería hasta  después de las vacaciones. Se quedaría con mis padres para que yo pudiera ir a la revisión con M. sin tener que correr para recogerlo del colegio. 

Me encontraba fenomenal. A diferencia de los días anteriores en los cuales había tenido continuas  contracciones, ese día no tuve ninguna. Pero por la noche, sobre las 00:30, empezaron de nuevo y  ya no pararon. A las 06:30 de la mañana ya no podía estar en una cama y me fui al salón, sobre mi  pelota de Pilates. Llamé a mi marido y le dije que creía que estaba de parto. Me duché, llevamos  a Miguel a casa de mis padres y nos fuimos a Vidar, la casa de partos de M..  

Cuando llegué vi como bajaba por las escaleras con otra chica más joven llamada M., también matrona, que venía de Barcelona a su Almería natal pasando por Vidar para saludar a M..  Tras examinarme, M. me dijo que estaba de parto y que tenía que ser allí, en Vidar, porque  otra chica del grupo también estaba de parto y no podía desplazarse a Huelva. M. me pidió  permiso para estar y le dije que sí por educación. En aquel momento no me hacía gracia, pero  después me alegré enormemente. 

Me recomendó caminar, así que eso hicimos mi marido y yo por el campo. Estuvimos andando al  menos una hora en un día soleado y frío de invierno. Las contracciones iban y venían. Después  de comer solo quería estar en la habitación apoyada en un foulard colgado del techo y moviendo  las caderas de un lado al otro.  

De pronto noté como expulsaba algo gelatinoso, me fui al baño y se trataba del tapón mucoso.  ¡Era enorme! Esta vez conseguí verlo. Luego me senté en la pelota de Pilates. Al rato entró M. porque había escuchado un ruido más fuerte en mi respiración y me dijo que algo había pasado.  “¡Déjame que vea!” – dijo. Efectivamente, había roto aguas, aguas claras. Todo iba sobre ruedas.

En ese momento llegó Merchi. para estar con nosotras, ya estábamos al completo. Y seguí en  la habitación a oscuras, con mi marido, dilatando hasta que llegó el momento en que quise  meterme en la bañera, ya preparada por M., Merchi. y M. con mucho cariño. Allí dilaté  hasta completar los 10 centímetros con el reflejo de la luna llena en el agua, según me dijo  Merchi, porque yo estaba en lo mío. 

Cuando llegó el momento del expulsivo, mi cuerpo me pedía estar fuera del agua y volví a la  misma habitación a colgarme del foulard. M. me puso una silla de parto para que me sintiese  más cómoda y me guiaba en los pujos para que fueran más efectivos. M. me sonreía para  que estuviese tranquila, Merchi. me abanicaba y Miguel, mi marido, me sujetaba por la espalda.  Éramos un equipo.  

Y en ese escenario de amor y respeto apareció la cabecita de mi segundo hijo y luego, rápidamente,  su cuerpecito deslizándose hasta las manos de M. que estaba en el suelo delante de mi. Me  lo dio y me lo puse al pecho, unido a mi todavía por el cordón umbilical. Alumbré la placenta  enterita y me ayudaron a tumbarme en la cama con mi hijo encima y la placenta a nuestro lado,  como siempre. Se hizo pinzamiento tardío del cordón, cuando dejó de latir. Entre todos decidimos llamarle Alberto.

Alberto llegó a este mundo con amor y respeto, nadie lo separó de mi para lavarle ni pesarle,  nadie le hizo nada. Allí estuvimos unas 36 horas, pegaditos hasta que Miguel, su padre, lo tomó  para darle su primer baño. M. lo pesó y nos fuimos a casa pasando antes a recoger a Miguel,  nuestro otro hijo. 

Espero que este relato sea de ayuda para otra mujer que se encuentre en mi misma situación.