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PVDC, la historia de Camila en Quito

MI PARTO

Supe que estaba embarazada cuando mi primer hijo tenía un año 2 meses. Desde ese día me preparé para un parto natural. Leí muchos testimonios de mujeres que buscaban lo mismo que yo, vi documentales y videos de parteras atendiendo partos en casa, hice ejercicios para fortalecer el piso pélvico, busqué una partera que me ayudara con ejercicios y me preparé para el día tan esperado. Todo esto en pocas cantidades ya que mi único tiempo libre eran las dos horas, a veces menos, de siesta de mi hijo. Me convencí de que esta vez iba a lograr un parto natural.

Fue un embarazo saludable, me sentía muy bien, llena de energía unos días y muy cansada en otros. Desde el primer control prenatal pregunté a mi doctor acerca de un PVDC, estaba muy entusiasmada en poder lograrlo. En las primeras consultas prenatales el doctor me dijo que era posible el PVDC, me dijo que era poco tiempo de diferencia el que había entre parto y parto (un año 11 meses) y me explicó sus riesgos. A mediados de mi embarazo el doctor cambió de opinión y en un control médico me dijo que era muy riesgoso y que él prefería no intentar el PVDC. Salí muy desilusionada de la consulta, con mucho miedo de no poder lograrlo y tristeza ya que pensé que iba a ser imposible.

Unos días después con el apoyo de mi esposo busqué una partera para que me ayudara a preparar mi cuerpo para el parto, eso fue lo que pensé en ese momento. Ahora me doy cuenta que lo que necesitaba era que alguien me dijera que sí puedo, que el PVDC es posible y que estaba lista. Una persona que me recibió con muchísimo amor, dispuesta a escuchar mis miedos, preocupaciones y anhelos. Alguien que en muy poco tiempo te llega a tocar el corazón. Qué triste fue saber que K., la partera, ya no podía seguir ayudándome porque tenía que salir del país y regresaba en un mes. Lloré de la tristeza al saber la noticia y otra vez me sentí sola. Pero en escasos tres encuentros aprendí mucho, estaba convencida que esto era lo que buscaba. Fue como una guía espiritual que me llevó a mis ancestros, me ayudó a recordar que las mujeres vinimos al mundo listas para parir.

Se acercaba el parto y buscábamos un lugar donde dar a luz, donde lo natural fuese lo primordial y yo fuese la protagonista de mi parto. Encontramos el lugar que respetaba nuestros deseos en el momento del parto y a un doctor que con mucho amor nos apoyó en la decisión de intentar un PVDC.

Tenía 38 semanas de embarazo y comenzaron las contracciones. Fueron dos semanas de contracciones intensas pero inconstantes, sensaciones extrañas, casi todas incómodas y molestas que me decían que el parto estaba cerca. Hasta que el día tan esperado llegó, estaba de 39 semanas y 6 días. Era un viernes, once de la noche, sentí un dolor en la parte baja del vientre, pensé que estaba soñando, pero su intensidad hizo que me despertara y que despertara a mi esposo por tres veces consecutivas, pues sabia que la hora de ver la carita de mi hija estaba cerca y él no me creía. Ya habíamos ido unos días antes a la clínica por una falsa alarma. Le avisé a mi hermana, ahora doula, que estaba justo ese día de turno en la clínica donde iba a dar a luz, que me esperara lista porque las contracciones eran fuertes y muy seguidas. Venían cada tres minutos y aun no llegábamos a nuestro destino.

Al fin llegamos y monitorearon a mi bebé, estaba perfecta. Entramos con mi esposo, el cual nunca se separó de mi, a la sala de labor. Una doula y mi hermana (qué suerte la mia) me colocaron calor en las caderas y el dolor alivió rápidamente. Hicimos un trabajo de parto muy lindo, las contracciones eran cada vez más intensas y el ambiente íntimo me daba mucha seguridad y era muy emocionante cómo todo fluía naturalmente. Todo iba bien hasta que de pronto sentí un ardor muy fuerte por encima de mi cicatriz de la cesárea. Sentía como si me hubieran cortado la cicatriz con un papel, y encima la sensación de las contracciones que venían cada minuto o menos. Fueron unos minutos muy intensos, llenos de angustia. Vino el doctor y me hizo un tacto, estaba dilatada 10 cm pero mi bebé aun no descendia. Tenía ganas de pujar pero aun no era hora. Recuerdo que escuché que lo mejor sería otra cesárea ya que no era buena señal ese dolor en mi vientre. Qué iras y que frustración! No pensaba nada, solo dejé que mi cuerpo hiciese su trabajo.

Ya que el plan era dar a luz en el agua, el jacuzzi estaba listo. Ingresé a la tina de agua y aunque la intensidad de las contracciones disminuyeron notablemente, el ardor que sentía en la cicatriz no desaparecía. Pero qué rico entrar al agua, me sentía mil veces más liviana, mi esposo me sostenía mi espalda o mi cabeza, no recuerdo bien. Pero fueron unos minutitos muy placenteros, el agua estaba calentita y yo ya quería que naciera mi bebé. No quería otra cesárea.

En un momento le recé a Dios pidiéndole que se hiciera su voluntad, tenía miedo y sentía mucho dolor, pero muchas ganas de conocer a mi hija pronto. Le escuché decir al doctor que no había cómo arriesgarse y que debía hacerme una cesárea. Me sacaron de la tina y sentada en una silla de ruedas, el doctor me llevó rapidísimo al quirófano, rapidísimo! Recuerdo entre flashes que llegué al quirófano y me sentaron en la camilla, estaba lista para que el anestesiólogo me pusiera la epidural cuando de pronto vino una contracción muy fuerte y la doula que me acompañaba gritó: “esta coronando”!. Fueron las palabras más hermosas y reconfortantes que escuché. Después de eso todo pasó muy rápido. Escuchaba que el doctor pedía que trajesen una colchoneta y yo no entendía para qué (mi mente volvió a la época del colegio cuando había que hacer trampolines), otro doctor me pedía que me sentase más atrás, y yo que ya no podía hacer nada. De pronto sentí unas ganas inmensas de pujar y la necesidad de pararme. Me apoyé en los hombros de los dos doctores que estaban al frente mio y me levanté.

Sentía una fuerza estupenda en mi cuerpo. En menos de 5 segundos me encontraba encima de la colchoneta, en el piso del quirófano, con las manos y las rodillas apoyadas al piso. A lo salvaje, en cuatro. Una posición que nunca imaginé para dar a luz. Sentí el famoso aro de fuego, la sensación más intensa por la que mi cuerpo ha pasado. Sentí como mi bebé salía al mundo exterior, con mucha fuerza. Fue hermoso como inmediatamente tuvimos contacto piel con piel, fue un buen rato que todos (obstetra, medico residente, enfermera, doula, hermana, anestesiólogo, pediatra, en fin había mucha gente) estuvimos sentados en el piso disfrutando de ese momento tan hermoso, escuchaba risas y se sentía todo tan lindo. Esperamos que el cordón umbilical acabase de latir y mi esposo, con la ayuda del doctor, le llenó de bendiciones a nuestra hija antes de cortar el cordón. Qué emocionante todo! No me perdí ningún detalle de mi parto, unos minutos después sentí como salió mi placenta. Mi bebé seguía pegadita a mi pecho con los ojos abiertos, nos llenabamos de amor y ternura. Logré traer a mi hija a este mundo por parto vaginal, qué felicidad! Sin duda uno de los mejores momentos de mi vida, volvería a intentar un PVDC mil veces más.