429. El nacimiento de Irene, parto de Diana

Sobre: 
Parto Vaginal (PV)
Parto Inducido
Parto Instrumental (PI)
Maniobra de Kristeller
Categoría: 
Parto
Nombre padres: 
Diana
Nombre bebé: 
Irene
Lugar de parto: 
Fundación Jimenez Díaz
Lugar: 
Madrid
Año: 
2011

No sé cuál es la razón por la que me decido ahora a contar la experiencia de mi primer parto, intuyo que algo tiene que ver la cercanía del segundo. 

Parecerá raro, pero desde el momento en que salí de la sala de partos ya estaba pensando en mi segundo embarazo y sobre todo en el segundo parto, la sensación que tenía era de frustración porque no había podido parir a mi hija y estaba deseando tener una segunda oportunidad, que me dejaran intentarlo de nuevo.

Empezando por el final, diré que desde el instante en que me pusieron a mi hija encima ya no nos separamos más, hasta que terminó mi baja por maternidad (la efímera duración de ésta merece muchas páginas aparte). En el hospital no nos separaron en ningún momento, los pediatras venían a la habitación y allí en mi presencia le hicieron todas las pruebas necesarias, alguna enfermera y un matrón en particular me ayudaron con la lactancia, aunque he de decir que la segunda noche cuando los lloros de mi hija se hacía desesperantes claudiqué y pedí un biberón que no tuvieron ningún reparo en traerme rápidamente, aunque a la mañana siguiente cuando se lo conté a las pediatras estas pidieron explicaciones a las enfermeras y me enviaron al matrón para que me explicara como darle un suplemento con jeringuilla ya que la pobre era evidente que se estaba quedando con hambre solo con el calostro. 

Aparte de lo del biberón, tras el nacimiento he de decir que se respetaron todas las recomendaciones de la OMS y demás, y no tengo ni una sola queja del hospital ni de su personal. Otra cosa fue lo que ocurrió antes….

Después de salir del hospital y hasta no hace demasiado tiempo, cuando empecé a investigar acerca del parto natural y me he topado con la gran cantidad de información que existe, he de decir que describiría mi parto como bueno pues al final tenía en brazos a una niña sana y feliz. A parte de mi sentimiento de querer tener otro parto, que ya de por si dice mucho, empecé a descubrir que la atención hospitalaria no era la más indicada para un parto cuando en un grupo de mamas conocí a una que había parido en casa, opción que no solo me parecía descabellada sino negligente.

Bueno, entrando en materia, mi fecha probable de parto me la cambiaron al menos en un par de ocasiones, empezó siendo el 29 de agosto y la última que me dijeron fue el 25 de agosto. El seguimiento del embarazo lo hacía por mi seguro privado con un ginecólogo en el que confiaba. En cada revisión, una vez al mes, me hacía ecografía y eso me parecía estupendo. Luego, el último mes, los controles fueron cada semana y hacía el final me mandaron a los famosos monitores. En cada una de estas consultas el gine me preguntaba si había tenido contracciones y la respuesta era no, al igual que lo que salía en las gráficas de los monitores. Pues  en la última revisión, el 26 de agosto el gine me dijo tras un tacto que seguramente me pondría de parto ese fin de semana y que en todo caso el lunes 29 me llamaba porque la niña venía grande y no debíamos dejar que pasaran muchos más días para el parto. El lunes me llamó, me preguntó que si había tenido contracciones y me dijo que al día siguiente me pasara por urgencias porque habría que inducir el parto. Yo hasta ese momento había pensado en un parto lo menos intervenido posible, no porque supiera los beneficios ni porque supiera de las complicaciones que acarrean las intervenciones médicas en un proceso fisiológico, sino porque era lo que me pedía mi cuerpo, pensaba en la epidural pero bien es cierto que mi intención era aguantar lo máximo posible. 

Pues cuando el lunes me llamó el gine para decirme que ingresara al día siguiente el sentimiento fue de emoción y alivio porque el final del embarazo estaba llegando. No le conté a nadie que me iban a inducir y esa mañana temprano me presente en urgencias sin haber sentido ni una sola contracción. Cuando ingresé me reconocieron primero el gine y después una matrona para que corroborara la dilatación ( creo que 1cm). Me llevaron a la sala de dilatación/parto y tras preguntarme si quería el enema (acepte) me pusieron una vía y me enchufaron a la oxcitocina y a los monitores. Evidentemente desde ese momento quede postrada en cama, salvo un rato en que una matrona me preguntó si quería andar e intentó ponerme los monitores inalámbricos pero como estos no funcionaron pues nada, otra vez a la cama. A eso de las 2 aunque ya tenía contracciones intensas yo estaba aguantando el dolor muy bien pero vino una matrona y me preguntó si quería la epidural, yo le dije que de momento no, que quería aguantar un poco más pero ella me insistió en que si la iba a pedir de todos modos que lo hiciera ya porque era la hora de comer y los anestesistas se iban a comer y si la pedía en un rato seguramente tendría que aguantar con dolores fuertes bastante tiempo hasta que vinieran, me la pusieran y me hiciera efecto. Ante tal razonamiento yo dije que sí y el anestesista se presentó en la habitación al poco tiempo, eran dos personas no recuerdo si me dijeron quienes eran o si directamente se pusieron a la labor, el caso es que los dos intentaron ponerme la vía. Este es el primer mal recuerdo que tengo del parto, hicieron salir a mi marido y me pidieron que me pusiera en posición fetal al borde de la cama y fue entonces cuando me pusieron el analgésico y empezaron a pincharme una, dos, tres, cuatro… y luego el otro, que tampoco acertaba, pregunté que que pasaba pues además de la incomodidad de la postura ya empezaba a sentir preocupación y me dijeron que no daban con el punto donde debía entrar el tubito. Yo empecé a sudar, a moverme, a ponerme nerviosa, los anestesistas ya estaban nerviosos, incluso se estaban planteando si serían capaces de ponérmela o si tendría que desistir (en ese momento sentí pánico porque lo único que sabía de la oxitocina es que producía contracciones insoportables y que era una crueldad ponérsela a una mujer si no se le podía poner la epidural). En ese estado de nervios una matrona o enfermera se percató de mi miedo y me cogió de las manos y me tranquilizó, la verdad es que fue un gesto cariñoso que agradecí y agradezco en el alma, y al final uno de los anestesistas dio con el lugar y me pudieron poner por fin la epidural. Desde ese momento las matronas me iban diciendo que me cambiara de postura, de medio lado a tumbada boca arriba a medio lado otra vez.

Una vez puesta la epidural hasta me quedé dormida un buen rato, me apagaron las luces y nos dejaron a mi marido y a mí a solas y tranquilos hasta que ya no sé en qué momento vino una matrona y me dijo que para que el parto fuera más rápido se acostumbraba a romper la bolsa y me preguntó si la dejaba a lo que mi ignorancia le contestó que si, y al poco con la excusa de que al moverme se perdía la señal del latido del bebe vinieron a ponerme un monitor interno (el cual yo desconocía como se fijaba).

Ya por la noche, no faltando más que una hora o dos como mucho para que naciera mi hija empecé a sentir dolor. Yo tenía entendido que al tener la epidural no iba a sentir dolor, es más creía que no iba ni a sentir ni tener movilidad en la parte inferior de mi cuerpo, cosa que no fue así ya que imagino que llegado el expulsivo reducen la dosis  de anestesia para sentir las contracciones y poder  pujar más eficazmente, pero en ese momento yo estaba convencida de que no tenía que sentir dolor, y me sentí estafada ya que nadie me explicó que la epidural se podía poner en menor dosis. Si yo hubiera sabido que aun con la anestesia era posible sentir las contracciones y el dolor hubiera encarado la fase final del parto de otra forma  ya que cuando empezaron a decirme que empujara yo me negaba porque entendía que aun no debía hacerlo pues “me estaba doliendo”.

A eso de las 8.30 - 9 de la noche empecé a sentir presión en la vagina, no eran propiamente ganas de empujar pero llamé a una matrona que con sorpresa corroboró que estaba en completa. Digo que con sorpresa porque unos 20 -30 minutos antes me habían hecho un tacto y estaba de 8 cm.  No recuerdo cuantos tactos me hicieron ni cuantas personas los llevaron a cabo, al menos dos matronas y el ginecólogo metieron sus manos a lo largo del día. 

Buenos, pues una vez que ya estuve en completa, el ambiente relajado en el que me encontraba desapareció. Hasta ese momento había estado con las luces bajas e incluso apagadas, sola con mi marido y en paz y tranquilidad. Pues fue decir que estaba en completa y de repente me encendieron todas las luces de la sala de parto, la matrona me dijo que me agarrara  las piernas y empezara a empujar y me dejó un rato sola (yo no le hice caso de empujar porque me dio miedo que la niña naciera y no hubiera nadie para recibirla)  y lo peor es que uno por uno empezaron a  desfilar un buen número de personas. Hasta la señora de la limpieza entró sin llamar y se puso a hacer sus cosas mientras yo estaba espatarrada y empujando hasta que por fin ya vino el ginecólogo con al menos una matrona y una asistente y mucha gente más que no supe ni quiénes eran ni que hacían allí (salvo mirar) no exagero si digo que había por lo menos 15 personas en la habitación lo cual me asustó mucho.

El expulsivo no fue largo pero desde luego es el peor de los recuerdos. Cuando entró el ginecólogo pusieron las perneras a la cama y me subieron las piernas y, ala  a empujar. Al cabo de un rato tuvieron la delicadeza de sacar unas agarraderas para que pudiera cogerme a ellas y hacer más fuerza, e incluso me incorporaron el respaldo un poco, pero aun así esa es la peor posición en la que se le puede pedir a una madre que empuje para traer a su hijo al mundo. 

Tras varios pujos empecé a ver caras un poco preocupadas y pregunté que pasaba que si la niña no bajaba y me dijeron que lo que pasaba es que bajaba y volvía a subir cuando yo dejaba de empujar  y fue entonces cuando una de las matronas pequeñita ella, cogió un banco, se subió encima y después puso su antebrazo en la parte alta de mi tripa y descargó todo su peso encima mio. 

Yo NO fui informada en ningún momento de que era lo que me estaban haciendo ni mucho menos de los riesgos y beneficios de esta maniobra que muchos meses después me enteré que tenía nombre propio, Kristeller. Estos momentos son los que con más angustia recuerdo ya que esta primera matrona no debió conseguir nada y vino otra que la reemplazó y como tampoco consiguió nada vino el ginecólogo, y en ese momento tuve a dos personas haciendo presión con sus manos o antebrazos en mi tripa. Fueron tres personas distintas las que me realizaron la dichosa maniobra e incluso hubo un momento en que la realizaron dos personas al mismo tiempo y yo recuerdo que me asfixiaba, y recuerdo ver la cara desencajada de mi marino que no sabía dónde meterse. Me pedían que respirara pero yo no podía respirar, el aire no entraba en mis pulmones, me estaba ahogando y ellos lo único que decían era: “respira, respira” y yo  abría la boca pero el aire no pasaba. En ese momento pensé que iba a perder el conocimiento. 

No se exactamente que pasó después de la maniobra kristeller ni si surtió el efecto deseado o no sirvió para nada, el caso es que los siguientes pujos los hice sola, pero estaba muy cansada y lo único que me salía de la garganta no era un grito ni un aullido ni un gemido era un “no puedo, no puedo” que hasta el día que hoy he cargado como una losa.

No estoy segura, pero creo que es bastante común que cuando el final está muy cerca es cuando las mujeres nos da una especie de bajón. Pues yo empecé a decir “no puedo no puedo” y a cambio, en vez de ánimo lo que recibí fue un “vamos a sacarla con ventosa”. Después leyendo la historia clínica me di cuenta que no le pasaba nada a la niña y la ventosa la utilizaron por “alivio del expulsivo”. Ese momento de flaqueza, de decir que no podía me ha estado persiguiendo durante mucho tiempo ya que yo lo entendía como la causa por la que se usó la ventosa y no me dejaron parir.  

Acto seguido a preparar la ventosa oí como me cortaban, lo oí y aunque no me dolió sí lo sentí. Oí perfectamente cuando el ginecólogo cogió las tijeras, sentí cuando tomo mi periné en sus manos y sentí y oí cuando las tijeras cortaron piel y musculo. Después de eso fueron dos empujones más y encima de mi barriga apareció una pequeña niña morada y regordeta. Yo siempre había oído que el amor de una madre por su hijo era instantáneo, a primera vista, pero ahora pasados los años soy capaz de reconocer que en ese momento no sentí NADA. Me pusieron a mi hija encima pero me hubiera dado igual que fuera el hijo de otra. No sentí nada por ella, mi marido lloraba de la emoción y yo no solo no estaba emocionada, no lloraba de alegría, es que no sentía nada, nada, nada. Evidentemente esto cambió un poco después, el piel con piel y la lactancia materna hicieron que me enamorara perdidamente de ella, pero no puedo dejar de reprocharme que la primera vez que la tuve en mis brazos no sentí NADA. 

Cuando el ginecólogo me estaba cosiendo pregunté cuantos puntos me había dado y no quiso decírmelo, solo me contesto que además de la episiotomía me había rasgarado, pero fueron muchos puntos los que tuvo que poner. 

Con el paso del tiempo yo no he dejado de pensar en mi parto, en como me sacaron a la niña, en que no tuve la oportunidad de sentir las contracciones y de alegrarme porque el momento se acercaba. Con el paso del tiempo me he dado cuenta que no me encontraba en la semana 41 +3 como dice mi historia clínica, estaba en la 40 +5 teniendo en cuenta la última fecha probable de parto que me habían dado y solo de 40+1 según la fpp que me dieron en la eco de las 12 semanas. Con el paso del tiempo he descubierto que los bebes no son grandes es abstracto sino que hay que tener en cuenta la fisiología de los padres, yo mido 1.72 y soy lo que cualquiera describiría como una mujer grande y si hubiera tenido un bebe de 2.5 km quizá hubiera sido pequeño para mi. Mi hija pesó 3.670 Kg. 

Con el paso del tiempo también he aprendido el papel de las hormonas en el parto y su efecto directo con el vinculo que se crea entre madre y bebé. Con el paso del tiempo la ginecóloga que lleva mi segundo embarazo me ha explicado que inducir un parto solo porque el bebé viene grande es contraproducente ya que en la inducción el cuerpo de la mamá no genera la relaxina necesaria para abrir el canal del parto y lo que es peor, que en dos semanas el perímetro craneal no hubiera aumentado más de 2 mm. Es decir, que la inducción a la que me sometí no solo no era necesaria sino que no estaba indicada. Al menos y no sé si esto me ha servido de consuelo, el parto no terminó en cesárea que por las estadísticas era lo más probable. 

Ya para terminar solo puedo agradecer a el parto es nuestro y a todas aquellas personas que de una u otra forma aportan su granito de arena para que la atención al parto cambie, que consiguen que exista cada vez más información al alcance de las futuras mamás para que puedan decidir libremente como quieren traer a sus hijos al mundo. Yo por mi parte he hecho los deberes, me he informado todo cuanto me ha sido posible, he leído libros, he leído creo que todas las historias de parto disponibles en la red, he visto videos de parto de todo tipo, he conectado con mi bebe, he reflexionado sobre mi primer parto sus motivos y consecuencias y he buscado la alternativa que más se adecua a mis circunstancias creencias para traer al mundo a  mi segunda hija. Ya no queda mucho, apenas unos días y aunque no sé  como se desarrollará todo, sí sé que cuento con el arma más poderosa para hacer valer mis derechos y los de mi hija: LA INFORMACIÓN.