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Esta es la historia de cómo mis hijos llegaron al mundo y de lo que yo aprendí por el camino.

Mi primer hijo, la mejor sorpresa de mi vida

Mi hijo mayor, J., es un niño muy independiente, tanto que vino cuando quiso, sin que nosotros fuésemos a buscarlo. El embarazo fue la mayor sorpresa que mi marido y yo nos hemos llevado hasta la fecha.

Siempre había confiado en mi cuerpo y sus procesos, así que tenía claro que quería un parto con la mínima intervención posible y busqué un hospital que respetase mis deseos; encontramos uno del que hablaban bien y cuyo protocolo tenía bastante buena pinta y decidimos que J. nacería allí.

Después de un embarazo fantástico, rompí aguas en la 39+3. Eran claras, así que me quedé en casa, fui a pasear, me emocioné, me arreglé y me dediqué a pensar que en pocas horas conocería a mi bebé... ¡Iba a ser madre! Estaba tan contenta... Esa misma noche empecé con contracciones llevaderas y a la mañana siguiente fui al hospital.

Para no extenderme demasiado, resumo: la ginecóloga fue una borde de cuidado y me echó una bronca tremenda por no haber ido antes al hospital, me prescribió antibióticos por vía intravenosa y se marchó. Ingresé y me colocaron el monitor, me pincharon los antibióticos y me dejaron allí, en la cama, esperando a no sé aún muy bien qué. El resultado fue que mi hijo nació por cesárea después de veinte horas de inmovilización, con oxitocina en cantidades cada vez mayores, malas maneras por parte de quienes se supone que estaban allí para atenderme y sensación de abandono por la nuestra. Desproporción fetopélvica, escribieron en el informe. Después supe que mi cirugía era la cuarta de la guardia de esa ginecóloga.

Lloré nuestra cesárea durante muchos meses, pero conseguimos salvar la lactancia y eso nos ayudó a los tres a ir limpiando poco a poco la herida. Cuando J. cumplió un año empecé a sentir que quería ser madre de nuevo y que esta vez quería parir. Él tenía dieciocho meses cuando el test dio positivo y fue el primero a quien le conté que mamá tenía un bebé en la barriga, un hermanito chiquitín al que no veríamos hasta dentro de unos meses.

Segundo embarazo, nuestra odisea

Informados, ayudados y respaldados por las mujeres más fuertes y luchadoras del mundo (tengo que dar las gracias a mis chicas de Apoyo Cesáreas y El Parto es Nuestro por sus ánimos, sin ellas no habría podido), mi marido y yo decidimos que nuestro segundo hijo nacería en casa. Ya que J. no había podido disfrutar de un nacimiento sereno y respetado, al menos su experiencia nos serviría para dar a su hermano una bienvenida mucho más tranquila y digna.

Todo iba estupendamente, ya teníamos comadrona y sentí que podía relajarme y dedicarme a disfrutar del embarazo cuando, a las catorce semanas, noté que perdía líquido. En el hospital me diagnosticaron una fisura en la bolsa de líquido amniótico y me dejaron ingresada con reposo y antibióticos por vía intravenosa. Nos dieron muy pocas esperanzas: sospechaban de corioamnionitis y pensaban que el bebé moriría en cuanto me retirasen los antibióticos; llegaron a decirnos que mi vida también corría peligro, pero terminamos el tratamiento y nadie murió, así que en cuanto todos los indicadores estuvieron normalizados pedimos el alta voluntaria y me marché a casa para continuar allí con el reposo.

Pensaréis que, con esta historia por medio, fue un embarazo con mucha tensión, pero no. Ibone me dio la clave cuando me preguntó “¿a ti te gusta estar embarazada?”... ¡Claro que me gustaba! ¡Me encantaba! ¡Es la sensación más increíble del mundo! Entonces fue cuando decidí que iba a disfrutar cada día que pasásemos juntos, sin preocuparme de qué pasaría después.

Nacimiento de U.

A despecho de todos los que nos vaticinaban cataclismos cósmicos, U. y yo llegamos a la semana 40 y él no parecía tener prisa por salir. Desde días antes de salir de cuentas, notaba contracciones cada noche, pero se detenían a las pocas horas. Por lo demás, me encontraba genial, con muchas ganas de parir, pero por vivir la experiencia, no por que me sintiese cansada del embarazo. J. estaba muy mimoso esos días y no se me despegaba un instante, quizá presentía que eran nuestros últimos días a solas e intentaba apurar esos momentos.

Finalmente, estando de 40+6 según mis cuentas, rompí aguas. Estábamos cenando en un restaurante y cogí a J. en brazos; cuando volví a dejarle en la silla, noté aquella sensación inconfundible y fui al baño para confirmarlo... En aquel momento, mi confianza en mí misma se fue al garete: empezábamos igual que la vez anterior, con bolsa rota. Me sentía como si tuviese una espada de Damocles con cronómetro incorporado pendiendo sobre mi cabeza. Pedí a mi marido que nos fuésemos a casa y por el camino llamé a Anabel, nuestra comadrona, cuya serenidad en aquella circunstancia nunca agradeceré suficientemente: si las aguas eran claras, me dijo, no tenía que preocuparme de nada; podía hacer mi vida, comer, descansar, lo que quisiera. Pronto empezaría con contracciones y ella, en cualquier caso, pasaría a verme por la mañana.

Pero yo no tuve contracciones, ni una durante la noche, y el miedo empezó a comerme por dentro. Por la mañana, aunque intentaba disimular, estaba de bastante mal humor, porque me temía que iba a tener que ir al hospital y eso me daba muy mala espina. Menos mal que Anabel sabía cómo tranquilizarme: me palpó la barriga y me dijo “vas a parir por la vagina, U. ya está bajando”. Quedó en vernos de nuevo sobre las diez de la noche y me dio un aceite de masaje para la barriga por si me apetecía utilizarlo.

Más tranquila, comí y me eché a dormir. Tuve un pensamiento para mis niñas de Apoyo Cesáreas y me dispuse a disfrutar de mi última siesta como madre de hijo único. A las seis de la tarde me despertaron las contracciones, incomodísimas de pasar estando tumbada. ¡Qué alegría! ¡Tenía contracciones! ¡Iba a parir!

Mandé a mi marido y a J. a comprar unas últimas cosas porque necesitaba estar sola, puse música y me metí en la ducha. Estaba entusiasmada, tenía ganas de bailar y sonreía todo el tiempo. Por la cabeza me cruzó un pensamiento pragmático y algo pesimista a la vez: “en el peor de los casos, ya sabes cómo es una cesárea, así que no te coge de nuevas... Y sea como sea, en unas horas tendrás a tu bebé, así que para alante”.

Como aún conseguía pasar las contracciones sentada a caballito en una silla, aproveché para navegar un rato por internet y distraerme. Mis chicos volvieron y para entonces las contracciones empezaban a ser algo más duras. Me arrodillé en el suelo y apoyé la cara y el pecho en el sofá; esto ya era otra cosa. Ahora me encontraba bastante bien diciendo “oooooh” con cada contracción y moviendo la cadera en círculos.

Adriana, nuestra amiga y doula, llegó a eso de las ocho (creo) y para entonces yo ya estaba muy concentrada en mis cosas. Trajo un saquito de semillas que me había cosido para la ocasión y lo calentó en el microondas para ponérmelo. ¡Qué alivio tenerla con nosotros! Creo que ella aún no es consciente de cuánto nos ayudó.

El parto avanzaba y las rodillas me dolían por la postura, así que Adri me sugirió que probásemos la postura que nos había dicho Paca unos días antes: sentada en la pelota y agarrada al fular. Fuimos al distribuidor, el espacio más pequeño de la casa, colgaron el fular de la puerta y apagaron la luz... Y allí nos quedamos los tres, pasando contracciones como olas, mientras J. jugaba en el salón y reclamaba a su padre de tanto en tanto. Aún me maravilla su intuición, porque durante todo el proceso del parto parecía ser consciente de que mamá no estaba en el mejor momento para atenderle y se entretenía por su cuenta, “vigilándonos” de vez en cuando.

Comenzaba a dolerme. Con cada contracción me levantaba, agarrada al fular, y creo que gritaba; no lo recuerdo bien. Entre contracciones me relajaba y me sentía somnolienta, como ida. Entonces llegó María, comadrona, que nos había pedido estar presente en el parto como espectadora. Antes del parto, yo no sabía si en aquel momento me apetecería, pero cuando llegó no me molestó en absoluto, al revés, me pareció estupendo que estuviese allí.

Después llegó Anabel, creo que a eso de las diez y cuarto, y me dijo que cuando yo quisiera me miraba a ver qué tal; preparó todo en el salón y allí me exploró. Qué diferente es que te mire una comadrona pelleja a la que le da todo igual, a que sea una persona implicada a la que le importa su trabajo: eso era un “tacto con tacto”, no me dolió nada, aunque en plena exploración me dio una contracción tremenda y tumbada me resultaba horrible de pasar. No quise preguntar a Anabel de cuánto estaba, porque me habría dado un bajón si me hubiese dicho que de dos o tres centímetros.

Pasamos a nuestro dormitorio. Creo que Adriana estaba conmigo, mi chico iba y venía, dividiéndose entre J. y yo, y Anabel y María fueron a comer algo a la cocina. Adopté la misma postura que en el salón, de rodillas con la cabeza apoyada en la cama, pero Adri y mi marido encontraron la manera de colocarme un cojín bajo las piernas para que me doliesen menos. Seguí allí un rato, gritando con cada contracción como una salvaje (ellos dicen que no grité tanto, pero yo creo que se me oía hasta en Castellón) y maldiciendo con algunas especialmente duras. No queráis saber las tonterías y palabrotas que dije...

De repente, la sensación cambió por completo.

  • Adri, me cago- le dije, muy finamente.
  • ¿Quieres ir al baño?

No sé muy bien cómo conseguí explicarme, tenía ganas de empujar hacia atrás, sentía presión en el ano y empujando notaba alivio... Me costaba encontrar las palabras. Adri debió de entenderme mejor de lo que yo me expresaba, porque fue a contárselo a Anabel. Ella ya me había oído y se había dado cuenta del cambio, porque vino a la habitación y me pidió permiso para explorarme de nuevo. No hizo falta ni que cambiase de postura y ni noté el tacto. Me explicó algo sobre el expulsivo y me dijo que si me apetecía empujar, lo hiciese. Yo, un poco desconfiada de mí misma, pensé “anda ya, expulsivo, estas te lo dicen para que estés tranquila, pero de eso nada todavía”. Luego supe que habían transcurrido unos cuarenta minutos entre ambos tactos y que había pasado de seis a completa en ese intervalo... Vamos, igualito que la primera vez, chutadísima de oxitocina sintética.

Me dolían mucho las rodillas, ese es el detalle del que peor recuerdo guardo. Con cada contracción gritaba tan fuerte como podía y en algunas llamaba a U.: “ven, cariño, que mamá te está esperando, quiero verte”. Parece muy tierno, pero con los berridos que di me imagino que sonaría algo parecido a la niña del exorcista...

No recuerdo cuándo llegó Paca, a la cual Anabel había llamado para que viniese tranquilamente y si se descuida se encuentra con el niño ya nacido... Sé que oí el timbre del portero automático y dije “¡es la policía!”, pensando que algún vecino preocupado habría llamado creyendo que mi marido me estaba dando la del pulpo... Pero no, era Paca, a quien ni vi entrar a la habitación, que venía a ayudarnos. También J. pasaba de vez en cuando para preguntarme “mámá, ¿tás bien?” y cuando yo le decía que sí me daba masajes en la espalda con sus manitas regordetas... ¡Mi chiquito estaba hecho todo un comadroncillo amateur!

Por sugerencia de Anabel, me eché de lado en la cama. Paca me sujetaba la pierna y yo empujaba con cada contracción. Recordé que en esa postura había pasado dos horas cuando nació J. y por un momento me dio muy mal rollo... Pensando en aquello le pregunté a Anabel si podía parar de empujar cuando estaba cansada y me dijo que por supuesto. Ahora os parecerá una chorrada, pero después de un primer parto en el que pasé dos horas de expulsivo pujando en apnea, me parecía maravilloso tener libertad para empujar solo cuando me diesen ganas...

“Tócate, la cabeza ya está ahí”, me dijeron. Extendí la mano y noté algo blandito y húmedo pero creí que eran mis propios labios vaginales, que imaginaba hinchados y tumefactos. “¡Que no, que no, que es la cabeza de U.!”, me dijo mi marido. Pensé “pues tiene que salir sí o sí” y empujé con todas mis ganas, que a esas alturas ya eran muchas... Poco a poco fue saliendo la cabeza de U. y Anabel le pasó una gasita por la nariz y por la boca, que chorreaban líquido. Yo seguía empujando con los ojos cerrados, como los había tenido casi todo el tiempo durante el parto. No sé en qué momento me dio por mirar a Paca (de esto tengo un recuerdo muy difuso) e informarle (por si no se había dado cuenta) de que estaba pariendo, yo solita, a mi hijo... La pobre debió de pensar que ya había perdido los últimos tornillos que me quedaban...

U. sacó su preciosa cabecita con una mano en la mejilla, como si estuviese hablando por teléfono, y fue providencial la presencia de Anabel, que con su experiencia y saber hacer le “colocó”, porque el muy tunante quería sacar primero el hombro que no tocaba. Imagino que en el hospital alguien con menos paciencia me habría hecho una episiotomía, pero U. salió por fin en un último empujón en el que sentí que me iba a partir por la mitad y ¡qué alivio! Recuerdo que pensé “sí, hombre, como que alguien puede querer repetir... Que me esperen sentados para el siguiente parto”. Eso sí, a los cinco minutos, se me había olvidado ese pensamiento, que conste para quien lo lea.

Era medianoche. Me quedé boca arriba y me colocaron encima al pequeño U., tan precioso y perfecto, con su pelito moreno y sus ojos rasgados, y creo que babeé tanto que no había empapadores suficientes para mí en toda la casa. La diligencia de Paca hizo que rápidamente me apareciesen tropecientas mantas encima para que U. y yo no nos enfriásemos y mi niño comenzó a buscarme el pecho al poco rato y se enganchó como un campeón.

Faltaba alumbrar la placenta y yo no me sentía nada cómoda en aquella postura, porque las rodillas me dolían muchísimo. Me daba mucha pereza, no me apetecía nada seguir empujando, pero en cierto momento no sé de dónde saqué las fuerzas o las ganas y ¡plof!, la placenta salió de una vez, bilobulada e íntegra.

No necesité puntos; tuve un pequeño desgarro interno que no requirió sutura ni sangró. U. tuvo un apgar de 10-10. Me relajé por completo, ¡había parido! Y mi hijo estaba bien, sano y tranquilo, ¡qué diferencia con respecto al nacimiento de mi pequeño J.! En total, seis horas desde las contracciones que me despertaron por la tarde hasta ver la cara de nuestro bebé.

J., que había aparecido por el dormitorio justo para ver salir a su hermanito, le examinó atentamente y nos notificó con una mezcla de asombro y orgullo, que el bebé tenía pelo, orejas, ojos, nariz y boca, pero que no tenía brazos... Le abrimos la manta un poco para que certificase que sí que los tenía y aprovechó para dar fe de que también tenía manos y “muchos dedos”.

Mi marido cortó el cordón umbilical de U. y Anabel procedió a anudarlo con un cordel. Paca nos preparó un zumo de naranja y pera con un trocito de placenta y recogió todo con la velocidad del rayo y muchísima discreción. Qué buena energía en el ambiente, creo que todos estábamos disfrutando del subidón y de esa mezcla de euforia y tranquilidad posterior a los grandes momentos...

Y este es el relato de mi PVDC, que no habría sido posible si J. no hubiese sido un jabato que aguantó un tremendo parto atendido por gente mal encarada y peor dispuesta, con el que yo aprendí a confiar más en mí misma y menos en los que se supone que deben cuidarnos... Gracias, hijo, por darle a tu hermano la oportunidad de tener un buen comienzo en la vida. Ojalá yo pueda compensarte día a día por lo que tú pasaste.

Mi marido, que siempre ha estado a mi lado, también se merece una mención especial... Porque nunca ha dudado de mi capacidad para parir y ha sido en todo momento un firme defensor del parto fisiológico y de las decisiones que hemos ido tomando. Eres el mejor.

Quiero agradecer también su apoyo incondicional a las chicas del foro Apoyo Cesáreas y a las socias de El Parto es Nuestro, que siempre me han animado y ayudado a encontrar la información y las personas que necesitaba para sentirme segura y tranquila.

Gracias a Verónica, que no me dejó sola casi ni un momento mientras estuve en el hospital y nos ayudó a reírnos de todo y mantener el ánimo alto cuando nadie daba un duro por nosotros.

Gracias a Adri, mi amiga y doula, por su presencia silenciosa durante el parto y por habernos acompañado estos meses con su buen humor, su combatividad y su alegría.

Gracias a Anabel y Paca, que con su buen hacer y profesionalidad me hicieron estar completamente relajada y confiada (en mí y en ellas) durante el embarazo y el parto. Para nosotros fueron el equipo perfecto y consiguieron que me sintiese acompañada durante todo el proceso, pero nunca observada ni invadida.

Gracias a María José y Curro (me emocionó que os acordaseis de mí), a Angela (fresas, chocolate, carcajadas, ¡me cuidas demasiado!), a Ibone, a Helena, a Claudia, a Nuria Martínez, a Patricia, a Nere y a todos los que me visitaron y telefonearon mientras estuvimos en el hospital y durante el reposo posterior.

Gracias, por último, a Diana Sánchez, que me insistió en que fuese a conocer a Anabel. Tocaya, tú sabes por qué, este parto también es tuyo.