Me llamo Laura, tengo 32 años, soy madre de dos niños y vivo en Almoradí, un pueblo a 50 Km de Alicante. Soy farmacéutica, aunque he elegido trabajar de forma esporádica para poder dedicarle todo mi tiempo y energía a mi familia, el pilar de mi vida.
Mi hija nació en julio de 2003 mediante cesárea programada en la semana 38 por nalgas. La noticia de la cesárea, dada de malos modos y sin ninguna explicación, me cayó como un jarro de agua fría. Mi deseo de parir se esfumó en unos segundos y me costó mucho hacerme a la idea. Por supuesto nadie me habló de todas las alternativas que existían, nadie me dio ninguna información para que yo pudiera elegir y decidir. Busqué mi propia información pero, aún no entiendo cómo, fue una búsqueda inútil y al final me creí lo que me decían, sólo maldecía mi mala suerte. Supongo que aún no era mi momento de encontrar y de saber.
Mi cesárea no fue traumática, no recibí un maltrato explícito aunque tampoco me trataron como merece una persona, y más aún tratándose de un momento tan importante en la vida como es el nacimiento de un hijo. Supongo que yo tampoco esperaba demasiado, sabía que no era más que otra paciente a la que sacarle su bebé. Mi recuperación fue rápida y sin complicaciones, mi hija “sólo” estuvo separada de mí dos horas, iniciamos una lactancia feliz que continúa aún hoy y desde el primer día me sentí con toda la fuerza del mundo para cuidar de ella. Sin embargo, en mi interior sentía una profunda tristeza por ese parto perdido y oía una vocecita que me decía, muy bajito, que aquello no tenía por qué haber sido así. Esa inquietud, esa necesidad de saber no se sabe qué, me llevó un día hasta apoyocesareas y EPEN, y allí descubrí un mundo oculto al resto del mundo, un mundo lleno de mujeres que, como yo, sufrían por sus cesáreas y sus malos partos mientras de cara a la galería poníamos cara de póker cuando la gente nos decía aquello de “pero mujer, si deberías estar muy feliz, tienes un bebé precioso y los dos estáis sanos”, cansadas de que nadie nos comprendiera y preguntándonos si no estaríamos demasiado obsesionadas. Allí encontré apoyo, comprensión, compañía y mucha mucha información, pero de la de verdad, y entonces a esa tristeza por mi parto perdido se sumó la rabia, la indignación y la impotencia por mi parto robado, por lo que pudo haber sido y no dejaron que fuera. Me dije a mí misma que cuando tuviera otro hijo no podía permitir que volviera a pasarme nada de eso, y que, aunque minúsculo, debía poner mi granito de arena en la lucha por conseguir que las mujeres viviéramos nuestros partos con respeto y felicidad. Y así he llegado hasta aquí.
El pasado junio nació mi hijo en Acuario en un parto vaginal intenso, lleno de fuerza y energía y al mismo tiempo sereno, dulce y amoroso, en el que mi cuerpo funcionó solo y a la perfección de principio a fin. Nació rodeado de su padre, su hermana y de unos profesionales en todo momento atentos a lo que ocurría, respetuosos con nosotros y con lo que estábamos viviendo, contentos de compartir esa alegría, conscientes de lo que esos instantes significaban en nuestras vidas. Sí, existe otra forma de parir, con el alma y con el cuerpo, sólo tienen que dejarnos hacerlo y apoyarnos en la tarea, tampoco pedimos tanto ¿no?.
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