836. Parto traumático en San Juan de Dios (Espluges-Barcelona)

Sobre: 
Parir en tiempos Covid-19
Cesárea
Categoría: 
Parto
Lugar de parto: 
San Juan de Dios (Espluges-Barcelona)
Lugar: 
Espluges-Barcelona
Año: 
2020

Parto traumático en San Juan de Dios (Espluges-Barcelona)

Esa noche del 4 de Octubre de 2020, luego de cenar mirando un capítulo de los Simpson me di una ducha larga y caliente. Me recosté en la cama y justo antes de dormir sentí una presión. Me di vuelta y apenas parándome de la cama para ver qué era sentí una catarata de líquido calentito que me corría por entre las piernas. Lucas (mi pareja) ya dormía y no escuchaba que lo estaba llamando, tuve que estirarme para despertarlo al otro lado de la cama.  La sensación fue de sorpresa al principio y luego de susto, fue muy impactante la sensación de la cantidad de líquido que corría y que no cesaba. Intenté darme una ducha pero continuaba chorreando aguas. Al ver que no paraba me asuste aún más y llame a mis padres para tranquilizarme un poco, ¡¡cuánta falta me hicieron en ese momento!! Luego también llamé a mi psicólogo de Argentina quien me alentó a dejar las preocupaciones atrás y dejarme llevar, que mi cuerpo sabría cómo parir y que por fin conocería a mi hijo. 

Mientras la perra lamía mis aguas del piso, Lucas me pasaba ropa para que me vista porque era tal mi estado de shock que no sabía ni qué prenda elegir. Llamamos al hospital para preguntar si era momento de ir y una voz muy cálida me atendió del otro lado, me tranquilizó y me dijo que sin prisa me esperaban, que era una noche muy tranquila en el hospital. Lucas llamó un taxi que nos buscó por la puerta de casa. Llegamos a eso de la 1AM al Hospital San Juan de Dios en Esplugues de Llobregat. Antes de entrar me llamo mi amiga desde Australia para dejarme buenos deseos. 

Al ingresar, me recibió la matrona de turno, que me hizo un tacto y me puso las correas para monitorear al bebé. Aun yo seguía asustada y en estado de alerta. Sabía que seguiría en ese estado hasta el nacimiento de Pedro, pero al mismo tiempo me daba nervios pensar que si no me calmaba, era peor. Como aún no estaba dilatada, me ingresaron a mi habitación donde me recomendaron dormir. Claramente dormí muy poco debido a los nervios. Nuevamente llamé a mis padres quienes me alentaron a la distancia.

A la mañana siguiente, Lucas volvió a Barcelona para dejar la perra con una cuidadora y entregarle las llaves de casa a una amiga. Me sentí algo sola en ese momento pero era tal la emoción y los nervios que no tuve momento como para ponerme del todo mal. Algo en mí se había accionado para preparar mi cuerpo, poco a poco sentí una transformación muy intensa a nivel psíquico, ya nada sería igual. De todas formas lloré mucho y pedí a la enfermera si me alcanzaba alguna crema para aliviar mis labios de la boca, paspados por las lágrimas.

Sin pensarlo pasaron las horas como segundos y a las 12 del mediodía me bajaron a ver a la próxima matrona de turno, Mariona. Me hizo otro tacto y aun nada. Me explicó que por protocolo en el Hospital a las 12 horas de romper bolsa ellos inducían los partos, que por su experiencia lo mejor era poner un tampax con prostaglandinas que me borrarían el cuello uterino y descaderarían el parto. Habiéndome informado previamente, y con mis conocimientos en biología (soy bióloga), le discutí que era posible esperar 12 horas más, para ver si el proceso se iniciaba naturalmente. Me lo negó por un tema protocolar de ellos. Recuerdo su sonrisa, su semblante de persona “tierna” pero que no escuchó ni respetó mi deseo. Me hacía acordar a la sonrisa del payaso de IT, sonreía sí, pero esa mirada me generaba pánico. Llorando lo miro a Lucas a ver que pensaba, y él opto por seguir la línea de ella, “los médicos saben porque estudian”. Sabía que ya no había forma de convencerlos, que terminarían haciéndome lo que ellos (los médicos quisieran). Y en ese momento, solté la toalla… me estresé aun más y me angustió terriblemente no poder decidir sobre mi parto. Una sensación de impotencia y de sentirme desprotegida se apoderó de mí. Llorando, escuché como Mariona me explicaba que si las contracciones y la dilatación se desencadenaban muy rápidamente había posibilidad de quitar el tampax, y que tendría sobrado tiempo de comer y ducharme. La realidad es que a los 15 minutos, aun sin haber vuelto a mi habitación pasé de no sentir dolor, a tener contracciones super fuertes con intervalos de minuto y medio y de 1 minuto de duración. Así, como pude, empecé con tristeza pero con fuerza a atravesar las contracciones. Con cumbia de fondo, sonando Gilda y El Potro bailaba mirando el paisaje por la ventana. También puse mi mantra budista y una meditación de Yoga Nidra para el parto. Hablando por whatapp con amigos y familia me sentí muy alentada. 

Pasadas las dos- tres horas recuerdo haber llegado a un pico de dolor tan intenso que pedí me sacaran la medicación, la verdad el dolor ya era insostenible. Subió Mariona pero ya con cara de que no me lo sacaría. Me hizo un tacto y no había dilatado ni un centímetro!! Me desalenté mucho y me rendi aún más porque primero me había dicho que me lo podrían sacar y ahora no. Hasta pensé en quitarlo yo misma. Desalentada, me apoye en Lucas. Tomamos juntos una ducha caliente y descubrí que el chorro de agua caliente en la panza era lo único que me quitaba el dolor. Luego continué con la ducha sola, sentada en la pelota de Pilates. Por teléfono me alentaba y daba fuerzas Eugenia, mi asesora de lactancia. 

A eso de las 7 pm (pasadas 5 horas) me bajaron en silla de ruedas a sala de partos. Por suerte me recibió otra matrona, un ángel para mí. Me hizo parar y caminar. Me dio un nuevo aliento. Llorando me consoló diciéndome que por más de que extrañaba a mi familia en Argentina, aquí tenía mi nueva familia. Que yo podía y todo iría bien. Me extrajo el tampax y me hizo otro tacto, aun 1,5 de dilatación y el cuello aun le faltaba borrar. El dolor intenso se fue pero yo ya necesitaba la epidural. Me dijeron que el anestesista estaba ocupado operando. Me volvi a desesperar del dolor pero aguanté! No me quedaba otra opción que aguantar. El turno de esta majísima matrona terminó y llegó Soraya. Recuerdo su semblante, muy seria y distante, fría: y pensé otra figurita repetida más, de aquellas que hacen su tarea y ya. A eso de las 20:30 me inyectaron la epidural. Fue un momento complicado porque no podía moverme en caso de una contracción…cómo se hace para soportar el dolor más fuerte del mundo, sin poder moverse? Rápidamente hizo efecto y sentí alivio. Llamé a mi madre y estuvimos hablando por un largo rato, me tranquilicé y fue un respiro, mi cuerpo lo necesitaba. Recuerdo esa sala “de partos”, en verdad un salón pre-quirúrgico, oscuro lleno de máquinas y con luces para operar. En un momento sonó un fuerte PIIII de la habitación contigua, de esos sonidos cuando alguien muere…  ¿Cómo puede ser que un nacimiento y una muerte están en habitaciones contiguas? Sentí miedo, ansiedad, cansancio. Las horas pasaban y Soraya entraba, me miraba y se iba…esperando a dilatar. Hubo un momento en el que ya estaba dilatada del todo pero había q esperar a que el bebé baje. No entendía como bajaría si yo estaba acostada, sin poder moverme, ni pararme, ni caminar??. Me giró a un lado a ver si eso ayudaba. Nada. 

De fondo se escuchaban los latidos del bebé porque me conectaron con monitores. Ese ruido constante de fondo me ponía nerviosa. Los minutos seguían pasando y la cosa no avanzaba. Si recuerdo que cada 2 horas se me iba el efecto del calmante. Picábamos el timbre, y hasta que Soraya venia para inyectarme más droga pasaba otra media hora. Dijo que ella no veía la luz del llamado desde donde estaba sentada. Esa media hora era fatal para mi, y para mi cuerpo. Afuera se escuchaban otros enfermeros y personal, tomando café y riéndose. Yo adentro partiéndome del dolor y del miedo. Vino un ginecólogo a trabajar junto con Soraya quienes me iban indicando cuando pujar. En cada pujo metia sus dos manos para girar al bebe. Recuerdo aun esa sensación de manos ingresando por mi vagina, un horror.

Recuerdo sentir mucho calor y malestar corporal, muchísimo. Mi novio estaba con campera de plumas, y yo muerta de calor. Me había afiebrado.  Tanto tacto, tantas manos, se me inflamó la vagina. Nadie me dijo que tenía fiebre. Pedí a Lucas que ponga el himno argentino. No sé si fue un delirio de la fiebre o qué, pero ese sonido me hacía conectarme con mis raíces y me aliviaba. 

A eso de las 5 am vino “de urgencia” otro ginecólogo. El parto claramente no avanzaba, y las caras de los médicos al mirarme eran fatales. En catalán suspiraban en secreto cosas, sin decirme que pasaba o tranquilizarme. No me alentaban para pujar ni me decían como venía haciéndolo. Sola, sola, solísima. Lucas quería darme la mano pero con la fiebre, el calor de él me daba más calor entonces le pedí que me la quite. Se enojaba por eso. Gritando ahí empezó mi pico de dolor, porque sentí un fuego en las piernas, como si me estuviese quedando paralítica. Tanta epidural me empezó a generar sensaciones de reflejo en las piernas. Pregunté a Soraya qué era, qué me pasaba?? y con muy mala gana me decía, es que es un reflejo de la epidural que vine con cada contracción. Al ingresar el otro gine me dice: Vamos a evaluar si lo quitamos con palas o practicamos una cesárea de emergencia. Yo pensé: Con palas!! Madre mía que horrorosa manera de describir el procedimiento. 

Los latidos del bebé y sus movimientos empezaron a bajar, y decidieron llevarme a la sala de operaciones. Llorando del dolor ya no aguantaba más y me sentí  una vaca, un pedazo de carne, tratada como un envase contenedor de un bebé. 

Previo a que me duerman (ni siquiera me avisaron me dormirían entera), Soraya miró a mis ojos y no emitió palabra; yo también la miré: y eso fue suficiente para decirnos todo. Me dormí y la experiencia tampoco fue buena. Sentí que moría, que me elevaba y la figura de mis padres me vino a la cabeza. Me repetía a mí misma, tengo que seguir viva, quiero volver a Argentina y que conozcan al bebé. Necesitaba buscar razones mentales para no morir. Empecé a ver mi vida como en un comic, desde pequeña hasta ahora, haciendo todo un recorrido. Como si este cuento se acabara.

De a poco empiezo a escuchar voces a mi alrededor, vuelvo a mi estado consciente y tengo sensaciones de que los médicos me cosen la barriga. Pienso, madre mía me estoy despertando! balbuceo unas palabras como puedo, para avisarles que  me estoy despertando…me vuelven a dormir.

La próxima sensación es de despertarme, desnuda sobre una camilla, frío y voces de mujeres a mi alrededor… una dice: venga, que él es el camillero…que se la lleve él, a modo de chiste. Me “pasan” con un hombre de acento uruguayo…Camilo. Me dice que en la mano tengo un regulador de morfina, que si siento dolor lo puedo ir subiendo. De fondo escucho que vine otra enfermera algo enojada y lo reprende, diciéndole que no se fijó en mi historial médico y que a mí ya me habían colocado otra dosis de morfina (a mí nadie me dice nada, yo logro registrar todo esto porque aun con mis ojos cerrados, parezco dormida pero no lo estoy. Estaba más atenta que nunca).

Un vez logro abrir mis ojos, otra enfermera me trae a mi bebé envuelto en una manta blanca. Lo recuerdo todo suavecito, calentito. Yo acostada me lo engancha al pecho y empieza a succionar. Tenía hambre, pues muchas horas pasaron desde su nacimiento hasta que me lo traen. Llorando le cuento todo mi relato a esta enfermera de acento ruso. Me escucha y me contiene.

Luego, una vez en la planta el trato de las enfermeras es muy bueno. Me preparan comida vegetariana, me siento mimada.

Antes de irnos y que nos den el alta hacemos un descargo de la experiencia a una señora del hospital, no recuerdo el puesto que ocupa. Termina admitiéndome que un parto de 29 horas no es normal, ella también embarazada me mira y llora.

A los tres días volvemos a casa. Lucas saca a la perra un momento. Me siento en el sillón a amamantar a Pedro y lloro largo y tendido. 

Definitivamente no fue el parto que soñé, ni me sentí protagonista ni cuidada. Los médicos hicieron su tarea, siguiendo al pie de la letra sus protocolos. Pero esta experiencia jamás la olvidaré. Ninguna mujer ni ningún bebé debieran nacer en este contexto. Definitivamente un ejemplo de parto traumático y donde sufrí violencia obstétrica.