316

La historia de los nacimientos de T y S.

Para hablar del parto de T., mi segundo hijo, es necesario que os cuente un poco por encima la experiencia del nacimiento de S., dos años antes.

Con S. tuve un embarazo ideal, incluso me fui de luna de miel estando de 9 semanas, y me encontraba fenomenal en todo momento, tan solo tuve mucho sueño durante todo el embarazo, pero como trabajaba de tarde, y no tenía nada que lo impidiera, dormía todas las horas que el cuerpo me pedía. Intenté cuidarme todo lo que pude, y salía a andar todos los días, una o dos horas incluso… también hacía natación para embarazadas dos días en semana. Los meses fueron pasando, y todas las pruebas estaban bien, mi niño estaba sanísimo, y crecía estupendamente dentro de mí. Ya en la semana 32 el peso aproximado era de 3kg, así que se daba por hecho que S. sería un niño grande. Llegó la semana 40 y yo estaba más fresca que una lechuga, no tenía ningún síntoma de nada, ni sabía lo que era una contracción, ni siquiera notaba las de Braxton. Siguieron pasando los días, y la cosa seguía igual, así que estando de 40+3 me tocó ir a monitores. Nadie me explicó en qué consistía aquello, así que me llevé el registro de turno, una exploración dolorosísima y una amnioscopia, sin ninguna explicación. Recuerdo además la mala cara del ginecólogo al quejarme del daño que me estaba haciendo (no podía evitar subir el culo hacia arriba y él se quejaba de que así no se podía hacer nada). Después, el mismo protocolo a la semana siguiente, estando de 41, de 41+3 y el día del ingreso para inducción, de 41+5. Yo ni me planteé que las cosas pudieran ser de otra manera, aunque sí sabía que las inducciones tenían más posibilidades de acabar en cesárea.

El día de la inducción, me hicieron monitores y decidieron, sin explicarme nada, que no me pondrían el “tampón” que ablandaba el útero, y que empezaríamos directamente con la oxitocina. Pues bueno, yo que iba a decir, si los ginecólogos pensaban que era lo mejor… me rompieron la bolsa, y aun tuve que dar las gracias porque me dejaron quedarme de pie. Era temprano, no tenía dolores, había dormido bien… no me apetecía tumbarme. La matrona me ofreció mil veces la epidural, yo quería ver si aguantaba sin ella, así que mil veces la rechacé. De vez en cuando aparecía por allí una mujer con cara de acelga (era la ginecóloga) y miraba el registro... torcía el gesto y se iba. Así, desde las 10 de la mañana que me rompieron la bolsa hasta las 17 de la tarde… yo sin dolores, y tan tranquila… me dijeron que tenían que hacerle una prueba al bebé, que si el ph daba bien podíamos seguir con la inducción, y que si daba mal, iríamos al quirófano para una cesárea de urgencia. Tardaron como una hora en hacerme la prueba porque había un fallo o algo así en el instrumental para sacar la muestra, pero los resultados dieron bien. Seguíamos con la inducción. A las 20 de la tarde hubo cambio de turno… y de repente, llegaron otras personas que no eran las que me habían atendido durante todo el día. Un señor vino y me dijo que nos íbamos a quirófano, que mi hijo nacería por cesárea. Yo, feliz en mi ignorancia, pensé que sería lo mejor y punto, que yo estaba dentro de ese 20% de las estadísticas de mi hospital. S. nació 35 minutos después del cambio de turno.

Esa fue la peor parte, llegó el anestesista, y como lloré mientras me ponía la epidural… ¡que dolor! Me metieron al quirófano y me ataron las manos como a Jesucristo en la cruz, yo alucinaba. Empezaron a hablar cada uno de sus cosas hasta que se dieron cuenta que la incisión que me habían hecho era demasiado pequeña para sacar a mi bebé, así que volvieron a cortar un poco más. Luego resulta que el niño no salía bien y tuvieron que ir a por unos fórceps… a partir de ahí solo recuerdo dolor y como si alguien me estuviera pateando las tripas, yo no dejaba de llorar y el ginecólogo me decía que no me podía doler, que no era para tanto… el anestesista me intentó tranquilizar y no sé que me metió en la vía, porque no me acuerdo de mucho más, solo que un señor se me subió a la tripa justo antes de que saliera mi niño. Le oí llorar, y el ginecólogo me enseño algo envuelto en una tela verde y me dijo “mira a tu hijo, que luego os quejáis de que no os los enseño”. Estuve tres horas en reanimación, al menos pude recibir visitas porque mi madre trabajaba en ese hospital y la dejaron pasar, pero yo no recuerdo haber hablado con ella, solo recuerdo mucho dolor y llorar porque quería ver a mi hijo. Decir que al niño no se lo llevaron a su padre ni nada por el estilo, estuvo en el nido hasta que yo salí de la reanimación.

A día de hoy, solo sé que mi hijo nació sano, y que en un principio, la cesárea fue por sufrimiento fetal, ya que se supone que S. tenía bradicardias con mis contracciones (yo juraría que no tuve…), pero en el informe del alta, solo pone cesárea por NPP (no progresión de parto). S. tuvo apgar 9 y 10, y es un niño sanísimo. No sé si mi cesárea fue “innecesarea”, pero sí sé que la inducción lo fue a todas luces.

Los efectos de la cesárea fueron brutales, tanto a nivel físico, como emocional. Me hinché como una pelota (hasta el día del ingreso tuve unas manos y piernas que eran la envidia de cualquier embarazada, no retuve nada de líquido, ni me hinché) y tenía unos dolores horribles, tardé 15 días en aguantar de pié lo suficiente como para atender a mi hijo. El dedo gordo de mi pié derecho nunca despertó de la epidural, y tuve unos dolores de cabeza horribles durante más de un mes. A nivel emocional, estaba devastada, no conseguía sentir el enamoramiento del que me hablaban mis amigas cuando veían a sus bebes… me sentía culpable, veía a mi bebé y no me creía que hubiera estado dentro mía… veía a mujeres embarazadas y le decía a mi marido que yo lo que quería era estar embarazada otra vez…

Fue a raíz de esta experiencia que me empecé a informar… me di cuenta de las barbaridades que habían hecho conmigo en este hospital, a pesar de que se supone que me trataron estupendamente, porque era “de la casa”. Leí foros, artículos, experiencias de otras cesáreas, y empecé a soñar con un parto respetado. A los 14 meses del nacimiento de S. me quedé embarazada de nuevo. Contraté un seguro privado, pues donde vivo no hay más que el hospital donde nació S., y la verdad, no me apetecía cambiarme de comunidad, tenía que empadronarme con mis padres de nuevo… era un jaleo.

El embarazo de T. fue horrible. Las nauseas y los vómitos no cesaron hasta la semana 20. Justo para entonces S. comenzó la guardería y empezó a traer a casa todo tipo de virus que yo cogía sin excepción: hasta la fecha del parto tuve 4 gastroenteritis con principio de deshidratación y correspondiente ingreso, una otitis, unas anginas y tres constipados de tenerme en cama durante una semana. Eso más las nauseas matutinas que de vez en cuando hacían su reaparición. De hecho aun no sé si la vomitona del día del parto fue gastroenteritis o la misma preparación al parto, como había oído y leído muchas veces.

En este embarazo todo sería diferente… estuve toda la gestación convenciéndome de que podía parir, que soy igual de mamífera que cualquier otra y que todo iba a ir bien. Mi marido me ha apoyado desde el minuto uno, y mi familia, pues bueno, no confiaba demasiado, seguían pensado que era muy peligroso y que al final, T, también nacería por cesárea. También es verdad que nunca me transmitieron sus preocupaciones, y yo les cortaba cada vez que salía el tema. Por su parte, el ginecólogo me transmitió también mucha confianza, yo acababa llorando en la consulta cada vez que hablábamos del parto… no entendía mucho mis miedos hasta que le conté con pelos y señales cómo recordaba yo el nacimiento de S.

A partir de la semana 32 comencé con contracciones de Braxton, y bastante molestas, por cierto. Luego a partir de la 36 ya tuve alguna de esas que “picaban” un poquito más… cada vez que los dolores me impedían hablar sentía una alegría infinita… siempre mi marido bromeaba y me decía que sería de las pocas parturientas que disfrutara con el dolor… a partir de la semana 38 comencé con monitores, pero solo eso, monitores… nada más. Estaba tranquila, esperando que llegara el momento… sabía que iba a llegar. Llegó la semana 40 y mi ginecólogo se fue de vacaciones, así que no me programaron monitores y ecografía completa hasta la 41. Yo encantada, porque ya comenzaba a temer una nueva inducción… entonces llegó el día. Estando de 40+5 me levanté bastante revuelta, como mi marido había estado con gastroenteritis tres días atrás, ya di por hecho que me había tocado otra más. Vomité el desayuno y nos fuimos a pasear, en el camino bromeamos con la tripa, animando a nuestro pequeño a salir, le contamos las ganas que teníamos de verle… y parece que nos escuchó. A las 20 de la tarde me fui a la cama, llevaba todo el día sin comer nada y estaba cansada. Entonces me di cuenta que no me encontraba bien, que las contracciones comenzaban a “picar” más de lo normal y que no paraban… aguanté en la cama hasta las 23, pensando que, como muchas noches, se pararían en cuanto conciliara el sueño. A las 23.30 me fui con mi marido al salón, le dije que no me podía dormir, que me molestaban las contracciones pero que no me dolían los ovarios ni tenía dolor de regla, que eran “de riñones”. A la 1, viendo que no paraban, comenzamos a cronometrar, duraban un minuto y venían cada 5. Ya eran molestas, aunque soportables, siempre que estuviera de pié, así que llamamos a mi padre para que viniera a quedarse con S. Mientras llegaba, me duché y lo preparé todo. Llegamos al hospital sobre las 3.30, yo sabía que era pronto, que aún me quedaba mucho, pero temía más que nada la hora y pico de coche hasta el hospital. Mi marido me tumbó el asiento, me puse de lado con una pierna apoyada en el salpicadero y lo llevé bastante bien.

Ya en el hospital, en urgencias no fueron tampoco demasiado amables, me pusieron la vía (era lo único no negociable) al segundo intento y la ginecóloga de guardia era bastante seca, aunque esperó a un intervalo entre contracción y contracción para hacerme el tacto, me hizo un daño considerable. Como los monitores daban dinámica de parto y estaba de 1 cm, tramitaron el ingreso. Al poquito vino un celador y me subieron a mi habitación. Allí haría toda la dilatación. La verdad es que me encontré muy cómoda, me puse mi ropa de estar en casa, la matrona me trajo una pelota de Pilates y me dijo que cuando se animara la cosa, que la llamáramos. A partir de aquí, las horas las tengo un poco difusas… estuvimos un rato experimentando con las luces de habitación y baño, me gustaba más estar en penumbra, y así mi marido podía descansar un poco. Recuerdo que me apoyaba en la cama, y rotaba la cadera subida a la pelota. También recuerdo que utilicé una frase que leí en un relato de parto hacía poco “tal como viene, se va”. Esa frase la repetía constantemente durante el pico de la contracción. Por cierto, yo no sentía esas “oleadas” de las que había oído hablar… eran más bien puñaladas que entraban y salían de mis riñones. Poco antes de amanecer volvimos a llamar a la matrona porque las contracciones empezaron a picar bastante, y tenía los riñones muy doloridos. Me exploraron y me llevé un poco de chasco, puesto que seguía de 1 cm, aunque el cuello estaba prácticamente borrado. Ahí tuve mi primer bajón y pérdida de control. Comencé a llorar abrazada a mi marido, que me daba ánimos y me recordaba que ya sabíamos que la cosa iba a ir para largo. Poco después de eso, hubo cambio de turno, y llego María, mi salvadora, una matrona gaditana encantadora. Se presentó (cosa que no recuerdo que hicieran otros) y me puso el monitor un rato, lo mínimo para asegurarse que T. estaba bien. Me animó mucho, porque T. estaba perfecto y me decía constantemente lo bien que lo estaba haciendo, que mis elecciones (presenté un documento anexo al consentimiento de ingreso con mis preferencias de parto natural) eran fabulosas, que todo iba a ir genial… vamos, lo que necesitaba oír. Luego llegó una ginecóloga encantadora, que me preguntó si pensaba parir sin epidural, le dije que estaba todo en el documento que había entregado (yo aquí me puse un poco a la defensiva) y me animó a ello, que iba a ser duro, pero que merecería la pena. Luego me contó que ella había parido hace poco así y que lo malo se olvida pronto. Si no me equivoco, se llamaba Alexandra.

Justo cuando estaba diciéndole a mi marido que me trajera algo de comer a escondidas (pensaba que al estar dilatando no me iban a dar nada), llegó María con la bandeja del desayuno… me supo a gloria. Me comentó que comer me vendría genial, que tenía que intentar descansar un poco entre contracciones y que en un par de horas valoraríamos administrarme una medicación que me ayudaría a dormir un poco y que ayudaba también a terminar de borrar el cuello. Le pregunté si era el propex y me dijo que no, que con esto no había riesgo alguno aunque hubiera cesárea previa. No recuerdo el nombre porque finalmente no hizo falta, ya que sobre las 12.30 del mediodía vino a hacerme otro tacto y me dio la gran noticia: “Sofya, estás de parto”. Había llegado a 3-4 cm, que podía no ser mucho, pero esa frase… me llenó de endorfinas que creo que hicieron que las cosas se aceleraran. Me comentó también que ahora la cosa iría como a un cm por minuto, y yo dije, bueno pues 6 horas más… las aguanto, total, ya estoy de parto… a día de hoy no sé mi me mintió y realmente estaba de más… porque a las 13 trajeron la comida y mientras masticaba un trozo de filete… sentí una contracción que me obligó a escupir la comida y tirarme literalmente al suelo. Recuerdo que era “diferente”, mucho más dolorosa y larga, como más profunda… cuando conseguí recuperarme, me incorporé y oí un “chas”. Había roto aguas. Avisamos para que vinieran a limpiar, y yo preguntaba todo el rato si eran claras, porque tenía que tener los ojos cerrados cuando venía la contracción y no veía nada. Sobre las 14 vino María de nuevo, le contamos las novedades y en otra contracción la vi torcer el gesto. Me preguntó que desde cuando estaba gritando durante las contracciones y si tenía ganas de ir al baño. Le dije que no me había dado cuenta de ello, y me dijo que le había sonado a expulsivo… me pidió permiso para explorarme, esperó al descanso entre contracciones (como siempre lo hizo durante todo el proceso) y nos confirmó que estaba prácticamente en completa. Me dijo que mejor nos íbamos al box de al lado de paritorio, que quería que estuviera cerca “por si acaso”. Pidió una silla de ruedas, pero yo preferí ir andando. Ahora lo pienso…y menudo espectáculo… porque cada vez que venía la contracción yo me ponía en cuclillas y gritaba muy fuerte… y tuvimos que cruzar todo el pasillo de la maternidad y neonatología. A partir de aquí sí lo tengo todo un poco difuso, T. venía en posterior, pero ya lo sabíamos, y yo tenía que facilitar que se colocara. Me hice “caca” en cada contracción, y recuerdo a María poniendo y cambiando empapadores de todos lados y aconsejándome diferentes posturas. Las probamos todas: a cuatro patas, en cuclillas, de pié, tumbada de lado con la pierna levantada… y finalmente la peor de todas, tumbada boca arriba. Era insoportable, y María me dijo que en esa postura, no sabía por qué, era como mejor estaba rotando S., así que me animó a aguantar. Poco después escuché un “clac” mientras María tenía sus manos dentro de mí. T. se había colocado en el canal del parto. Justo después fuimos a quirófano, me dijo que prefería estar en quirófano porque llevaba mucho tiempo de expulsivo y no quería tener sustos con la cicatriz. En el quirófano me subí al potro y me lo colocaron a mi gusto, yo le dije con muy mal gesto a todos los que estaban allí que el expulsivo en litotomía era lo peor, que no me quería desgarrar… pero María de nuevo me explicó que mi niño prefería esa postura para descender, y que todo iba a ir bien. Ahí escuché que le dijo al ginecólogo: “ahora sí que parece que será parto vaginal”. Levanté la cabeza y les grité que si hasta ahora no lo estaba siendo… enseguida se dieron cuenta que ese comentario no había sido acertado y se concentraron más en mí, en cómo debía empujar, y donde me debía agarrar. Mi marido se quedó en la cabecera todo el tiempo, no quería que le viera la cara… tenía el cuerpo descompuesto de escucharme gritar y no le hacía especial ilusión mirar “ahí abajo”. Recuerdo empujar, empujar y empujar y gritar, gritar y gritar. Recuerdo que María me contó que pronto sentiría el aro de fuego y que me pedirían que no empujara, para no desgarrarme. Recuerdo a María embadurnándose las manos con algo y masajeando mi periné una y otra vez, una y otra vez. Recuerdo hablar algo entre contracciones, seguían dándome tiempo para recuperar un poco el aliento. Recuerdo gritarle al ginecólogo “¡no quiero que me rajes, no quiero que me rajes… prefiero desgarrarme yo!”

No sentí aro de fuego, solo una especie de descorchamiento de toda la zona y cuando pensé que no iba a acabar nunca, me incorporaron rápidamente y terminé de sacar a T. de mi interior. Nació a las 15.40, en posterior, con los ojos abiertos, y mirándome fijamente. Fue una experiencia salvaje, indescriptible, ese olor… por fin entendía y sentía lo que tantas veces había leído… T. nació perfecto, con 3.740 Kg y 51 cm. No me llegué a desgarrar, solo tuve unas pequeñas laceraciones que el ginecólogo prefirió no coser. La placenta salió unos minutos después, sin ningún esfuerzo.

Las siguientes dos horas las pasamos los tres juntitos, desnudos, haciendo piel con piel, aunque T. no se quiso enganchar al pecho hasta un buen rato después. A las tres horas me metí en la ducha, me vestí, me peiné… y aunque sentía alguna molestia “en los bajos”, me encontraba estupendamente. De hecho, todo el mundo le decía a mi marido que por su cara, parecía que había parido él. Por cierto, cuando por fin acabó el expulsivo, mientras yo lloraba de felicidad como una loca, mi marido me susurró entre lágrimas “no vuelvas a hacerme esto nunca más, por favor”. Me confesó que estaba muy orgulloso de mí, y no tanto de él mismo, ya que estuvo más pendiente de no derrumbarse que de servirme de apoyo. A nivel emocional sufrió mucho, con cada uno de mis gritos se le partía el corazón, me decía. Yo sí le recuerdo disponible, presente, apoyándome en todo momento. Supongo que a él le hubiera gustado “hacer más”.

Al día siguiente, la ginecóloga que me había animado tanto (no fue la misma que en el expulsivo) y María me contaron que si hubiera pedido epidural, muy probablemente habría acabado en cesárea, ya que a T. le costó mucho rotar y colocarse en el canal de parto. Me felicitaron por aguantar tanto tiempo de expulsivo, ya que en total fueron unas dos horas las que me tiré empujando.

Hoy, un mes después, me doy cuenta que se me han olvidado muchos detalles de esas horas mágicas. Pero lo esencial sí que lo recuerdo, y sobre todo, que pese al mal rato, repetiría una y mil veces. T. ha curado por completo la herida que me dejó el nacimiento de su hermano, sobre todo porque he dejado de sentirme culpable por muchas cosas, y he empezado a sentirme orgullosa de mi misma, como mujer, y como madre.

Por último, decir que este parto fue atendido en el Hospital Quirón de Madrid, y que aunque muchos decían que sería una lotería, a mi me trataron estupendamente. No conseguí averiguar el apellido de la matrona María, pero no creo haya muchas gaditanas allí con ese nombre. La ginecóloga primera que me atendió fue Alexandra Henríquez (aunque no me llegó a atender como tal, solo vino un par de veces a la habitación a animarme) y el ginecólogo que atendió el expulsivo fue Hernández Cortés. Decir que solo estuvo presente los últimos 15 minutos de pujos, y que prácticamente no intervino. Me miró y remiró después del alumbramiento para vigilar la hemorragia y decidió ponerme oxitocina para que contrajera más rápido el útero.