816. Pérdida Gestacional de mi segundo bebé estrella, Manejo Expectante, Aborto Diferido

Sobre: 
Pérdidas. Siempre en el corazón
Categoría: 
Embarazo
Nombre padres: 
Monica
Aldo
Año: 
2020

Soy Mónica y si no conoces mi historia, te cuento un poco quién soy y cómo he llegado hasta aquí. 

Tras la pérdida gestacional de mi primer hijo (2016) y a partir de mi embarazo, parto y crianza de mi hijo Lorenzo (dos años), decidí formarme como psicóloga perinatal.

Hoy me abro a contarte la historia sobre mi segunda pérdida gestacional, es muy reciente pero me apetece compartirla contigo, para dar voz, romper el silencio y acompañar mujeres que puedan estar pasando por una situación parecida. 

El 27 de Julio con dos rayitas en esa prueba de embarazo, muchos miedos y mucha felicidad a la vez, nos enteramos de su llegada. ¿Cómo había podido llegar tan rápido? Si años atrás nos había costado tanto trabajo… Pero daba igual, así, inesperado y lleno de sorpresa en ese instante ya imaginamos una vida juntos los 4. Nuestra familia crecía y con ella el amor y los sueños.

No te voy a mentir, cuando pasas por una pérdida siempre el primer trimestre se vive con muchos miedos, pero conforme pasaban las semanas y me encontraba con más síntomas de embarazo, todo eso poco a poco se disolvía, esta vez pensé muy poco en la idea de perderle. 

Desde esos primeros momentos tomamos decisiones, teníamos claro que queríamos un parto respetado lleno de amor y de intimidad, buscamos opciones, decidimos llevar los controles por la sanidad pública y durante los meses siguientes trabajarnos y empoderarnos para su llegada. 

También se despertaron miedos y preocupaciones económicas, necesidad de cambiar de piso para poder estar mejor los cuatro, miedo a no llegar o a que nos hiciera falta tribu.  

Las semanas transcurrían la 7, la 8…, hasta que me di cuenta que estaba por cumplir 12 semanas, sinceramente sentí alivio; esa frontera de las 12 semanas que siempre se escucha estaba por llegar. Decidí ir a una visita por la privada, porque en la pública estaban tardando mucho en darme hora, así que el 3 de Septiembre salí de mi casa con la ilusión de verle, de escuchar su corazón. Papá y Lorenzo caminaban al parque mientras yo caminaba para encontrarme con mi bebé. 

Entre en la consulta, di mis datos, me hicieron unas preguntas y luego me senté en la sala de espera. Tardaron como 20 minutos en pasarme, al entrar recuerdo a la doctora decirme que sentía haberme hecho esperar, la noté cercana, me dio confianza. Le expliqué la razón por la que estaba ahí y me dijo: “bueno vamos a verle, quítate la ropa de la cintura para abajo y pasamos”, me acosté en la camilla y en ese momento se hizo un silencio absoluto, la doctora no decía absolutamente nada. Noté que algo estaba mal y le pregunté si pasaba algo, ella me dijo que lo veía más pequeño de las semanas en las que estaba y que, además, no había latido pero que teníamos que esperar. Me dijo “vístete y te lo explico fuera”. 

Cuando salí solo recuerdo que mientras ella me iba explicando lo que pasaba, yo saqué el móvil de mi bolso y le escribí a Aldo (mi pareja): “Ven por mi, no está bien”. Yo en esa silla pensando que no me podía estar pasando por segunda vez, como si estuviera en una película, como si fuera una pesadilla. Ella me comentó que algunos embarazos simplemente se paran y el cuerpo no se da cuenta, que es cuestión de suerte y que si ese era mi caso lo sentía mucho, sin embargo, tenía que esperar 6 días y repetir la ecografía porque quizá al tener Síndrome de Ovario Poliquístico (SOP) puede ser que estuviera de menos y entonces fuera evolutivo. Llámalo intuición, pero en ese momento supe que ese bebé ya no estaba, que otra vez me había ocurrido a mí, que tendría que enfrentarme otra vez a un duelo. Recuerdo a mi pareja sosteniendo a mi hijo en brazos que empezó a llorar al verme llorar, ¿Cómo se hace?, ¿cómo se supone que te esperas 6 días haciendo vida “normal”? Por más que mi intuición me lo dijera, pasé los días con más angustia de mi vida, esperando un milagro, intentando confiar y apostar por la vida hasta que me dijeran lo contrario. Días muy duros estar en medio de dos puertas que te llevan a sitios completamente distintos. En una puerta está el duelo y la pérdida, en la otra está la vida. Creo que la mente a veces piensa en negativo porque nos protege, ¿Qué puerta hay que prepararse para abrir? En realidad solo para la puerta del duelo, en la otra se puede entrar fácil. Por eso no me sorprendió que gran parte de esos días mi mente tirara más a la puerta que implicaba tormenta, resiliencia, pérdida, dolor y por supuesto también amor. 

El 7 de Septiembre para mi sorpresa me hablaron de la pública, tenía cita para la ecografía de las 12 semanas ese mismo lunes a las 12:50pm. Llegamos a la clínica entramos juntos y al hacerme la ecografía confirman que NO HAY LATIDO y que se trata de un aborto diferido. Me dolió el alma, me dolió la vida, me llené de miedos aunque yo ya lo sabía. 

Ese día me dieron dos opciones, un legrado o medicamentos, no había más. La doctora me dijo que si mi cuerpo no lo había expulsado era imposible que ahora lo hiciera sin ayuda. Siendo psicóloga perinatal yo había escuchado del manejo expectante y decidimos que ese era nuestro camino.  

El manejo expectante es esperar a que tu cuerpo expulse todo sin necesidad de fármaco ni cirugía, siempre teniendo presente que si presentas algún síntoma de infección hay que ir a un médico (fiebre, mal olor, dolor agudo o sangrado fuerte) es importante decirte que la decisión que tomes será la correcta y no hay ninguna mejor, siempre será la que elijas tú. 

Yo decidí darle la oportunidad a mi cuerpo porque lo percibí menos invasivo y me daba menos miedo irme por ese camino. Aún así decidí ayudar a mi cuerpo con otros medios naturales: acupuntura, hierbas, aceites esenciales, masajes y rituales de despedida. 

Hacer un manejo expectante conlleva mucho a nivel emocional, recuerdo buscar historias y experiencias de mujeres que lo habían vivido y encontrar muy pocas, por esta razón decidí escribir la mía, para acompañar mujeres que, como yo, pasan por una situación parecida; nadie tiene porque vivir esto sola. 

Las experiencias difíciles siempre traen personas de luz a mi camino y en esta ocasión fue una mujer que me hizo acupuntura, que me ayudó a confiar y a conectar con la sabiduría de mi cuerpo, una bella persona que con pocas palabras me hizo sentir en paz.

Mi pareja siempre ahí, a mi lado, sereno, tranquilo con esa presencia que no necesita palabras porque ya lo dice todo. Acompañando, cuidando, respetando mis decisiones y mis tiempos, han sido días de tristeza, de despedida, de respeto, de intimidad, de amor y eso siempre lo llevaré en mi corazón. 

Mi hijo también acompañándome desde su vivencia; sensible, observador, sosteniendo mi mano, abrazándome, con la lactancia que también tuvo un papel importante en mi proceso.  

Este tiempo me ha dado la oportunidad de ir elaborando el duelo y de despedirme más despacio, de darme tiempo. 

Después de casi dos semanas del diagnóstico empecé con dolores como de regla, no muy fuertes pero mantenidos durante todo el día. Tres días después empecé con un sangrado ligero, así estuve dos días hasta que el sábado por la tarde empezaron contracciones fuertes y dolores en la espalda. Literalmente las sentí como contracciones de parto, van y vienen, algunas dan tiempo de respirar otras no. Después de cuatro horas salió todo y ahí me despedí de mi bebé Estrella. Le agradecí por haberme elegido, por permitirme vivir el milagro de la vida por tercera vez, le di las gracias a mi cuerpo por acompañarme en el duelo, por soltarlo y me agradecí a mí por respetarme y confiar. En ese momento también sentí muchas ganas de llorar, y lloré, lloré mucho; puse aceites esenciales, escuché mantras y agradecí la vida en medio del dolor, del cansancio y de la pérdida. Me sentí triste pero también empoderada, me dolió su partida pero también tuve una sensación corporal de liberación, de alivio. Así en medio de la intimidad de mi casa, acompañada en momentos por las dos personas que mas amo en la vida y en el teléfono a ratos con mi mamá que es mi mejor amiga le dejé ir entre mucho amor, mucho respeto y mucha magia. Comprendí por segunda vez en mi propia piel, así como muchas de las mujeres que acompañó a nivel profesional, que no todos los bebés llegan para quedarse, que a veces esperando la vida nos enfrentamos con la muerte. Los días siguientes el sangrado y los dolores siguieron haciéndose más fuerte por las noches, y no te voy a mentir en ocasiones sentía que no podía más, quería que acabara, pero ahora que lo puedo ver hacia atrás entendí que este tiempo me ayudó a conectar con mi cuerpo, con mi duelo, con mi pérdida, con mi dolor, con mi familia. Sangre durante 20 días después de la pérdida hasta hacerme una ecografía y decirme que el aborto estaba completo. 

Cuento mi historia porque creo que es importante hablar, dejar ese silencio que envuelve a la pérdida gestacional. El mundo le ha dado la espalda durante mucho tiempo, hay silencio, palabras que sin intención duelen, un duelo en soledad en una sociedad que no encara la muerte, que necesita muchas veces darte ánimos cuando en realidad lo único que te dicen con eso es “no puedes estar triste”, “que debes de superarlo”, “ya vendrá otro”.

¿Por qué tenemos tanto miedo a SENTIR? El mismo derecho que tenemos de sentirnos felices es el mismo derecho que tenemos a sentirnos tristes y enfadados. No me canso de decir que las emociones son emociones y que todas tienen una función importante y traen información. No cabe duda que de las crisis hay crecimiento y transformación, que sólo es posible ver con el tiempo pero para ello hay que vivirlo, transitarlo, darte el permiso.

Todo es válido, porque la maternidad no empieza con un bebé sano en brazos, la maternidad empieza desde que nace el deseo de convertirte en madre, desde que ves esa prueba con dos rayas, desde que te SIENTES madre y eso en cada mujer es diferente e igual de válido. 

Acompañar un duelo no es fácil pero tampoco se necesitan palabras de ánimo, basta con un abrazo, un mensaje de “aquí estoy”, dar espacio para que esa madre se de permiso de sentir lo que siente, sin juzgar, con respeto. 

Si te acercas a una madre que ha perdido a su bebé, tenga las semanas que tenga, déjala hablar y hazle saber que estás ahí, que puede llorar si lo necesita, abrázala, dile cuánto lo sientes pero no desaparezcas por miedo a no tener las palabras correctas. Los silencios se clavan en lo más profundo del alma. 

Qué diferente sería que nos dijeran que no todos los bebés llegan para nacer, que no todos los embarazos se dan tan fácil, que no todas las pérdidas pasan en el primer trimestre, que la vida te puede quitar el aire sin preguntar, y no es que el dolor sea menor sino que dejaría de haber tanto silencio, tanto tabú. Las pérdidas gestacionales también son parte de nuestra sexualidad, de nuestra maternidad, de nosotras.

La idea de no decir nada hasta los 3 meses forma parte de este silencio, de estos duelos que no se ven, que se les da la espalda. Creemos que si se pierde en los primeros tres meses la pareja sin decir nada tiene que de un momento a otro hacer su vida normal como si nada hubiera pasado. Dejemos de callar nuestros embarazos, hablemos de nuestras pérdidas para que ninguna mujer se sienta sola, para que la sociedad pueda acogerla de otra manera, para darle espacio al dolor de perder a un hijo sea la edad gestacional que sea con la intensidad que sea.

Un duelo gestacional trae consigo muchos otros duelos que muchas veces no se nos permite ni siquiera expresar. 

Esta es mi experiencia, me sentí acompañada pero también me sentí muy sola porque ningún médico más que mi padre que es cirujano quiso acompañarme en este proceso, porque tuve que buscar yo, información como si estuviera haciendo algo malo.

Ahora que ha pasado todo el proceso físico empiezo a sentir muchas otras cosas; el duelo comienza cuando te dan la noticia pero paraliza cuando necesitas retomar tu vida y no sabes ni por dónde empezar, sé que ahora la siento como una herida abierta y profunda y sé que poco a poco esta herida se irá cerrando y quedará una cicatriz que me acompañará de por vida y en ciertos momentos se hará notar más que en otros. Hoy soy una mujer que necesita reconstruirse, volver a confiar, vivir. 

Date el permiso de sentir lo que necesites sentir, eso es lo que realmente nos ayuda a sanar poco a poco. 

Si la vida, como a mí, te ha llevado por este camino: te abrazo. Te abrazo fuerte y si puedo ayudarte aquí estaré siempre.

Este escrito es para todas las madres y familias que pasan por esta situación, que ahora no tienen a sus bebés en sus brazos pero iluminarán por siempre sus vidas.

 

Gracias por leerme sin juzgar.