194. Historia de M.H.L. Cesárea programada

Sobre: 
Cesárea
Categoría: 
Parto
Nombre padres: 
M.H.L.
Lugar de parto: 
Hospital La Milagrosa
Lugar: 
Madrid
Año: 
2002

LA MILAGROSA: CESÁREA PROGRAMADA

A mi hija la hicieron nacer un 19 de octubre de 2002 en la Clínica la Milagrosa de Madrid.

El embarazo fue bueno y yo era feliz porque sentía que todo iba perfectamente hasta que una semana antes de salir de cuentas, en una revisión rutinaria, el doctor me hizo un tacto vaginal y dijo que el bebé estaba muy alto. Sin más explicaciones me encargó un montón de pruebas con mucha prisa, de urgencia, entre ellas una radiografía. Al ver la radiografía a los pocos días repitió que el bebé estaba muy alto y que, en su experiencia, si no se había colocado ya para nacer eso indicaba que no se iba a colocar y no iba a nacer normalmente, y que tenía que programar una cesárea. Ese momento fue trágico para mí porque me parecía increíble e incomprensible y a la vez no podía hacer nada. Rompí a llorar amargamente sin poder parar y mientras mi esposo preguntaba al médico sorprendido por qué podía ser tan terrible para mí, el doctor le venía a decir algo así como que las mujeres tenemos una idea romántica de lo que es dar a luz y que yo lloraba por esa pérdida.

Además, al doctor le corría mucha prisa practicarme la cesárea. Dijo que no merecía la pena esperar, que me haría la cesárea el mismo fin de semana que salía de cuentas porque el bebé ya había llegado a término y esperar más le podía perjudicar. Aquello ya me pareció excesivamente horrible y le dije que era demasiado pronto. Entonces dijo que como mucho lo podía dejar para el martes 22. Con gran dolor acepté tal imposición porque al menos dejaba pasar unos días de la fecha probable de parto y me pareció que aún daba a mi hija alguna posibilidad de nacer. Yo por mi parte seguí caminando mucho y haciendo todo lo posible por ayudarla a ello. El doctor me dijo que le llamara por teléfono al día siguiente (jueves 17) para confirmar que ya había reservado habitación y hora en el quirófano para el martes 22. Cuando le llamé siguiendo sus instrucciones me dijo que en el hospital le habían dado cita en el quirófano para el sábado 19 a las 10 de la mañana, que era lo único que había libre y que no tenía más remedio que ingresar el viernes 18 de octubre (el día siguiente, vaya). Esta fue la culminación de lo que hoy concibo como un engaño y el inicio de toda la enfermedad provocada por la cesárea.

Sobre las 9 de la mañana del sábado 19 de octubre una señorita, supongo que enfermera, me rapó el pubis con una maquinilla de afeitar y me puso un enema. Aquello fue insignificante para mí comparado con lo que me esperaba pero no deja de ser un asalto obsceno a mi intimidad. Además, durante mucho tiempo después tuve molestias y picores por en el pubis por el crecimiento del pelo.

El anestesista era un joven que no atinaba a ponerme la epidural. Me dio un pinchazo que me produjo mucho dolor. Después vinieron más pinchazos, a cual peor. Conté unos cinco pinchazos extraordinariamente dolorosos. Creí que ya no iban a poder anestesiarme y que estaba muriendo. Las mujeres que allí había (había dos, supongo que una comadrona y una enfermera) se portaban como si yo me quejara porque sí. Al cabo del quinto pinchazo una de ellas tuvo de la decencia de observarme y decir que estaba muy pálida. Entonces, todos se ocuparon con mucho cuidado de colocarme sobre el lado izquierdo y ayudarme a curvarme todo lo que pudiera.

Durante la operación, el anestesista me preguntaba cada dos por tres, con voz asustada, que si me encontraba bien y que si sentía algo. Yo hacía acopio de todas mis fuerzas para contestarle que me encontraba perfectamente y que no sentía nada.

Cuando sacaron a mi bebé en esos preciosos segundos me pareció que mi hija era el bebé más bonito que había visto nunca. Se la llevaron, pero aún pude oirla llorar mientras me cosían el vientre.

Tras la operación, al pasarme a la camilla los enfermeros, intenté inútilmente ayudarles y recuerdo que me hice mucho daño. Me asustó que mis piernas estuvieran absolutamente muertas y tenía tanto frío que empecé a temblar como nunca lo había hecho antes. Lloré amargamente en el trayecto a la habitación e intenté ocultar las lágrimas al ver a mi esposo. Él y su madre estaban en la habitación y nuestra hija estaba en una cunita amarilla muy bonita pero a ella no la vi.

Me pusieron sobre la cama y allí me pasé tres días sin poder despegar la espalda del colchón, literalmente. Al cabo de una rato comencé a sentir mucho dolor que duró varios días. Acumulaba mis escasas fuerzas para suplicar un calmante pero sólo me lo daban cada 6-8 horas para no perjudicar la lactancia. Mientras tanto, personas y personas pasaban, me besaban y se iban o se quedaban sentadas mirándome mientras hablaban entre ellas haciéndome sentir como un muñón. Todos podían coger a mi hija menos yo. Las enfermeras me trataban como si yo fuera una guarra (escribo esa palabra porque es la que ellas utilizaron para referirse a mí). Me decían que me tenía que cambiar la compresa y se iban tan deprisa que me la colocaban de cualquier manera y no me daban oportunidad de explicarles que me era imposible mover el cuerpo, que me resultaba muy doloroso, y que únicamente despegaba la espalda del colchón con gran esfuerzo y mucha ayuda para ponerme de lado y dar de mamar a mi hija. Que me resultaba muy desagradable estar sucia y no poder hacer nada para evitarlo.

Por fin al tercer día ya no tenía sonda y me quitaron el suero y me dieron de comer. Dos señoritas me “ayudaron” a bajarme de la cama. Me hicieron tantísimo daño en la herida que estoy segura de que me rompieron algo por dentro. A partir de entonces tal era el pavor que me daba sólo verlas (una de ellas se dio cuenta y desde entonces apenas se me acercaba ni me decía nada para no asustarme, fue muy respetuoso de su parte) que al día siguiente me las apañé para bajarme yo sola ¡e incluso llegué hasta el baño y me di una ducha! Tardé muchísimo tiempo y me hice muchísimo daño pero quería estar presentable para poder explicar al médico lo que me estaba pasando y lograr hacerme escuchar, cosa que no había logrado hasta entonces por lo mal que estaba. Para mi infortunio el médico llegó cuando estaba en el baño y ni siquiera esperó a que saliera. Cuando salí me encontré con que se había marchado.

El médico me quería dar el alta el viernes 25. A pesar de que apenas podía permanecer de pie, y mucho menos andar, debió considerar que ya estaba recuperada. Aún no había tenido fuerzas ni de salir de la habitación. Llegar hasta el baño implicaba realizar un esfuerzo increíble y esto lo tenía que hacer si quería hacer pis. Alguna que otra bajada de tensión me mantuvo en el suelo del baño postergada largo rato.

El viernes por la noche estaba tan agotada por las continuas visitas y el dolor y la enfermedad que me dio una crisis de llanto y una angustia tremenda porque mi hija no estaba recibiendo la atención que necesitaba y porque yo estaba extenuada.

Salí del hospital el sábado 26, pero justo la noche antes de salir hubo un momento que pasé mucho frío, como si tuviera mucha fiebre. Supongo que en ese momento se inició la mastitis. Al llevar a casa no me sentía mucho mejor, estaba muy débil y salir para ir al pediatra implicaba tanto esfuerzo que un día al volver mi esposo me dijo: tómate le fiebre. Tenía 39. Afortunadamente, mi esposo pudo trasladarme a la consulta del médico y éste me dijo que no era una mastitis, que tomara una aspirina y pusiera calor seco en la mama afectada y al cabo de unos 20 minutos diera de mamar al bebé. Funcionó. Ojalá lo hubiera sabido antes.

Los días y las noches pasaban sin que yo pudiera hacer nada por mi hija más que darle de mamar. Aun hoy me sorprende lo poco que pesa un bebé y que yo no pudiera cogerlo. Al cabo de un tiempo me las apañé para colocar a mi hija sobre un gran cojín y tirando del cojín cambiarla de mama sin necesitar ayuda de nadie al menos en ese intermedio de la lactancia.

Aprovecho para denunciar aquí la poca ayuda que recibe una mujer que quiere dar de mamar a su hijo, tanto en el hospital como por parte de los pediatras. Cuando yo preguntaba alguna duda o solicitaba ayuda la respuesta casi siempre era: “no tienes por qué dar de mamar a tu bebé, le puedes dar biberones”. Es cierto que además de todos los problemas de salud que vengo narrando, se me produjeron grietas y fisuras en los pezones porque no podía sentarme para dar de mamar a mi hija y adoptaba posturas inadecuadas por el dolor. También es cierto que mis pezones son más o menos planos e incluso uno tira un poquito hacia adentro. Pero yo manifestaba claramente mi deseo de seguir con la lactancia y mi necesidad de ayuda. Obtuve respuestas puntuales pero siempre importantes. Hay pocas causas que imposibiliten la lactancia y yo soy muestra de ello. Mi hija ha mamado hasta los 15 meses de edad y aunque hubiera deseado prolongar la lactancia sucumbí en aquel momento a la soledad y a las muchas infecciones que mi hija traía de la guardería y que mi sistema inmunológico debilitado no lograba superar pues parecían afectarme a mi más que a ella.

Deseo hacer llegar mi emotiva gratitud desde aquí a La Liga de la Leche. Ruedan las lágrimas por mis mejillas al recordar una llamada telefónica que les hice cuando mi hija tenía 2 meses. Sin ellas y sin su libro “El arte femenino de amamantar” no habría logrado formar una feliz pareja lactante con mi hija.

Por supuesto que tampoco habría logrado llegar hasta aquí sin mi compañero, que estuvo conmigo en todo momento y empleó su mes de vacaciones en atendernos a nuestra hija y a mi. Por las noches, cada vez que nuestra hija se despertaba para mamar, él se levantaba y me la ponía en el regazo.

Desgraciadamente, cuando se terminó su mes de vacaciones yo no estaba mucho mejor. Seguía muy débil, y por fin comprobé que tenía febrícula. La cicatriz de la cesárea estaba infectada y de nuevo no podía caminar. Al fin y al cabo, yo no sabía lo que era una cicatriz ni había vivido una operación hasta entonces y está claro que no debí recibir las indicaciones adecuadas. Tampoco se me hizo un seguimiento postparto. La herida no había dejado de molestarme desde que me operaron pero dada la magnitud de la operación, creí que era lo normal. Me pareció que en la clínica se me trataba como si me quejara por quejarme. No tuve en ningún momento la impresión de que hubiera alguien ocupándose de mi bienestar, simplemente pasaban por allí, rutinariamente, a veces sin pasar de la puerta y preguntando, a lo lejos “¿todo bien?”, con lo que se daba por hecha la visita del día. La percepción que guardo hoy de todo aquello es que me trataron como si no hubiera pasado por el quirófano y todo hubiera sido natural. Al salir por fin de la habitación de la clínica para volver a casa atravesé la sala de espera en la que tantos ratos había pasado esperando a que las monjas me monitorizaran durante el embarazo. Allí sentada delante de las numeras puertas cerradas de las habitaciones me había preguntado muchas veces por qué nunca salía ninguna recién madre. Sólo una vez salió una joven en silla de ruedas vestida de calle porque le habían dado el alta. Alguien llevaba a su bebé. Ahora me horroriza pensar en el espectáculo de sufrimiento que pueda esconder cada puerta cerrada.

Volví a casa con mi hija sin haber parido, y mi hija no nació. Tal vez me recupere de las heridas físicas o tal vez no. Pero siempre quedará la huella imborrable del abismo que abrieron entre mi hija y yo, de la soledad a que la sometieron, del terror físico y psicológico de un recién nacido a quien se lo arrebatan todo en un instante, cuando hasta entonces no le había faltado el calor, el alimento, el oxígeno, el latido del corazón de la madre.