311. El nacimiento de Breixo- el primer parto de María.

Sobre: 
Parto Instrumental (PI)
Separación Madre- Bebé
Maniobra de Kristeller
Categoría: 
Parto
Posparto
Nombre padres: 
María
Sergio
Nombre bebé: 
Breixo
Lugar de parto: 
Hospital de Ourense
Lugar: 
Ourense
Año: 
2011

Siempre que me pensaba pariendo lo hacía en un parto natural, sin intervenciones ni cortes, con intimidad, con el padre de la criatura, con contracciones dolorosas que soportaba como mujer fuerte que soy. A veces era en el agua, otras rompía bolsa estrepitosamente y salía corriendo para el hospital, como en las películas...

Si pudiese pedir un deseo, sin duda, volvería a aquel 3 de diciembre...

Muchos años después, cuando me quedé embarazada de verdad, comencé a informarme, pues me gusta tenerlo todo controlado. Leí lo que pude, hasta un manual de obstetricia que me transmitió inseguridad, pues, obvio, se centraba en posibles problemas, en el entendimiento del parto como un proceso patológico, que no fisiológico.

Aunque el papá se inclinaba hacia un parto en casa, yo, como nunca había parido, no tenía la seguridad de poder hacerlo y jamás me perdonaría que le pasase algo al bebé por mi culpa. Decidí que pariría en mi hospital de referencia, aunque no me inspiraba confianza. Ni siquiera pensaba que me fuesen a respetar un plan de parto, a pesar de que enseñaban una sala de parto natural y vendían que era posible parir sin intervenciones, al menos mientras no pidieras epidural... Tuve señales muy evidentes durante todo el embarazo, signos que me deberían haber indicado que allí no estaba mi sitio. Pero no hice caso. Los desoí y me desoí.

            Desde la primera consulta el personal sanitario me trató como a una niña. Como castigo a no haber acudido a revisiones ginecológicas en mucho tiempo, me hicieron la primera eco vaginal, citología y biopsia de cuello de útero sin informarme ni pedir mi consentimiento. No contestaron a mis preguntas. Me ordenaron repetir análisis porque sí. Fue humillante. Llamadme loca pero pude oír gritos de terror de mujeres mientras estaba expuesta a todos, desnuda sobre el potro. Y aún así no huí, mi instinto de supervivencia estaba anulado. Me comí la rabia y la impotencia en una tarde horrible de dolor y sangrado. Ya estaba vendida, renuncié a mi poder, a la sabiduría de mi cuerpo por el que los médicos camparon a sus anchas. Me sometí  a todos sus procedimientos sin cuestionar. Dos O'Sullivan, suplemento de hierro por anemia, ecografías todos los meses, control de peso con bronca por "gorda"... Y un embarazo poblado de inseguridades, miedos y molestias. Mareos, vómitos, náuseas, dolores. Acababa de mudarme a una nueva casa, a 300 km de la mía, dejando trabajo y amistades, para vivir con una pareja con la que llevaba pocas semanas de relación. Demasiadas inseguridades para un período tan vulnerable.

            Poco antes de parir, una vecina me contó su mala experiencia en mi hospital. Me recomendó que acudiese al Salnés, único hospital respetuoso de Galicia. Pero ni la tomé en consideración, a mí no me iba a pasar nada, soy una mujer fuerte, puedo parir perfectamente, tengo caderas anchas, soporto dolores sin problema... Estaba convencida de que sería capaz de aguantar en casa buena parte de la dilatación, que llegaría al hospital avanzada y, sin medicación ni compañía, solo con el papá, conseguiría recibir a mi bebé en un parto íntimo y feliz. Sí, así mismo sucedió...

            Me había empeñado en que pariría en noviembre. Tuve algunos episodios de contracciones pero, el día 30 ya me había rendido. Llegarías cuando tuvieras que hacerlo. Ese día lo pasamos en Vigo. Me sentía muy bien físicamente, muy en paz. Estuve paseando sola casi dos horas, mientras el papá pasaba consulta. Después volvimos a casa. Estaba muy tranquila.

            Un par de días después, viernes, sentí las primeras contracciones, diferentes, estas sí eran de parto y no las muchas de Braxton que había sentido durante todo el embarazo. Tuve unas cuantas a lo largo del día, pero me encontraba muy bien, muy ágil. A las once de la noche estaba agachándome, tan tranquila, poniéndole la comida a los perros. Entré en casa y me comí un trozo de chocolate. Sería mi última comida por muchas horas. Me senté en el sofá y, cuando me levanté al baño como una hora después, me encontré con el tapón mucoso en las bragas. Eso era el tapón, no había ninguna duda. Perfecto, marrón, un buen trozo. Me apena no haberle sacado una foto. Se lo comuniqué al papá llena de emoción. Sabía que el parto empezaba. Llamé a mi madre también y seguimos en la sala, con la tele puesta, papá en el ordenador. Las contracciones continuaban pero yo no quería ir al hospital aún, quería llegar avanzada, no era de esas primerizas que salían corriendo al primer dolorcillo. Empezamos a preparar las bolsas, a ducharnos. En la bañera me cayó otro trozo del tapón que allá se fue por el desagüe. Pensé en la pena que me daba marcharme al hospital...

            Hacia las 4 de la mañana cogimos el coche, aunque mi perro intentó impedir que me subiese. Tendría que haberle hecho caso. Teníamos algo más de media hora de camino. Empecé a sentir un dolor insoportable, me molestaba incluso el mero movimiento del coche encendido. Iba diciéndole a Sergio que fuese más despacio, incluso que parase. Y pensaba en que nunca había visto a nadie salir de parto para el hospital teniendo que ir tan despacio y parando.

            Llegamos antes de las 5. Sergio paró en la puerta de urgencias y, según nos vio el guardia de seguridad, salió con una silla de ruedas. Yo no podía andar. Me trasladaron a urgencias. La ginecóloga me hizo un tacto, dijo que estaba de 1 cm, que la cosa estaba empezando y me ingresó. Me preocupé, no me parecía nada bueno que me enviasen a planta. Antes, la parada en monitores. Mis primeros monitores, estaba en la 39+5 y aún no me había hecho ningunos. Me dejaron allí sola media hora, como poco. Me distraía intentando interpretar la gráfica que salía del cacharro. Según me pareció, no se registraba ninguna contracción. Me fijé cuando sentía dolor, pero la dichosa línea tampoco se movía. No podía ser. Si sentía tanto dolor sin contracciones era imposible que aguantase un parto. Iba a pedir la epidural, seguro.

            Cuando me enviaron a planta ya estaban mi madre y su novio en la puerta. En planta, tenía al lado una mujer recién parida, creo que por cesárea, con su niña y sus visitas. Me hubiese gustado intimidad, no compartir cuarto con desconocidos. Al menos, estaba en la cama al lado de la ventana y me puse, de espaldas a ella, a mirar al exterior. Fui viendo como crecía el día. Una enfermera vino a preguntarme por la dieta. También preguntó cómo me encontraba. Le dije que me dolían mucho las contracciones y se encargó de confirmarme lo que yo intuía: no tenía. ¿Por qué demonios me dolía tanto entonces? Recuerdo tener mucho frío. Mi madre fue a pedir una manta y me taparon. Hacia las 9 les dije que no podía más. Estaba aguantando muchísimo dolor, un dolor constante e insoportable en el útero. Esto no eran las contracciones que me habían dicho, no había descanso, no podía moverme.

            De nuevo en paritorio, me revisó una matrona. Estaba de 2 cm. Habían pasado unas 4 horas. Me mandó darme una ducha, usar la pelota, incluso me la trajo, pero yo era incapaz de estar de pie, de hecho, me envió andando de vuelta a la habitación y acabé a cuatro patas tirada en un pasillo. Tuvieron que recogerme con una silla de ruedas. Le supliqué cualquier cosa para el dolor y me puso una inyección. Después supe que era buscapina y que no hay estudios de su efecto en partos. También supe que consideraban que no aguantaba el dolor. Así lo escribieron en la historia clínica.

            Muy bien mandada, en cuanto llegué al cuarto me di una ducha. Horrible, era un plato minúsculo, quería ponerme a cuatro patas pero no podía, no cabía. Llené el baño de agua, era muy incómodo. Volví a la cama. Algo menos me dolía. Y, así, otras cuatro horas. Hacia la una no podía más. Me volvieron a bajar. Me atendió otra matrona, la única que se presentó, Loli. Con ella había otra mujer, quizás una enfermera o una auxiliar. Era de mediana edad y pelo corto, corte masculino, rizado. Es curioso qué detalles se recuerdan... Loli tampoco era una jovencita. Me dijo que me iba a ayudar a parir, que le hiciese caso, que todo iba a salir bien. Me dijo que estaba de 3 cm y se sorprendió de que la bolsa estuviese rota. Yo también, no me había enterado, no estaba mojada tampoco. No sé qué pasó. Me informó de que ya podían ponerme la epidural y accedí, aunque más que preguntarme, más bien pareció que me decía lo que me iban a hacer. Estaba sola, cada vez que me bajaban a paritorios, mi pareja esperaba fuera. Loli me puso algo pegado en la pierna. La, llamémosla auxiliar, le dijo algo que no entendí. Loli respondió que, total, el anestesista lo iba a pedir. Tiempo después supe que era monitorización interna, que le habían clavado un electrodo en la cabeza a mi bebé. Nadie me preguntó ni me informó. Meses después supe que es una práctica desaconsejada. Varias veces se salió el dichoso electrodo. Varios pinchazos más a mi bebé. Loli me pidió que la avisase cuando tuviese una contracción. Me puso las manos en la barriga. "¿Por qué no me lo dices si ya acabó?". Ahí descubrí que las contracciones, soportables, iban y venían, lo que me estaba matando era el tremendo dolor en lo que identifiqué como cuello del útero.

            Entraron creo que dos médicos, yo estaba de espaldas a la puerta. Alguien me cogió los hombros y me dijo que aguantase la respiración. Me era imposible, el dolor no me dejaba, estaba temblando y temí que me pinchasen mal. "Unas cuantas contracciones más y ya no notarás nada". Pero solo noté una contracción más, después, la nada. Y siete meses de dolor de espalda, vértigos y jaquecas. Era como si algo me hubiese quedado dentro, en el punto de inyección.

            Sergio entró por fin. Hablamos por teléfono, hablamos poco. Él estaba sentado en una silla a mi izquierda. Yo estaba tumbada boca arriba llena de trastos. Tensiómetro que me apretaba el brazo cada pocos minutos. Suero en el otro brazo. Correas en la barriga y monitor interno. No siento nada. Entré sana y ahora parezco una enferma. Nunca había estado ingresada en un hospital. Solo esperaba terminar cuanto antes, como si estuviese en la consulta del dentista esperando la extracción de una muela. Iba a nacer mi hijo, pero yo no estaba.

            En una hora dilato hasta los 7 cm. La matrona está contenta. Tacto tras tacto. Ahora entra con un vial que me pone en el suero. Me siento imbécil. Cuando vuelve a entrar le pregunto si es oxitocina. Me contesta que no y sale. Después sé que es, otra vez, buscapina. No deja de repetirme que tengo el cuello duro. Mi niño no puede salir por ahí. Estoy convencida, con el dolor tan grande que siento, como si me quemase, sería imposible. Tengo algún problema.

            "Ahora sí es oxitocina". La matrona me pone otra bolsa en el suero. No pregunta, no informa, yo no digo nada. Cuando vuelve me dice que estoy en completa. Pienso que es buena noticia, aunque en su cara no se refleja, al contrario, parece preocupada. Me dice que el niño está alto y que no baja. Me retira la oxitocina, "si no baja, no baja, tendrá el cordón corto". Me pone a un lado y a otro y me dice que empuje. Ella me avisa de cuando, yo no siento nada. No sé cuánto estamos así. Me hace empujar mientras me aprieta la barriga, en el costado izquierdo. Me deja dos buenos moratones. Después descubro que eso se llama Kristeller. No consta en mi historia clínica. Me dice que empujo muy bien y me alegro. Por fin parece que sé hacer algo.

            Celebramos que la cabeza asoma, el papá la ve, pero el niño hace bradicardias. Algo pasa. La matrona me dice que tranquila, que no es una urgencia pero que tiene que avisar a la gine y que ya es parto, pero que necesitamos una ayuda. Se ve que hasta ese momento barajaba la cesárea. Bien, me alegra que me informe, nótese la ironía... Es como que alguien se está jugando tu vida y la de tu hijo y que tú no tienes nada que decir. Me asusta pensar en esa "ayuda" y en que tengo que confiar en un completo desconocido en un momento tan importante. Y que no puedo hacer nada.

            Entra la gine, "menudas varices tienes". Me pide que empuje. La conozco de un par de consultas durante el seguimiento. Me dice que hay bradicardia y, aunque el niño recupera bien, no podemos esperar más, que si no me dejaba 3 horas (qué amable...), pero que hay que intervenir, hay que ir a quirófano. El padre no puede venir, tampoco me importa, en ese momento solo quiero salir de allí cuanto antes. Yo noto la cabeza entre mis piernas y pienso que, si me levanto, se me cae el niño...

            Me mueven a una camilla y entramos en el quirófano. Es grande y frío. Está también la pediatra, una chica muy joven. La gine desempaqueta una ventosa, me hace empujar y saca a Breixo, le corta el cordón (nadie dice que sea corto) y vuela a manos de la matrona. Yo no lo veo, está en una mesa a unos metros. Levanto la cabeza, busco a Sergio con la mirada, al menos que pueda estar con alguien que conoce. Lo veo acercarse. La gine me habla, tira del cordón y le cae la placenta a los pies justo cuando dice "ahora tiene que caer la pla... vaya, cómo he puesto esto...". Veo que me está cosiendo. "¿Me has cortado?". "Claro, con la ventosa". Pues no, no es imprescindible hacer una episiotomía aunque se use ventosa. Claro que eso yo no lo sabía entonces. Se ve que ella tampoco. "Te tengo que poner más puntos para evitar las varices". "Eh", grito en dirección a la matrona. ¿Por qué demonios no me dan a mi hijo? El papá empieza a ponerle el pañal. La pediatra me dice que está bien, me da la enhorabuena y se marcha. La gine se queja de que no ve y un celador viene a enfocarle la luz a mis partes. Me da vergüenza. La matrona me pregunta si lo quiero desnudo. "Sí". Y me lo traen limpio y con un gorro. Me lo pego al pecho y ya se engancha. Salimos. Me van a llevar a reanimación, dos horas solos, paramos antes para que mi madre y su novio nos vean. Yo solo quiero estar sola con mi cría, que me dejen en paz.

            "Qué María, ¿qué me dices ahora?", es lo último que me suelta la matrona. Pues nada, no te digo nada. Y eso es lo triste. No siento nada.

            En reanimación me atienden dos enfermeras o auxiliares, no sé qué son, aquí nadie se presenta. Una de ellas, muy bruscamente, me engancha el niño al pecho. Poco le importó que ya estuviese mamando... Insisten varias veces en meterlo en la cuna, había al lado de la cama un recipiente de plástico. Que así yo descansaba... ¡¿Me dejarán en paz?! Solo quiero que se callen y que me dejen en paz. También lo querían vestir. Consigo que esperen hasta justo antes de subirnos a planta. Parlotean sin parar, piden comida, salen a merendar... Yo muerta de hambre y sed. Nadie me ofrece nada.          Por fin, me llevan a la habitación. Pensé que la pesadilla había acabado pero no había hecho más que empezar... Quizás por mi carácter, estoy tremendamente incómoda teniendo que compartir habitación con desconocidos, más en estos momentos tan íntimos. Pasaba el tiempo dando la teta, sangraba mucho y manchaba camisón y sábanas... No me apetecía estar así delante de extraños. Tuve varias visitas incomprensibles, comentarios de enfermeras animándome a despegarme del niño por si se "acostumbraba" (¡como si me lo fuesen a atender ellas en casa!), pero eso no fue lo más grave, ni siquiera las molestias que no me permitían casi moverme ni ducharme ni sentarme. Lo peor era la tensión cada vez que se abría la puerta y alguna enfermera me sacaba de los brazos al niño, literal, para bañarlo o pesarlo. Sin preguntar, sin informar u ofrecer alternativas. Yo, ahora lo sé, estaba completamente en shock. No reaccionaba, solo quería salir de allí. Cuando se lo llevaron para el cribado de sordera volvió con un chupete enorme en la boca, que inmediatamente le arranqué, y con la sabanita de la cuna cambiada. En cuanto lo cogí, lo noté raro, como parado. Me vomitó encima leche cuando yo aún solo tenía calostro. Le habían dado un biberón sin mi consentimiento. No sabía que me podía negar a cualquier separación, que no tengo por qué bañarlo si no quiero, que ninguna prueba se tiene que hacer con el niño solo, que su padre o yo tenemos el derecho de acompañarlo siempre.

            Por fin, me dieron el alta. La enfermera me desnudó y el gine, sin pasar de los pies de la cama, dio el ok para mi salida. Si alguna matrona me hubiese visitado, si solo se hubiesen fijado un poco verían que lo mío no eran las molestias habituales de un posparto. No me podía mover ni sentar ni andar ni estar de pie... tenía una infección en la episiotomía. Como colofón, antes de marcharnos me enviaron a una charla donde nos informaban a las madres sobre cómo preparar biberones. Incluso nos dieron un papel con el nombre de la marca comercial que utilizaban. Después supe que eso está prohibido. No sé quién nos dio esa charla, se ve que es marca de la casa no presentarse... Justo cuando nos decían que la leche nos tardaría unos días en subir noté algo en la pierna. Aún vestida con el camisón del hospital, una gota de leche cayó de mi pecho. Mi cuerpo hablaba alto y claro. Yo aún no escuchaba.

            En casa mi situación física no mejoraba. Al día siguiente del alta tuve que tomar un analgésico. Yo soy de las que no tomaban nada, nunca, y padezco jaquecas con aura desde los 4 años, es decir, estoy acostumbrada al dolor. Consulté con la monitora del grupo de lactancia. Me animó a ir a la reunión mensual... pero no podía, no me podía sentar. Me sentía tan sola, tan inútil, tan incapaz... No podía cuidar de mi bebé, ni siquiera pude acompañarlo a la prueba del talón. No podía hacer nada en casa. Ni ducharme. Tardé una semana en darme cuenta de que aún llevaba un esparadrapo en la espalda. Llegar del cuarto al baño era un suplicio. Eran impensable tareas tan cotidianas como lavarme el pelo. Las cosas de casa se acumulaban igual que el malestar con Sergio.

            Esa noche me subió la leche. Cada vez que el niño mamaba un dolor intenso me recorría el cuerpo desde la herida abierta de la episiotomía. Era un dolor indescriptible, clavado en cada célula. Me quería morir. De todos los sentimientos que pensaba se podían desatar en un posparto, nunca imaginé que la muerte estaría entre ellos. A la mierda que los dos estuviésemos "bien". Solo alcanzaba a tumbarme como podía y amamantar. El dolor no remitía.

            A los tres días del alta desperté envuelta en un olor penetrante. Pus, supuraba desde el punto que se me había soltado un par de días antes. Pero no quería volver al hospital por nada del mundo. Tampoco podía estar así, yo sabía que había infección aunque no tuviese fiebre.

            Como solución intermedia, conseguí una cita con la matrona para la mañana siguiente. En cuanto me vio, le cambió la cara. Se asustó tremendamente, dijo que había infección por fuera y por dentro, que me tenía que drenar el pus, me hacía muchísimo daño y no podía evitar moverme en el potro. Me dijo que era por no haberme desinfectado bien... No señora, es porque me rajaron, me cosieron con ni sé cuántos puntos y ni se molestaron en revisarme antes de darme el alta. Me hizo tumbarme en la camilla y llamar a Sergio, que esperaba mal aparcado con el niño en el coche. Habló con él, como si yo fuese una niña pequeña o un ser invisible. Nos mandó directos al hospital.

            Desde la entrada hasta las urgencias ginecológicas había un buen trecho. La de la puerta quiso pedirme una silla, pero es que no me podía sentar... Al llegar había dos o tres mujeres esperando. No aguanté más y acabé en el suelo a cuatro patas, bajo las miradas de todas. El niño pidió teta y allí me puse, en el suelo, como pude. En cuanto la enfermera me vio les pidió que me dejasen pasar. Todas accedieron. Mi imagen debía ser patética pero aún lo fue más en el interior de la consulta. Me pusieron el termómetro varias veces porque no daban crédito a que no tuviese fiebre. La ginecóloga también se empeñó en drenarme y yo supliqué, sí, le supliqué que dejase de hacerme daño, que ya se me iría el pus con el antibiótico. Me quitó todos los puntos. Dijo que tendría que cerrar por segunda intención. De allí salí con antibiótico, analgésico y protector estomacal.

            Al día siguiente venían los suegros y yo era una inútil total. La herida era profunda, estaba abierta y en el peor sitio. El dolor se prolongó durante semanas. Fue cerrando lentamente dejando un colgajo de carne que, por suerte, acabó absorbiéndose bastantes semanas después. Lo que no desapareció fue un punto doloroso que quedó de recuerdo. Y preguntas, muchas preguntas que me formulaba de manera inconsciente. Y así, sin darme cuenta, comencé a buscar grupos de madres, sin saber por qué o para qué.             Las respuestas llegaron solas tan contundentes que desmantelaron todo mi mundo. Ya no había excusas. La lactancia fue una parte muy importante. Breixo engordó más de 1 kg en tres semanas exclusivamente con mi leche. Fue el inicio de una reconciliación conmigo misma. Quizás no fuese una inútil. Dejé de creerme la versión hospitalaria de mi supuesto cuello duro que me impedía dilatar. Dejé de creer que la bradicardia era algo inevitable y accidental. Que la episiotomía era imprescindible. Asumí que, la mujer fuerte que me creía, había sido humillada y ninguneada. Que las intervenciones innecesarias acaban por generar intervenciones necesarias. Y así, buscando mi propio poder, dejé de querer vengarme. Olvidé recuperar mi parto perdido cuando deseé otro bebé. E inicié un viaje en busca de mi poder.

 

            Mi segundo embarazo fue muy distinto. Lo primero que hice fue un listado con las pruebas habituales para decidir cuáles me hacía y cuáles no. Tomé las riendas. Busqué opciones para parir y finalmente me decidí por un parto en casa, en principio, en Bilbao, en casa de los suegros, guiándome por un sueño, hasta que, pasadas las 30 semanas de gestación, el cuerpo me pidió parir en casa y le hice caso, pues me pareció una enseñanza importante ser capaz de contrariarme a mí misma, aunque supuso cambiar los planes de la familia y despedir a la matrona que ya teníamos contratada. A nivel físico también me sentí mucho mejor, tan solo los primeros meses fueron duros, con mareos y náuseas que a penas me permitían mantener la verticalidad. Parir en casa supuso terminar el seguimiento en el hospital del que estaba huyendo. Puedo decir que me temblaban las piernas el día de la primera consulta, pero salí reforzada cuando fui capaz de decirle "no" a la gine, "no" a la matrona. Pedí la historia clínica. Presenté plan de parto y a consecuencia de ello me llamó el jefe del Servicio de Obstetricia, con el que me entrevisté.

            El peque no lo puso fácil. Le detectaron una pieloectasia bilateral ya en la semana 20, lo que nos llevó a controlarnos cada 4 semanas, a oír amenazar con inducciones, UCIN, a recibir presiones, más o menos veladas, cuestionándonos el parto en casa. Me puso a prueba todo el embarazo, pero más aún lo hizo durante el parto... pero esa es otra historia... que podéis leer aquí.