51. Parto de Graciela. Nacimiento de Ariadna. Hospital Materno- Infantil, Granada, 2005.

Sobre: 
Parto Vaginal (PV)
Separación Madre- Bebé
Categoría: 
Parto
Nombre padres: 
Graciela
Nombre bebé: 
Ariadna
Lugar de parto: 
Hospital Materno- Infantil, Granada.
Lugar: 
Granada
Año: 
2005

 

Me llamo Graciela y soy madre de mi preciosa niña, Ariadna, de dos años de edad. Anoche vi el documental de la 2 sobre el parto y quedé muy impresionada. Sobre todo porque me sentí totalmente identificada con las madres que contaban su experiencia traumática de parir. Yo guardo un recuerdo no muy grato, al igual que esas mujeres y aun me emociono cuando pienso en aquella experiencia que fue cuanto menos tan traumática como la de esas mujeres. Por eso, he decidido contar cómo fue mi parto para que sirva de ejemplo de lo que no hay que hacer:

 

LA TRAUMÁTICA EXPERIENCIA DE PARIR EN EL HOSPITAL MATERNO-INFANTIL DE GRANADA

Tras 9 meses de embarazo para mí problemático por una serie de atenuantes ocurridos que ahora no tienen relevancia, llegó mi hora. Era 8 de abril de 2005 y ya había estado en urgencias la noche de antes porque había sentido que mi cuerpo había cambiado, tenía pequeños dolores y había expulsado el tapón mucoso. Pero me mandaron a casa para que descansase. Pero por mi inexperiencia, no hice caso y por la mañana me fui a trabajar porque pensaba que así estaría más distraída. Ya por la tarde decidí no ir al trabajo porque tenía dolores cada 5 minutos y eran francamente fuertes. Tras dos horas así, le pedí a mi marido que me llevase al hospital (de haberlo sabido, me habría quedado en casa). Entramos por urgencias. No quisiera extenderme demasiado así que evitaré describir cómo son las urgencias de este hospital. Sólo diré que es una sala pequeña, incómoda y muy triste (ah, y muy vieja). Pasé yo sola para el reconocimiento (mi marido se quedó fuera) y allí me dejaron porque tan sólo llevaba 1 cm. dilatado. Sola con otra parturienta. Los dolores eran muy fuertes, hacía muchísimo calor y me sentí muy sola. Me entristecí muchísimo y comencé a ponerme muy nerviosa. Las técnicas de respiración no me funcionaban. Allí me tuvieron cerca de dos horas sola hasta que alguien decidió que estaría más cómoda en una habitación con mi familia.

Y aquí empezó el trauma. Lo que debería haber sido un episodio precioso en mi vida, se convirtió en algo feo y triste.

Cuando decidieron pasarme a una habitación, el celador me trató fatal. Me dijo algo así como: “¡venga!, vete por ese pasillo hasta el ascensor” y yo no podía andar. Ese hombre me trató como si fuese un perro. Acto seguido, celadores compañeros suyos le increparon e inmediatamente me proporcionaron una silla de ruedas. Este celador me dio a mí mi informe, luego lo puso sobre un armario, le dijimos que alguien que había estado antes se había olvidado algunas pertenencias y se fue sin hablar, nos levantó la mano como expresando indiferencia. Luego supimos que el celador debe, en todo momento, llevar el informe y entregarlo personalmente a quien corresponde. Este es el primer episodio.

Cuando entré en la habitación, me quise morir. Aquello parecía uno de esos siniestros hospitales que salen en las películas de terror. Las paredes estaban muy sucias, el suelo picado, el camastro con somier de muelles (de los que mis padres quitaron de mi casa hace 20 años porque eran muy incómodos) y un colchón que se te clavaba todo. El aseo, deberíais verlo: pequeño, viejo y muy oscuro. Empezaron los dolores de verdad.

Las enfermeras pasaban para reconocerme y sólo tenían esa famosa frase entre ellas: “esto está muy verde”. Tenía unos dolores terribles cada 3 minutos, la respiración no me funcionaba y el estado de nervios se acentuó. Me llevaron la cena que olía a mar muerto y pedimos que se la llevaran porque a las 5 personas que allí estábamos nos dieron ganas de vomitar. Empecé a llorar y ya no controlaba los nervios. Mi marido no sabía cómo consolarme. Yo veía que tenía mucho dolor y que nadie del hospital me contaba nada nuevo, sólo que aquello estaba “muy verde”. De pronto entró una enfermera y me puso un enema que no hizo más que empeorar las cosas. Recuerdo gritar en aquel cuchitril al que le llamaban cuarto de baño. El dolor que me provocó el maldito enema se sumó al de los dolores de las contracciones y ahí ya no pude contenerme y grité, grité mucho.

De todo este esperpento, cayó un ángel llamado Carmen. Una mujer de Asturias a la que todas sus compañeras odiaban (esto lo supimos después) Esta mujer usó palabras de cariño, de amor. Me mostró que yo le interesaba y que estaba pasando por algo precioso. Me aplicó una técnica de relajación uterina que hizo paliar todos mis dolores y mis nervios y que dilató mi útero medio centímetro en muy poco tiempo. Se quedó conmigo y con mi marido a solas y nos hizo sentir muy bien. Consiguió que mi cuerpo se invadiera de paz y descanso. Pero claro, Carmen no podía estar conmigo nada más y se marchó. Yo estuve bien hasta que los dolores volvieron a acentuarse. Y ya sólo quería ver a esa maravilla de mujer que me explicó que el parto no era lo que me estaba pasando sino algo muy diferente. De haberme tratado ella en todo el trabajo del parto, seguro que no hubiese necesitado ni la epidural. Me contó que no nos enseñaban nada en los cursillos y que se necesitaba mucha formación para conseguir transmitir lo que ella me transmitió (una paz interior total).

Entonces rompí aguas (venían sucias) y ya fue todo correr. Entonces ya sí me ponían la epidural, la oxitocina y me llevaban a la sala de dilatación. ¡Qué horror! Yo gritaba de dolor, me envolvieron una sábana entre las piernas y me dejaron sola en aquel nuevo antro. Entonces grité más aún y nadie venía, pedí hasta socorro y todo (estaba muy nerviosa y ahora me siento avergonzada de esa parte). Tenía miedo, nadie me decía nada. Ellas sólo tomaban decisiones y a mí no me contaban nada. Una de las matronas que me atendió estaba embarazada de 6 meses. Y le pedí que me diera la mano, y me dijo que no. Que ni se me ocurriese tocarle ni un pelo. Que no estaba ella para que le apretasen las manos. Pues entonces tendría ella sus brazos más que rotos ya. Y le dije que sólo pedía un poco de cariño y compasión. Hasta ese punto me vi rebajada. Por fin llegó el anestesista (después de esperar un buen rato). Me puso la epidural y ya me relajé. Mi marido pasó a la sala de dilatación y me quedé dormida hasta las 3 de la madrugada. La oxitocina hizo el resto. Luego mi marido me dijo que una de las dos matronas que estuvo conmigo se puso la radio con unos auriculares a todo volumen, que se echó para atrás y pasó del monitor y de todo. Que él se quedó un poco sorprendido por aquella actitud y decidió permanecer a mi lado muy pendiente de posibles cambios. ¿No os parece curioso?

Cuando me desperté, tenía 7 cm. dilatados y entonces la matrona me dijo que mi niña no tenía la cabecita bien posicionada. Habría que ir moviéndome de un lado a otro para ver si así Ariadna se colocaba en su sitio. Pues entre tres personas (dos matronas y mi marido) me iban cambiando de posición. Y empecé a vomitar. Vomitaba muchísimo, sin parar. Me ponían una sábana y todos los vómitos caían por todas partes (¡qué mal!, ¿no había un recipiente?) Entonces ya estaba de 9 cm. y decidieron que empezase a empujar allí mismo. Yo no tenía sensibilidad alguna por la epidural y me decían que empujase pero yo, realmente, no estaba haciendo nada porque la epidural me tenía en jaque.

Entonces me llevaron a la sala de partos. Me subieron en una cama muy moderna que meses antes había comprado la Junta de Andalucía y que la consejera de salud (Mª Jesús Montero) promocionó como es debido. Se hizo la correspondiente foto y nos contó el cuento de que en Andalucía tenemos el mejor sistema y los mejores profesionales. Y digo yo, ¿habrá entrado esa mujer a una de esas habitaciones donde yo estuve previamente? Lo dudo mucho. No estaría mal proponérselo. Pues bien cada cama de esas cuesta de unos 40.000 euros. Muy mecanizada, pero la mar de incómoda. Hacía mucho calor. Ariadna estaba coronando, pero no salía. Claro, si yo no tenía sensibilidad para empujar, ¿cómo iba a salir? Mi marido se mareó, y yo no paraba de vomitar. Cuando el monitor reflejaba una contracción, me decían que empujase. Y yo empujaba, todo lo que podía y más. Pero estaba cansada, adormilada y muy débil.

Así que llegó un momento en que de repente decidieron llamar al ginecólogo y a la pediatra. ¡Venga rápido, que venga la ginecóloga y la pediatra! La matrona ya se había subido sobre mí varias veces para practicar esa técnica que no sé cómo se llama. Pero no dio resultado, así que la ginecóloga se subió de nuevo y me dijo: ¡mañana tendrás la tripa amoratada! Yo pensé que lo mejor era empujar mucho mientras ella se subía encima de mi tripa pues todo lo que quería era terminar aquello. Ni siquiera pensaba en Ariadna, sólo en salir de aquella situación que parecía no tener final.

Y entonces nació Ariadna. Pude sentir cómo mi cuerpo se tambaleaba, a pesar de la epidural. Pero entonces, vino lo peor. Lo peor que yo jamás me hubiese imaginado. Sólo escuché de la matrona: “si no llora es porque nosotros no queremos”. Entonces se llevaron a mi niña a una cuna cercana y empezaron a hacerle cosas que yo no vi. Empecé a gritar: “¡mi niña, mi niña!” Lloré y grité hasta la extenuación y escuchaba a una mujer decir: “¡vamos Ariadna, vamos bonita respira!” En ese momento se me cayó el mundo encima. Era como si me hubiese atropellado un camión, me temí lo peor. Pensé en lo mal que lo había pasado durante el embarazo, en lo deseada que era mi niña y que todo había sido en vano. Pero, de repente escuchamos su llanto y mi marido y yo sentimos una felicidad enorme. Ahora mismo estoy llorando mientras escribo esto.

Me pusieron a Ariadna sólo durante unos segundos y recuerdo que vi a mi niña muy morenita con muchísimo pelo y una nariz puntiaguda y abierta. Parecía muy enfadada por todo lo que había ocurrido. Y no me extraña pues yo me sentí igual. Tras esos segundos, que no fueron ni un minuto siquiera se la llevaron y me dijeron que tenía que estar en observación y tenían que hacerle unos análisis (tuvo las manitas moradas por los pinchazos durante un mes) para ver si necesitaba oxígeno. Entonces yo me quedé muy relajada y me quería dormir, pero mientras que me cosían estuvieron sin parar de hablarme pues parece que no querían que me durmiese ¿Por qué esa desinformación? ¿Por qué no me dijeron que lo de limpiar a los niños que nacen con aguas sucias antes de que respiren es una práctica habitual? ¿Por qué dieron lugar a que pasásemos por ese trance fatal?

Pero aquí no termina la cosa, me dio fiebre. Y mientras que mi niña estaba en observación, yo también estuve en observación pero muy lejos de ella. Me metieron en una habitación también horrorosa llena de máquinas para “observarme”. No recuerdo ni cómo llegué allí. Dormí durante una hora; de 6 a 7. Entonces, comenzaron a pasar por aquel pasillo cantidad de trabajadores. Hablaban muy alto, se reían, se llamaban unos a otros a voces. Tanto fue así que me despertaron. Recuerdo que estaba muy cansada y muy débil. Ni tan siquiera me dejaron a mano el timbre por si necesitaba algo. Intenté buscarlo pero estaba demasiado lejos y yo no me podía mover por la epidural. Entonces, pensé: “aquí me desangro yo, y ni se enteran” Cuando pasaban la enfermeras intentaba pedirles que callasen, que me dijesen la hora que era. Pero fue inútil. Hasta que por fin, llegó una ginecóloga que me trató muy bien. Me examinó y me dijo que estaba todo correcto y que me llevarían a la habitación. Hasta las 10 no llegué a la habitación. Allí estaban mis padres, mis suegros y mi marido. Desesperados porque no sabían nada absolutamente de mí. Y mira que mi marido se encargó de preguntar hasta ponerse pesado. Pero nada, la información brillaba por su ausencia.

Cuando me vieron llegar, yo sonreí para no preocuparlos, pero por dentro sólo sentía un vacío muy grande. “¿Y la niña?” pregunté. “Pues está muy bien, en observación y pronto la traerán”. Hasta las 6 de la tarde no pude verla. Me dijeron que fuese yo al nido donde estaba. Pero no podía ni moverme de la cama. Así que opté por no ir. Al final la trajeron a la habitación, ¡qué cantidad de pelo! Me hizo mucha gracia ver tanto pelo en un bebé. Entonces la cogí y me invadió una sensación magnífica de amor. Aquél fue el único momento reconfortante que tuve en ese hospital.

Bueno, el resto de mi estancia también da que hablar. Las enfermeras no me lavaron ni una vez. El médico que pasó a verme me dijo que la herida debía estar más limpia. De repente me puso las manos en mi barriga y apretó con todas sus fuerzas sin avisar. ¡Qué dolor tan terrible! ¿No podía haberme dicho lo que me iba a hacer y para qué? Entonces, cuando se marchó el doctor le dije a una enfermera que si me podía lavar pues no tenía fuerzas para llegar al baño. A lo que esta me contestó: “te levantas poco a poco y te sientas en el bidé y ahí te lavas estupendamente” Yo sé, por la experiencia de mi hermana que dio a luz en Baza en un hospital comarcal, que allí las enfermeras pasan hasta tres veces al día con una tetera de agua caliente, una cuña y no sé si un antiséptico y te lavan si tú quieres. ¿Por qué aquí no?
Salí de ese hospital tremebundo sin ganas de volver más. Mi marido fue a poner las pertinentes quejas por el mal trato del celador, por la comida que era “incomible” y por la desinformación. Hasta habló con el jefe de celadores. Pero la entrada del hospital es muy bonita y tienen hasta una oficina de información donde son muy amables y donde muy amablemente convencieron a mi marido de que no pusiera ninguna queja.

Así que entre eso y la cantidad de papeles que tuvimos que hacer para mi baja maternal, etc. Pues lo fuimos dejando. Yo, como muchas de las mujeres que hablaron en el documental, pensé que Ariadna estaba bien y que eso era lo importante. Pero eso sí, tuve una anemia galopante en los dos meses siguientes al parto. Cada noche soñaba con mis gritos y mi niña que no lloraba, cada vez que oscurecía, empezaba a llorar sin consuelo alguno y no sabía muy bien el motivo. Y más aún, por culpa de la episiotomía y demás tardé más de 4 meses en tener relaciones sexuales las cuales fueron deprimentes al principio. Con el tiempo, todo se ha estabilizado, pero ya han pasado más de dos años de aquello y no quiero ni pensar en quedarme embarazada de nuevo por tanta frustración sufrida.

Muchas gracias por vuestra atención y espero que esta historia sea leída por muchos futuros padres y madres para que cuando les llegue el momento de tener a su hijo sepan cómo reaccionar exactamente

“Nuestra hija Ariadna es lo mejor que nos ha pasado. Qué pena que viniese al mundo de esa manera tan atropellada”

Carta escrita por Graciela Marín Abril