204. Historia de mi PVDC - Sira

Sobre: 
PV después de Cesárea (PVDC)
Categoría: 
Parto
Nombre padres: 
Sira
Israel
Nombre bebé: 
Dune
Lugar de parto: 
Hospital Acuario
Lugar: 
Beniarbeig
Año: 
2011

 

Historia de mi PVDC
 
Para contar el parto de Dune, tengo que comenzar hablando de mi primer embarazo y
parto, el de mi hija Aina:parto, el de mi hija Aina:
 
Estando de 22 semanas me presenté a una oposición que me provocó un estrés
excesivo. La mañana que hablaba ante el tribunal, me desperté con contracciones
dolorosas, fui al baño y vi que había manchado. Intenté convencerme a mí misma de
que aquello era fruto de una gastroenteritis, me tranquilicé como pude negando la
evidencia y me presenté a la dichosa “encerrona”.
 
El susto quedó ahí, no sé muy bien cómo, supongo que el relajarme después
de la oposición o el hidratarme adecuadamente ayudó a que desaparecieron las
contracciones y procuré a partir de entonces llevar una vida tranquila. Pero unas
semanas después, en la 27, tuve ciertas molestias y mi familia me convenció para
acercarnos a urgencias del hospital más cercano. No sentía contracciones, quizá fuera
un dolor provocado por gases o vete tú a saber, pero siendo primeriza y con lo mal
que lo había pasado el día de la oposición, decidí que era lo mejor. Me equivoqué,
porque el paso por el hospital marcó el resto del embarazo.
 
Me reconocieron con un tacto que les mostró que había borrado parcialmente el cuello
uterino. Siempre he pensado que se borró el día de la oposición, no después. Pero
con ese panorama me dijeron que lo mejor era ponerme un monitor, rematando el
reconocimiento con “no te preocupes, que la bebé está viva”. Hasta ese momento
estaba segura de que así era, pero esa frase me hizo dudarlo.
 
El monitor les mostró que tenía contracciones. ¡Claro! Las tenía desde la semana
20, pero no eran dolorosas, aunque interpretaron que era la razón por la que estaba
comenzando un parto prematuro.
 
Me ingresaron cuando ya no sentía ningún dolor, pero sí una inseguridad y
preocupación con las que no había entrado al hospital.
 
Durante diez días entré en el protocolo de medicación con Atosibán para frenar
la actividad uterina, maduración pulmonar y tactos diarios, que no frenaban las
contracciones (no había por qué) pero sí minaban mi confianza. Al ver que la cosa
no pasaba de ahí, me dieron el alta con otro repertorio de bonitos comentarios del
tipo “bueno, vete a casa, porque total, dentro de dos días tendrás que volver” y con la
prescripción de reposo total hasta la semana 37.
 
Esos “dos días” no llegaron nunca porque Aina nació en la semana 41, pero mi
seguridad en mí misma no volvió y el reposo consiguió que engordara en total 28kg y
que mi hija decidiera quedarse en posterior.
 
Esa postura y sus 4,500kg de peso, sumados a que era mi primer parto, fueron
las razones que me dieron para que no fuera posible el parto vaginal. Después de
dos horas en dilatación completa, intentando que coronase, comenzó a salir líquido
meconial y notaron en el monitor que podía estar sufriendo y acabó en cesárea.
 
Afortunadamente en el hospital donde nació mi hija permitían que la pareja estuviera
a tu lado y pude salir del quirófano con la niña en brazos. Pero eso no hizo que me
librara de la frustración por no haber parido ni del posparto (físico y emocional) de una
cesárea.
 
Cuando me quedé embarazada por segunda vez decidí que sería todo muy diferente.
Ya sabía lo que era una contracción de parto y no pensaba alarmarme sin motivo, ni
vivir mi embarazo como una enferma.
 
Además era muy optimista respecto al parto, releí “Nacer por cesárea” y me actualicé
leyendo webs y blogs sobre embarazo y parto (El Parto Es Nuestro e Inma Marcos) y
de lactancia y crianza (SINA).
 
Cuando llegué a las 22-23 semanas comencé a notar contracciones y al llegar a la
27 flaqueé e intenté escuchar mi cuerpo con atención y estar alerta ante el mínimo
dolor. Efectivamente, las contracciones se repetían a lo largo del día y algunas
eran molestas, pero nada más. Comprobé que lo que había vivido con Aina podía
habérmelo ahorrado con paciencia, tranquilidad y seguridad en mí misma.
 
Llegaron las vacaciones (soy profesora) y aunque por un lado disfruté de tiempo para
descansar, relajarme y pasarlo con mi hija, por otro, también lo tuve para darle vueltas
a la posibilidad de repetir cesárea.
 
Llegué a la semana 36 con más dudas de las que habría deseado y mi confianza
empezó a flojear, así que me puse manos a la obra y comencé a dejarme mensajes
positivos por la casa.
 
Mi hermana me habló del bloqueo de chacras (yo no tenía ni idea de todo eso), me
regaló una cornalina para favorecer el parto y hablamos de cómo visualizar mi deseo
de un parto normal y potenciar mi lado femenino. Fueron preciosos descubrimientos.
Además, me hice un dibujo del segundo chacra, el de la sexualidad, que presidía mi
salón: cada vez que me sentaba en el sofá lo tenía delante, lo miraba e intentaba
visualizar mi parto.
 
En una de las últimas ecografías vimos que mi bebé, Dune, no se colocaba bien,
estaba boca abajo pero lateral. Mi ginecólogo me dijo que se giraría en el parto y que
aunque girase en posterior era posible el parto vaginal, quizá con ventosa. Empecé
a sentir pánico porque según me habían dicho, la postura de mi primera hija había
sido una de las razones por las que el parto había terminado en cesárea. Volvió el
fantasma.
 
Comencé a buscar por Internet vídeos o relatos de partos en posterior. Necesitaba
ver con mis propios ojos que era posible. Desde El Parto es Nuestro me enviaron una
foto maravillosa de un bebé saliendo de cara y todos los días la abría y miraba un
ratito. También encontré algunas historias de parto que no me cansaba de leer. Me
asombraba la seguridad que transmitían esas mujeres en sus relatos, yo era un mar
de dudas e inseguridad.
 
Me apunté a todas las terapias alternativas que leí que podían ayudar. Una
compañera de Criant, mi grupo de lactancia, me ayudó con acupuntura para intentar
modificar la postura y me realizó una relajante terapia metamórfica para que mi
cuerpo recordase su capacidad de parir y mi bebé, la suya de encontrar el camino. No
sabía si serviría de algo, pero necesitaba intentarlo y pasar un rato con Belén, con su
carácter suave pero decidido, me ayudaba a pensar que todo era posible.
 
Todos los días nadaba, andaba y realizaba ejercicios para abrir la pelvis y favorecer
los movimientos del bebé, con la posición del gato y del mahometano, sobretodo si
notaba alguna contracción. Creo que no he hecho tanto ejercicio en mi vida. No creo
que haga falta realmente algo así, supongo que lo mejor en realidad es hacer lo que
el cuerpo te pida, ni más ni menos, pero entonces necesitaba pensar que estaba
haciendo todo lo que podía por mi hija.
 
Tenía muchas dudas sobre lo que pasaría en el parto, me levantaba desanimada y un
poco triste. Me sentía impotente e insegura y me culpaba por pasar los últimos días de
embarazo sin alegría. Luego, según pasaba el día, con el ejercicio, largas sesiones de
lágrimas que me desahogaban y la relajación, iba remontando y recibía la noche con
la esperanza de que Dune la eligiera para conocernos. Tenía muchas contracciones
molestas de madrugada y me acariciaba la tripa intentando que mi hija me escuchara.
 
Llegó la FPP y en la visita al hospital, el ginecólogo me dijo que estaba dilatada de
2cm, aunque la ecografía confirmó que Dune continuaba en cefálica lateral.
 
Entonces y no sé muy bien cómo, descubrí una nueva manera de aceptar la situación:
Intenté cambiar la percepción del asunto y comencé a pensar que había elegido estar
en esa postura por alguna razón. Continué con mis ejercicios y tomé flores de Bach
para favorecer la paciencia y la confianza en mí misma y alejar los nervios y miedos,
aunque empecé a pensar seriamente que no cambiaría de postura, al menos hasta el
parto. Ese cambio de actitud, en contra de lo que había pensado, consiguió liberarme
y acepté que mi hija estaba cómoda en mi seno. Dejé de luchar para solo esperar y
llenarme de amor para después colmar a mi hija. Creo que eso fue lo mejor que pude
hacer por las dos.
 
El 28 de Agosto, de 41+2 semanas, Israel y yo decidimos pasar un día relajado, sin
visitas ni estrés. Pasamos la mañana dominguera comprando el periódico, yendo a
por el pan, al parque con Aina… y la tarde todavía mejor: un gran paseo de casi dos
horas por el campo, comiendo almendras que cogíamos de los árboles del camino
y una deliciosa cena muy potente en un restaurante, rematada con un postre de mil
chocolates. Fue un día estupendo.
 
De madrugada empecé a notar las contracciones de siempre, solo molestas y me
desperté un par de veces con un dolorcillo algo mayor, como un retortijón. La segunda
vez que lo noté me levanté para ir al baño y al incorporarme noté un líquido caliente
que mojaba las sábanas. Eran las 5’30 de la madrugada. Me levanté de la cama
corriendo y desperté a Israel “cariño, he roto aguas”. Le pedí que trajera el barreño
para ver si eran limpias. Eso parecía, aunque me puse una compresa y corrí al water,
porque el retortijón volvió y necesitaba ir al baño con urgencia.
 
Noté una punzada de nervios: en el parto de Aina tuve la misma sensación justo antes
del expulsivo, así que igual esto iba muy rápido. Llamamos corriendo a mis padres
para que recogieran y llevaran a Aina en su coche hasta el hospital para que pudiera
estar presente; así yo podría pasar las contracciones en la parte trasera de nuestro
flagrante Ford Fiesta.
 
Mientras llegaban me coloqué el vestido más cómodo y fresco que encontré en el
armario y revisé la compresa para comprobar que el agua no tenía meconio. Llamé al
hospital para avisar de que íbamos para allá e intenté sentarme en la cama pero salía
con más intensidad el líquido y no me encontraba cómoda.
 
Empecé a controlar las contracciones apoyada en la encimera del baño, dejando sitio
a mi hija para colocarse bien, y moviendo las caderas para abrirle camino. Venían
cada tres minutos y ya un poco dolorosas aunque soportables. Sentí una breve
sensación de pánico: estábamos a más de una hora de allí…
 
Por fin llegaron mis padres y marchamos al coche. Israel extendió un par de toallas
en el asiento trasero, me coloqué en él a cuatro patas con el pie izquierdo sobre el
suelo y los antebrazos sobre la sillita de Aina. Así iba pasando las contracciones, con
respiración abdominal e intentando relajarme imaginándome a Dune en su camino.
 
Empecé a entrar de lleno en lo que había leído como planeta Parto, porque me costó
muchísimo escribir únicamente “estoy de parto” en el móvil para enviarle un sms a mi
hermana. Me había dicho que encendería una vela e intentaría concentrar su energía
 
para ayudarme a conseguir un parto normal. Al rato escuché que me había contestado
pero ya no fui capaz de abrir el teléfono y ver su respuesta.
 
Tenía contracciones cada minuto (según me contó luego Israel, yo ya no podía
controlar nada) y descargaba la tensión y el dolor con un “ah” prolongado. Notaba las
toallas empapadas y empezaba a ser bastante duro, aunque sabía que aún no había
llegado al límite de lo que podía soportar.
 
Cuando aún nos quedaba una media hora para llegar, noté ganas de empujar. De
nuevo la punzada de pánico. El dolor se hizo constante pero se redujo en intensidad,
que aumentaba cuando llegaban las ganas de empujar, aunque nunca alcanzaba
los picos de dolor de las contracciones de transición. Aunque mi mente se resistía,
mi cuerpo no hacía más que abrirse y empujar, siguiendo un impulso muy primario y
sensual.
 
Por fin llegamos. Eran las 7’15h. Salí del coche como pude porque me costaba andar,
ya debía estar muy baja. Entre el aparcamiento y el paritorio tuve dos contracciones
muy fuertes y pude darme cuenta de que se localizaban ya en la vagina no en la tripa,
como hasta entonces. En realidad, ya no parecían contracciones porque no notaba
nada en el útero, sino sólo mucha presión en las caderas y el pubis, ganas de empujar
y un gran cosquilleo en las piernas, que me temblaban. Pensé que me caería así que
me apoyaba en Israel y el chico que nos había abierto la puerta.
 
En el paritorio fui directa a la cama, me coloqué a cuatro patas de nuevo apoyada
abrazando el inmenso cojín cuadrado. No podía siquiera pensar en colocarme de otra
manera. Así fue como María, la matrona, me exploró: dilatación completa, “va bajando
poquito a poco”.
 
A la media hora, más o menos, llegó el ginecólogo, aunque me di cuenta después, así
fue de silencioso y discreto. Me animó a que concentrara la energía del pujo hacia el
lugar donde notaba más presión, eso consiguió que cada empujón fuera más efectivo.
 
Viendo que bajaba muy lentamente me sugirió también que me sentara en la silla
de partos y que me tocara. “Mi niña”, sollocé. Fue alucinante, noté el pelito de su
cabeza. Estaba tan agotada, pensaba que no podría conseguirlo, pero notarla tan
cerca me hizo cambiar la actitud y pujar con todas mis fuerzas. Ahí fue cuando coronó
y noté el famoso aro de fuego que tanto había envidiado de otros relatos y un escozor
tremendo. ¡Qué alegría!
 
El ginecólogo me dijo que si quería preservar el periné debía volver a la posición
anterior y así lo hice, aunque Dune volvió a subir un poco.
 
Me sentía tan cansada que regresó la punzada de miedo. ¿Y si no puedo? No sale
porque no puedo. Lo dije en voz alta, “no puedo” y el gine me contestó “ah, no? Pues
vete a casa”. En eso llegó otro gran pujo con el que salió la cabeza. ¿De dónde se
sacará esa fuerza tan descomunal? Me puse a llorar: ya estaba aquí.
 
Pensé que el resto era coser y cantar, se suponía que la cabeza era lo más difícil. Se
 
como nunca, pensé que se me saldrían las fundas de los dientes.
 
Pero por fin salió un hombrito. Como tenía el brazo flexionado había costado más y
me desgarré un poquito. Empujé de nuevo y salió el otro hombro y el resto del cuerpo.
Eran las 8’58h, algo más de tres horas desde que rompí aguas.
 
Había pasado muy poco tiempo, pero estaba tan agotada que no sabía cómo
moverme. Aún llevaba puesto el vestido y me lo remangué para que el ginecólogo,
desde atrás y entre las piernas, me diera a mi niña, a la que sostenía. Me ayudaron
a quitarme el vestido y me senté en la cama con Dune en brazos. ¡Lo habíamos
conseguido! Pesó 4,600kg y salió como la mayoría de los bebés, en anterior.
Parece que las posturas que adopté en el parto surtieron efecto y Dune, con toda su
sabiduría, lo hizo muy bien. ¡Qué lección nos dio la Naturaleza!
 
Esperaron a que dejara de latir para que Israel cortara el cordón y poco tiempo
después, no creo que llegara a media hora, tiraron del cordón para que saliera la
placenta. Creo que eso fue de lo poco que no me gustó en el la asistencia a mi parto.
Después Isra salió para buscar a Aina y poderle presentar a su hermana. Mi hija se
extrañó mucho de verme tan agitada “¿qué haces desnuda, mamá?”. Qué amor sentí
hacia ella.
 
Me cosieron un par de puntos superficiales y uno interno que hasta ahora apenas
he notado y por fin Dune y yo nos tumbamos y descansamos durante dos días en la
maternidad. Me hizo falta, porque me bajó escandalosamente la tensión y me quedé
prácticamente sin hierro, que ya me faltaba durante el embarazo y al que no había
prestado atención, pero conseguí evitar la transfusión.
 
Ahora, siete días después, nos vamos adaptando a nuestra nueva familia con la
infinita alegría de los dos regalos que me llevé: mi hija y mi parto. Israel plantó la
placenta hace tres días bajo un chopo que me regaló en mi cumpleaños y Aina parece
que va aceptando todos los cambios con tranquilidad, ayudada por ese carácter tan
especial que tiene.
 
Me cuesta imaginar que la vida puede ser mejor que en este momento y sólo
puedo sentir gratitud hacia los que han estado conmigo en este viaje hacia mi parte
mamífera, en especial al personal que me asistió en el parto, que nunca puso en duda
mi capacidad y me ayudó a recibir a mis hijas de una manera maravillosa.
 
Agradezco mi felicidad a mi familia, sobretodo a Israel, por apoyarme pacientemente,
entenderme y estar de mi lado; a Aina, por hacerme mejor persona y cambiar mi vida;
a mis padres, por darme la vida y a Beatriz, que me acercó a Casilda Rodrigáñez, me
envió toda su energía y con quien estuve en estrecho contacto durante mi parto, a
pesar de estar a varios cientos de kilómetros.
 
Quiero compartir esa felicidad con mis amigas las Reinas Rojas, por sus buenos
deseos; con Belén y todas las chicas de Criant, por sus terapias y experiencias de las
que tanto he aprendido; y con todas las mujeres cuyos partos he leído o visto: toda
una inspiración.