357. La historia de nuestra hija Martina

Sobre: 
Cesárea
Pérdidas. Siempre en el corazón
Categoría: 
Parto
Nombre padres: 
María Ángeles
Gonzalo
Nombre bebé: 
Martina
Lugar de parto: 
Hospital La Paz
Lugar: 
Madrid
Año: 
2014

MARTINA

21 de agosto de 2014.

El pasado 11 de julio, sin esperarlo, nuestras vidas se pararon, nuestros corazones se encogieron y todos nuestros sueños e ilusiones quedaron destrozados con sólo una desgarradora y punzante frase dicha por la doctora, “Lo siento mucho, no se observa latido del corazón…”. En ese momento tu vida se detiene para no volver a ser nunca más lo que había sido, en ese momento, de algún modo, los padres también morimos en la persona que habíamos sido hasta ese momento, y desde ese mismo instante los padres iniciamos un doloroso, incierto y durísimo camino de renacimiento personal, una titánica lucha por volver a levantarnos y por ir recuperando ilusiones vitales. Un camino de duelo regado por tantas lágrimas derramadas, un camino que cuando lo iniciamos no sabemos cuánto durará ni a dónde nos llevará, pero que intuimos muy difícil, largo y complicado. Sólo queremos mantener la esperanza de que al final del mismo la luz vuelva a salir por el horizonte y que la nueva persona que surja de dicho tránsito vital sea una persona mejor de algún modo, una persona a la que el sufrimiento haya transformado y hecho crecer hacia algo humanamente más grande, con una escala de valores y principios sin duda distintos, con un corazón y sentimientos mucho más evolucionados.

La historia de Martina comienza a finales de noviembre de 2013 cuando mi mujer María Ángeles y yo logramos un nuevo embarazo. Y digo nuevo porque no fue el primero. A finales de mayo del mismo año tuvimos un primer embarazo, una gran e ilusionante noticia para nosotros, una desbordante alegría para nuestras vidas, todo muy buscado y luchado tras más de un año intentándolo. Pero la alegría y la ilusión duró muy poco en esa primera ocasión. En una primera visita al ginecólogo pudimos ver con gran satisfacción el corazoncito latir, y ese momento mágico nos hizo concebir muchas ilusiones y sueños (será para febrero decíamos…). La alegría duró poco, el 10 de julio mi mujer empezó con los sangrados, al día siguiente fuimos preocupados a urgencias y nuestros peores temores se confirmaron, el corazón del embrión había dejado de latir… Era la primera vez en nuestras vidas que escuchábamos tan terrible frase; Lo siento, el corazón no tiene latido. En las horas siguientes se confirmó un aborto espontáneo, así que al menos mi mujer pudo evitar el temible legrado.  A los pocos días nos marchamos de vacaciones tristes y derrotados. Los meses fueron pasando tras el aborto, meses también duros y complicados para la pareja, ya no seríamos padres en febrero como nos ilusionamos al ver el resultado del test de embarazo. No quedaba otra que seguir intentándolo mes a mes.

Pero antes de las navidades de 2013 la alegría e ilusión regresó a nuestras vidas, el gráfico de temperatura basal indicaba posible embarazo, y las dos rayas del test confirmaron la excelente noticia, mi mujer había quedado embarazada a finales de noviembre, seis meses después de nuestro primer embarazo fallido. Con esa alegría e ilusión, pero también prudencia y cautela pasamos esas navidades. Tras el anterior aborto teníamos mucho miedo en el cuerpo de que en el primer trimestre de gestación volviera a ocurrir lo de la primera vez, así que tocaba esperar con incertidumbre ver qué pasaba en las primeras semanas.

A mediados de enero de 2014 acudimos a la revisión anual de cardiología que pasa mi mujer todos los años. Ella fue operada en abril de 2011 de su coartación de aorta, una cardiopatía congénita con la que había nacido. Este tipo de cardiopatías suelen operarse tras el nacimiento, pero en el caso de María Ángeles sus padres no se atrevieron cuando era niña, así que fueron transcurriendo los años hasta que finalmente pasó por el quirófano del hospital La Paz para una operación de ocho horas. Afortunadamente la cirugía resultó un éxito, y tras un año de dura recuperación los cardiólogos nos dieron una esperanzadora noticia, nos indicaron que ahora sí podíamos intentar ser padres, cosa hasta entonces descartada por la pareja por los riesgos que hubiera conllevado para la salud de la madre. Todos los años tocaba una revisión de cardiología, y la de ese año 2014 fue muy especial, anunciamos a los cardiólogos nuestro embarazo. Desde ese momento el embarazo se convirtió en embarazo de riesgo debido a la cardiopatía, por lo que decidimos llevar el seguimiento del mismo, aconsejados por los cardiólogos, en la unidad de embarazos de riesgo del hospital La Paz en Madrid.

Ese fue el inicio de un incierto pero ilusionante camino. Las semanas fueron pasando y el embarazo siguió avanzando sin complicaciones, todo parecía transcurrir por buen camino. En la ecografía de la semana veinte nos anunciaron el sexo del bebe, era una niña. Nunca olvidaré la sonrisa que se dibujó en el rostro de mi mujer al conocer la noticia, está claro que en muchas ocasiones habría soñado tener una hijita. Desde ese mismo momento también sabíamos el nombre que tendría la pequeña, se llamaría Martina, en eso no teníamos los dos ninguna duda. Hace ya muchos años, siendo novios, nos dijimos que si un día teníamos una hija la llamaríamos Martina, era un nombre precioso que nos gustaba a los dos.  El nombre de Martina tiene un origen familiar, la conocida abuela Martina de la que tantas historias contaba mi suegro Domingo durante años, su abuela del pueblo, una mujer luchadora y con personalidad. Así que desde esa ecografía de la semana veinte el esperado bebe tenía personalidad propia y nombre, desde ese mismo momento empezamos a llamarla Martina. Si el sexo hubiera sido varón, no había nombre pensado ni lo hubiéramos tenido tan claro, pero siendo niña el nombre ya estaba acordado hace años.

Las semanas pasaban y pasaban y el embarazo seguía transcurriendo de manera ejemplar. En el hospital también estuvieron monitorizando cada tres semanas el corazoncito de Martina, ya que existía riesgo de heredar alguna cardiopatía congénita, pero las pruebas resultaban todas satisfactorias y no se observaba ningún tipo de anomalía en el corazón de la niña. Y así, poco a poco, vimos ir dejando todos los riegos atrás y fuimos ganando confianza, tras los miedos de los primeros meses parecía que todo podía llegar a buen puerto. Yo pasé de decir el prudente mi mujer está embarazada a decir un ya mucho más convencido vamos a ser padres en el mes de agosto. Y así fuimos ganando ilusión semana a semana. Mi mujer con sus paseos diarios para hacer algo de ejercicio y controlar su peso, con sus clases de pilates para embarazadas, y luego con el inicio de las clases de preparación al parto. Fueron sin duda los meses más felices del embarazo, los riesgos parecían cosa superada, disfrutábamos todos los días notando las pataditas de Martina, qué bonitos eran los momentos en que mi mujer cogía mi mano y la situaba sobre su tripita para que notase sus movimientos y patadas, qué momentos tan inolvidables de felicidad que ya nadie nos podrá robar, en cada patadita notábamos la vida y vitalidad de Martina.

Fueron los meses de dar rienda suelta a todos nuestros sueños e ilusiones, después de tanta lucha y esfuerzo el ser padres parecía una realidad al alcance de la mano. Fueron las semanas de ver carritos y elegir y comprar el mejor para nuestra niña. Fueron las semanas en las que empezaron a llegar los regalos para nuestra hija; la bañera, los intercomunicadores, la ropita… Fueron las semanas en que empezamos a montar con ilusión su habitación. Las semanas en las que nos dejaron prestadas la mini cuna y la cuna para Martina… Fueron semanas para soñar, fueron seguramente las semanas más felices e ilusionantes de nuestras vidas.

De esa manera llegamos al uno de julio a realizar la ecografía del tercer trimestre. Y la misma confirmó que todo seguía perfecto y viento en popa. Todo parecía estar bien, la niña estaba muy bien de tamaño y había crecido a buen ritmo, se estimaba ya un peso de dos kilos doscientos, toda una moza. Ya en la consulta con la ginecóloga se dejó establecida la fecha para la cesárea programada que traería a nuestra hija al mundo, Martina nacería el jueves siete de agosto. Dejamos así mismo fijada la visita a los anestesistas y la última visita a la ginecóloga para finales de julio. Las últimas palabras que recuerdo de la doctora es todo está perfecto y todo va a salir bien.

Pero en los días siguientes algo pasó y sin saberlo nosotros, sin ser conscientes de lo que se nos avecinaba, algo empezó a fallar. Mi mujer empezó a notar menos a Martina, decía que se movía menos, que ya no se movía como lo hacía antes… Y todo el mundo nos decía lo mismo, muchas de ellas desde su experiencia como madres; es normal, no os preocupéis, la niña ya estará encajada, la niña ya no tendrá espacio, es algo habitual, a mí también me pasaba, si la pasada semana todo estaba bien en la ecografía todo seguirá bien… Todos opinaban y todos transmitían tranquilidad y normalidad. Y nosotros lógicamente nos tranquilizamos con las palabras que estas madres nos decían desde su experiencia.

Pero la noche del miércoles nueve de julio María Ángeles fue la última vez que notó a Martina, cinco pequeñas y ya casi imperceptibles pataditas. Yo regresé a casa el jueves por la noche tras pasar dos días en Canarias por un viaje de trabajo. Al llegar a casa mi mujer me dijo muy preocupada que durante todo el jueves no había notado a Martina. Dijimos que al día siguiente sin falta iríamos al médico para tranquilizarnos, que seguramente todo estaba bien y que era normal, pero que acudiríamos al médico para que nos verificasen que todo continuaba de manera correcta…

El viernes once de julio acudimos a las urgencias del hospital de Torrelodones para ver qué pasaba, sabiendo ya mi mujer en su interior que algo no iba bien, seguía sin notar a Martina, ya estaba claro que aquello no era algo normal. Justo un año antes, el once de julio de 2013, en las urgencias de ese mismo hospital nos confirmaron que el corazón del embrión de nuestro primer embarazo ya no latía. Justo un año después, en el mismo lugar y un mismo once de julio, los doctores volvieron a repetir la terrible frase, pero en esta ocasión con un embarazo con treinta y cinco semanas de gestación; “Lo sentimos muchísimo, pero el corazón de su hija no late…” En ese momento las vidas de los padres entran en estado de shock, no puede ser, es imposible… Pero esa era la terrible y cruel realidad, el corazón de nuestra hija había dejado de latir, habíamos perdido a Martina en la semana treinta y cinco de gestación, lo que nunca podíamos haber llegado a imaginar que pudiera ocurrir a estas alturas.

Desde ese momento todo lo demás sucedió a velocidad de vértigo. Llamamos a todos los familiares y a los amigos más cercanos para comunicarles la tristísima noticia. Con todos contactamos, excepto con mi suegra que se encontraba en la playa y no tenía el teléfono a mano. Luego abandonamos las urgencias del hospital de Torrelodones para marcharnos al hospital La Paz, donde habían seguido el embarazo y conocían bien el caso. Todo lo posterior fue una sucesión de  secuencias de una continua pesadilla. En urgencias nos confirmaron la muerte perinatal. Luego nos subieron a una habitación de planta donde nos visitaron la matrona y la ginecóloga de guardia, ya era viernes por la tarde. Nos confirmaron que sacarían a la niña mediante cesárea, y nos aconsejaron que viéramos a la niña y que la conociésemos una vez fuera del cuerpo de su madre, que los protocolos así lo aconsejaban y que nos ayudaría para iniciar la necesaria fase de duelo. Nosotros dijimos que llegado el momento decidiríamos. Luego vino el anestesista para hacer las preguntas de rigor a mi mujer.

Media hora después mi mujer ya se encontraba en quirófano. En quirófano para dar a luz a una niña que ya sabíamos muerta, para practicarla una cesárea muy distinta a la que habíamos soñado para el fijado siete de agosto. Finalizada la cirugía me avisaron para reunirme con mi mujer. Pasado un minuto la ginecóloga nos trajo a nuestra hija, con su gorrito y su pijamita, para que la pudiéramos conocer. Y sin duda alguna, en ese momento, se produjo una escena de intimidad, dolor y ternura indescriptibles, pudimos conocer a nuestra hija, tenerla en brazos, besarla y despedirnos de ella. Al fin vimos entre lágrimas a nuestra querida y esperada Martina, con sus dos kilos trescientos de no vida, y con su carita perfecta de princesa que ya para siempre reinará en lo más profundo del corazón de sus padres. Una escena terrible y a su vez bella, una muestra de amor hacia nuestra hija, para que esté donde esté, supiese todo lo que sus padres la querían y amaban, para que su alma supiese todo el amor que teníamos guardado para ella, y para que su cuerpecito ya sin vida pudiera recibir un último beso y abracito de sus padres.

Posteriormente llevaron a mi mujer a la unidad de reanimación para continuar su calvario, rodeada durante cerca de cuatro horas por otras madres que también acababan de dar a luz por cesárea, pero en esta ocasión llenas de ilusión y alegría al haber traído al mundo niños sanos. Frases como mi bebe estará haciendo ahora piel con piel con su papa tuvo que estar escuchando María Ángeles durante esas interminables horas. Cuánto hubiera deseado ella que Martina también hubiera podido hacer piel con piel junto a su padre…
A falta de que a principios del mes de noviembre, pasados ya cuatro meses desde la pérdida de Martina, los médicos nos comuniquen de manera oficial los resultados de la necropsia y la causa de la muerte de nuestra hija, todo apunta a que el motivo de su pérdida fue una anemia aguda en la niña que provocó una hipoxia, todo debido a una hemorragia feto materna que terminó por dejarla sin glóbulos rojos. Esa sería la causa por la que Martina empezó a perder movilidad y a economizar sus movimientos, porque el oxígeno estaba dejando de llegar a su cerebro. Estos son, repito, los primeros indicios, pero habrá que confirmarlo con los resultados que de manera oficial nos proporcionen en noviembre. En principio Martina era una niña totalmente sana y viable, pero por desgracia surgió tan fatal accidente.

Tras tres días más hospitalizada pudimos al fin regresar a casa para volver a empezar nuestra nueva vida, y digo nueva porque los dos sabíamos que para nosotros ya nada volvería a ser lo mismo. Nuestra vida ya no sería todo aquello que habíamos soñado e imaginado durante los últimos ocho meses, nuestras ilusiones de feliz vida junto a nuestra querida Martina se habían desvanecido durante ese ya tristemente inolvidable viernes once de julio de 2014.

Cuando termino de escribir estas palabras ha pasado poco más de un mes desde que Martina nos dejó. María Ángeles y yo nos encontramos al inicio de un camino al que todavía le quedan con seguridad muchos meses por delante. En este tiempo hemos llorado mucho añorando a nuestra querida hija. En este tiempo, gracias a dios, hemos recibido incalculables muestras de afecto, cariño y cercanía por parte de los amigos más cercanos. Del mismo modo, mi cuñada Alicia se ha convertido en un pilar fundamental para ayudar a salir adelante a su hermana. También hemos sentido algo de incomprensión por buena parte de los familiares más cercanos, que, pese a preocuparse por nosotros y pese a sentir lo ocurrido, no han acabado de entender por lo que estamos pasando, sin acertar en ocasiones en la idoneidad de las palabras y los comentarios. Yo personalmente acabo de regresar de hacer el Camino de Santiago, donde he buscado recuperar en soledad parte del equilibrio interno perdido, y a donde marché para expulsar mucha de la ira y rabia que me acompañaba en las primeras semanas del duelo. En definitiva, sabemos que todavía tenemos un largo camino por recorrer en adelante, con la ayuda de nuestros amigos y familiares, con ayuda de los psicólogos, y junto a otros padres del grupo de apoyo de Madrid de Umamanita,  que por haber vivido lo mismo que nosotros hablan nuestro mismo lenguaje.

Ahora toca seguir avanzando en este camino en busca de luz y esperanza. Todavía estamos muy al principio, por lo que sigue predominando la oscuridad, el miedo y la incertidumbre. Esperemos algún día recuperar fuerzas e ilusiones, para poder luchar en un futuro por intentar dar un hermano o hermana a nuestra querida Martina, aunque para iniciar esa batalla todavía faltan muchos meses de duro camino por delante, todavía necesitamos pasar todo el duelo por Martina, recuperarnos psíquicamente y que la cesárea de mi mujer cicatrice bien por dentro. No sabemos si lo conseguiremos o qué nos deparará el camino, pero sin duda seguiremos luchando y persiguiendo sueños. 

Dicen que, de algún modo, los muertos siguen vivos mientras se les recuerda, así que sirva esta breve historia para que el recuerdo de nuestra hija Martina permanezca de manera imborrable entre todos nosotros. Sirva también de homenaje y reconocimiento a mi mujer María Ángeles, una mujer todo coraje, valentía y gran corazón. Y sirva también de recuerdo a todos los bebes que han sufrido muerte perinatal de manera similar a Martina, y a todos los padres que hayan pasado ya por semejante tragedia o que por desgracia lo tengan que pasar en un futuro. Por todos ellos también cuidará y velará nuestra hija, Martina Matamala del Rey. Que Dios te guarde en la palma de su mano hasta que nos volvamos a encontrar.

Gonzalo y María Ángeles, padres de Martina.