533. EL PARTO SIN EPIDURAL DE NATHALIE EN O’DONNELL

Sobre: 
Parto Vaginal (PV)
Categoría: 
Parto
Nombre padres: 
Charlene
Guille
Nombre bebé: 
NATHALIE
Lugar de parto: 
Hospital Maternidad O’Donnell
Lugar: 
Madrid
Año: 
2015

EL EMBARAZO PRIMERIZO DE NATHALIE 

Siempre quise tener hijos, como una cosa normal de toda la vida supongo. No soy la típica loca de los niños que se lanza a por cada uno, me gusta respetar su espacio propio, ni es que sean todos adorables y me atraigan a la fuerza (y más hoy en día, perdonadme mi sinceridad…). Pero siempre supe que quería los míos. Más pegas me da la vida, y más ganas me entra de acompañar un pequeño ser, fuerte de lo que me enseñó la experiencia, unas ganas especiales de transmitir a una personita especial. Sin embargo, la vida me llevaba, de un sitio a otro, sin que viera llegar el momento. Peor, mi pareja no querría hijos, y cerré los ojos por estar en un momento realmente difícil como para añadir una complicación más, con otras luchas interiores, y ¿cómo podía ser cuando una pareja se lleva de maravilla como nosotros? Seguí…

¡Hasta que ocurriera el milagro! Tú, pequeña, decidiste acurrucarte ahí dentro calentita, y fue increíble. Lo siento querido, pero la verdad es que sentí una luz y una paz interior infinitas… La maternidad es un misterio insondable. En este caso, mezcla terrible de alegría y horror por no poder compartirlo con la persona que más quiero en el mundo.

No compré test de embarazo. Empecé a dudar pero me entró tal relajación que lo dejé a “que será, será”. Y rápido llegó todo lo complicado, la tortura. ¿Cómo iba a ser YO madre soltera? Sin pareja? Separarme de verdad? Mi mente es muy clásica, criar a un niño sola? Tampoco lo hubiera imaginado jamás… Llegué delante de mi doctora totalmente perdida diciéndole que íbamos a hacer como si siguiera, y como si no… ¡Gracias doctora por tu finura! (¡por fin me tocó un doctor decente!). Poco tiempo, ni más de 10 minutos, pocas palabras, pero las buenas, y la actitud lo hace todo…

Dolorosos momentos, se me partió la vida entera. Pasé la ecografía en la clínica para abortar antes que en el centro de salud. Mi alma le estaba gritando al ginecólogo: “por favor, ¡gire la pantalla! “. Intenté darle tiempo, intenté darnos el tiempo de entendernos mejor, de arreglar, ordenar algo. Pero mi realidad es que me fue imposible, imposible quitarte el derecho a vivir cuando te intuía llena de salud y con mucha fuerza. En el fondo, sabía que tenías que estar aquí.

A los dos meses y medio desapareció la pareja. Y yo, sola, fuera de mi país, lejos de los míos, por trabajo a distancia de mi (ex) pareja. Decidí protegerte, que no te afectarán demasiado mis emociones, empecé a prepararme para recibirte y a dedicarte la última hora antes de acostarme todos los días hasta que nacieras. Sentí la necesidad de estirarme, trabajar la cadera, hacerte sitio dentro de mí, busqué sesiones de yoga para embarazadas por internet hasta que encontrará un curso real. Intentaba sentirte. Me mudé del piso compartido con gente que no me llenaba para un estudio más cerca de mi trabajo, un nidito.

Cuando llegó el día de la primera ecografía, ¡bendición que la providencia me mandó mi amiga mexicana a Madrid! no tenía muchas expectativas, andaba superada, desilusionada por la soledad. Pero que alegría y que risas al descubrir juntas un pececito con piernas nadando a su aire dentro de su burbuja, haciendo trampolín y enseñándonos su mini culo. ¡Qué cosa más increíble! ¡Qué vitalidad! ¿Cómo podías moverte tanto y yo no sentir nada? Eras como te intuía, ¡fuerte!

Empecé los cursos al parto con mi matrona “tonta” un poco antigua que nos llenaba de videos. Bien, pero poco feeling con ella. Los ejercicios de preparación al parto, bien para personas que no se mueven nunca, pero en mi caso, un poco superficial y robótico comparado a mis hábitos de yoga y sobre todo, poca transmisión femenina por parte de la matrona. Todo el mundo parecía beber lo que se nos vendía y por supuesto que mucha información es válida. Pero a veces, no podía impedirme sentirme como una oveja negra con otro nivel de preocupación sobre los protocolos del hospital por ejemplo y me solía callar para que no me fichen como una hippie rara, demasiado débil para ir abiertamente en sentido contrario a los demás. Se me subió la exasperación el día que nos dijo que ¡había que empujar como para hacer caca!!! ¡Tuve ganas de decirle que mi bebé no iba a nacer por mi culo! en vez de enseñarnos a localizar bien el periné y a controlarlo! Todo para favorecer grandes desgarros…

Mi super matrona se puso borde el día que pensé hacer bien por avisar que no me quedaba para la sesión de ejercicios (aquel día me cruce todo Madrid para asistir a una reunión de El Parto es Nuestro): “Pues, ¡cerrar la puerta que tenemos que empezar!” – sin remordimiento ninguno! Estaba sola para este embarazo y, lo siento decir eso, pero dada mi experiencia con el cuerpo médico en España, lo que más temía era el trato médico durante el parto. No quería que me tratarán mal, que no les entendiera, que me hagan cosas sin avisar, que me roben ese momento ya que mi situación no era ideal… por eso mismo empecé a buscar información, que encontré en mayoría en vuestra web y en la guía de la mujer consciente para un parto mejor. Me enteré de lo del plan de parto que desconocía y encontré respuestas a muchas cosas que intuía o no que querría para mí. ¡Mi desgracia me ayudó a prepararme mejor que lo hubiera hecho en ninguna otra circunstancia!

No encontré el curso de yoga en mi nuevo barrio, pero un curso de preparación al parto natural, ¡lo que me pareció mejor! Aunque tardé un mes en contactar con la persona porque al conocer la recepcionista, tan exageradamente amable, me pareció un centro de iluminados. Pero cuando llamé a María, descubrí una voz profunda, centrada y con carácter. Nos vimos y me enamoré. María, siempre te agradeceré tu apoyo. Fuiste mi matrona, mi madre, mi amiga. Me cuidaste las heridas emocionales, me diste Reiki y mi bebé se ponía a bailar con tanta fluidez, me enseñaste a respirar (mucho mejor que la matrona) y a empujar tumbada (yo que no querría que me obliguen en esa posición…) desde el diafragma (¡nada que ver con la zona del culo!), me mentalizaste para el día D. Fuiste la figura femenina que transmite su sabiduría a las generaciones siguientes. Mil gracias. Ya te dije que sin ti, mi embarazo no hubiera sido igual. ¡Viva los iluminados!

Así llegue al parto con paz y fuerza interior, con confianza en la capacidad de mi cuerpo a pesar de todo lo que pueda ocurrir en un parto. Disfruté mi embarazo, con la gran suerte de no haber conocido ninguna complicación física, me encantó, me quitaba las náuseas comiendo cada 2 horas llevándome diariamente al trabajo bizcocho casero, bocadillo, frutos secos, yogur y galletas… al cuarto mes, empecé a no poder dormir más allá de las 5h de la mañana, algunos días me salió un poco de ciática y mi pierna se quedaba bloqueada cada vez que me paraba en un semáforo, con 7 meses y medio, me hice un esguince torciéndome el pie en un bache de la calle Princesa… Pero tenía alas. En el trabajo me movía lo más posible entre mis dos puestos, cambiando de planta, siempre activa para no caerme de sueño delante del ordenador, hablando con todo el mundo con alegría (si supieran lo qué me pasaba…). Me sentí conectada a todas las mujeres desde el principio de los tiempos. Sentí nacer en mí una fuerza profunda y potente, en harmonía con la vida. Ya no se me quitará, soy más mujer que nunca. Así llegué a mi parto natural sin epidural. 

 

EL PARTO SIN EPIDURAL DE NATHALIE EN O’DONNELL MAYO 2015

A pesar de nuestra separación, conseguí que Guille me acompañara en el parto. Fuera de mi país, de los míos, sola, necesitaba su presencia. Sabía que podía contar con su gran don social para parar a un médico un poco brusco cuando yo estaría en mi planeta parto, en plena debilidad, y así fue.

Que me acompañara, bueno, ¡es decir que venía para 27h!…¡¡¡y me puse de parto!!!

Hacía días y días que le decía a nuestra/o peque “Ahora tienes que esperar a papá. Quédate calentita/o pero cuando esté, vamos a trabajar”. Llegaba el domingo por la noche tras 4h de viaje, y por la mañana, me fui al parque del retiro a andar todo lo que podía a buen ritmo. Después de una hora descansé en un banco. Intenté volver a andar media hora más pero ya no tenía la misma energía y volví a casa 

La mañana siguiente, me levanté algo diferente. No sabría decir qué pero no me sentía igual. ¿Será para hoy? Ya había perdido el tapón mocoso dos días antes. Hacía varios días que sentía un empujón en la pelvis. En el último mes, me dio por beber infusiones de hojas de frambuesa (truco olvidado que había leído en internet pero que me recomendó una amiga aconsejada por su ginecóloga) y por tomar homeopatía para ayudar a tener contracciones regulares y eficaces.

De mediodía, aprovechamos por fin el primer día bueno de primavera para comer en mi terraza. Al final de la comida, sentía un empujón más pero vi un bichito al suelo y le comenté a Guille: “oh, mira este bicho, cuando lo pisas, se hace el muerto pero ¡después el cadáver desaparece!”. Había visto algunos estos dos últimos meses aparecer en mi baño y pensaba que había un nido de arañas pequeñas… Pero el veredicto tras buscar en internet fue irrevocable: ¡¡¡GARRAPATAS!!! Miramos, vimos una segunda, una tercera… diez…veinte. ¡Con el calor, estaban saliendo todas no se sabe de dónde! ¡A quemar garrapatas! Guille se encargó de la terraza y yo volví a limpiar a tope todo el baño más la cocina como lo había hecho 8 días antes como toda buena embarazada a punto de dar a luz… Y así pasó la tarde, tirando cosas, limpiando, moviendo muebles… Ya hablábamos con el casero de desalojar la casa para fumigar.

A las 19h, cuando empecé a levantar cabeza, me sentía cansada y de mal humor. Me preguntaba si estaba de parto pero no tenía contracciones, sólo esa presión en la pelvis. Me habían dicho que cuando estaría de parto lo reconocería, con contracciones cogiendo toda la cintura hasta la espalda, pero nada de eso. Seguí arreglando cosas, cené ligeramente con sopa por si acaso y creo que una hora después vomitaba lo que me sobraba para el trabajo. Alrededor de las 22h se confirmaron las contracciones regulares (en mi caso, nunca más que ese enorme empujón hacia abajo) y le confié a Guille la responsabilidad de cronometrar los intervalos. Me hice el enema tranquilamente. Ahora no querría estar pendiente del reloj ni pensar en nada más que lo que estaba pasando en mi cuerpo. Decía “otra”, respiraba grande y soplaba lentamente para aguantar y oxigenar bien a mi bebé. Me dio por decir “Ooooooooooo”. Puse la música relajante que solía escuchar cada día estirándome. Me movía a mi aire y entre dos contracciones seguía juntando papeles, repasando la maleta… Prefería quedarme lo más tiempo posible en casa, pero 2h después, ya me entraba la duda de ir al hospital. Empezaba a sentir la necesidad de estar instalada en el lugar definitivo de mi parto y acabar con las gestiones ajenas como el viaje, el tiempo de ingreso etc. Quería tranquilidad. Tenía contracciones cada 5 mn y a veces mucho menos.

A las 00h30 nos fuimos en taxi para la maternidad de O’Donnell. Me había decidido 4 semanas antes a cambiar de hospital ya que después de mi mudanza me tocaba más cerca y además, dispone de habitaciones individuales. Cuando me vio la ginecóloga después de una pequeña espera en observación, estaba de 4,5 y me subieron acompañada de Guille al paritorio. Ahí se puso a hablar con la matrona mientras me enchufaban, así que el ambiente estaba relajado mientras yo quedaba concentrada: “Oooooooooooo”. Di mi plan de parto y avisé que en principio no quería epidural. Me decepcionó que no tuviesen monitor inalámbrico y que el protocolo obligaba a que fuese continuo. Quería estar libre en mis movimientos para adoptar las posiciones que me aliviarían más, y ahora me limitaban apenas 2m de cable. Me quedé de pie balanceando. Ana, la matrona me propuso una pelota de pilates, lo que me alegró. La probé, pero creo que iba demasiado avanzada ya y me resultó muy incómoda. La abandoné y Ana se despidió para las dos próximas horas. 

Aunque limitaba mi balanceo, el monitoring no paraba de perder la señal y empezó un baile de idas y vueltas para reenchufarme. Aunque lo aguantaba con la mano, el aparato era muy sensible y no hubo manera. Me dijeron que la ginecóloga ya estaba amenazando por si no me quedará quieta y me obligaron a tumbarme. ¡Que bajada! Es lo que quería evitar. Ahí me pilló la matrona y me dijo que tenía las típicas contracciones de las mujeres que toman homeopatía (creo que querría decir fuertes y regulares). Me tumbé de lado y el dolor se hizo mucho más pesado. A pesar del enfado, intenté no ceder al pánico sobre lo que podría aguantar o no. Volví a encontrar la “calma” con mis “Ooooooooooo”, más intensos, avanzando hacia lo desconocido. Las dos siguientes horas fueron las más difíciles pero estaba dentro de mí, como drogada y mi recuerdo queda un poco borroso. A pesar de mi mal estar, me medio dormía entre las contracciones. Después de 2 horas así me entró un poco de desesperación – “¿hasta dónde puedo llegar? La inmovilidad forzada me exasperaba, ¿y porque la matrona no vuelve?...”- Decidí tranquilizarme e intentar una sesión de relajación. A medida que “relajaba” cada parte de mi cuerpo empezó a aparecer la duda: “creo que tengo ganas de empujar”. Pedí a Guille de llamar a la matrona. Me examinó y me anunció: “¡10!”. ¡Dios mío, mi cuerpo me decía la verdad, había llegado el momento de empujar!

Ana me pidió aguantar un poco más mientras me preparaba con la ayuda de dos enfermeras. Perforó la bolsa. Respiraba como me lo había enseñado María para aguantar la presión, como perrito. Guille hablaba con Ana que le explicaba todo; parecía un estudiante de medicina asistiendo a su primer parto. A partir del momento que empecé a empujar con las contracciones, no recuerdo dolor. Por fin salía de la inmovilización y aunque seguía tumbada sobre la espalda, podía actuar. Entonces es cuando me alegro un montón haber aguantado sin epidural porque he podido seguir exactamente lo que me decía mi cuerpo. Empezó un buen trabajo de equipo entre mi bebé, la matrona y yo. Lo que me indicaba Ana era exactamente lo que sentía así que estaba en confianza, centrada para respirar bien y empujar eficazmente desde el diafragma. Sólo una vez se equivocó y me pidió empujar. Tuve la libertad de contestarle: “No, no tengo contracción”; “OK, con la siguiente”. Yo era maestra de mi cuerpo. Si digo la verdad, sentía miedo, miedo al abrirme. Y curiosamente, ese miedo es él que me decía de empujar muy suavemente, casi tenía que retener el empujón (por eso adivino ahora como la epidural puede ser un riesgo más de desgarro al seguir alguien que te grita “empuja” sin sentir tú si lo estás haciendo bien). Después de media hora, parece que se acercaba la amenaza de la episiotomía y me enteré que las tiritas estaban cerca. Parece que Ana estaba dudando y no entendía porque si por mí todo iba muy bien, ni se me hacía largo! Sabía que me faltaba poquito. Me dijo que lo intentábamos otra vez y salí de mi burbuja diciendo: “Sí, sí, ¡todavía puedo!!! Cuando salió la cabeza, me pusieron el espejo, pero me costaba levantar la cabeza y estaba tan concentrada que mirar alrededor me sacaba de este momento. A las 4h de la mañana salió mi peque con un grito muy agudo. “¡Es niña!” Me la colocaron encima y sentí este cuerpecito calentito con muchas ganas de conocerlo y protegerlo. Cortaron el cordón casi enseguida y me inyectaron oxitocina para sacar la placenta, al contrario de mi plan de parto. Ana me explicaba el protocolo con tranquilidad y ya no estaba en estado de pelear para rechazarlo. Me coso el pequeño desgarro con 2 puntos, nada. Nos dejaron solos un tiempo más en el paritorio y mi peque subió hasta agarrarme el pecho. 

Antes de salir del paritorio, le di dos besos a Ana que ha sido muy buena matrona, joven con tranquilidad, tacto y respeto. Me alegro que me haya tocado ella y no una amargada de la vida que te hace sentir mala paciente sin razón. Por eso mismo he hecho enseguida el duelo de mi parto ideal. 8 meses después (y desde los primeros días), tengo buen recuerdo de mi parto, sin perder de vista que también tuve suerte. Me siento fuerte y orgullosa. Tengo mucha admiración por mi pequeña y lo que compartimos ese día. Agradezco a Guille su presencia que creó un clima de relajación a pesar de su propia angustia interior.

En cuanto al hospital, no es suficiente llegar con un plan de parto. Hay que pedir cita con el ginecólogo para hablar de los protocolos antes del día D y así invitar los profesionales que nos acompañan a la conversación. En mi caso no pude por haber cambiado demasiado tarde de maternidad. Si el cielo me permite tener otro hijo, ahora que me conozco mejor, y ya que veo complicado que respeten todas mis opiniones, estoy muy convencida por parir en casa acompañada de una matrona. 

Y mi peque, ¡una pura maravilla! Me siento muy afortunada ser la principal persona que la acompaña. Ser mamá supera todo lo imaginable y cada gesto suyo me llena de felicidad.